El siglo XX fue un siglo de reivindicaciones en todos los ámbitos. El arte, por supuesto, no se quedó fuera de esta tendencia, tal y como demuestra un rápido vistazo a algunas de las obras maestras del siglo. Muchos de esos cuadros o esculturas que hoy tenemos por imprescindibles hubieran sido tirados directamente a la basura sólo medio siglo antes.
En esta sucesión de barreras derribadas, acaso la última y más radical fue la de llamar la atención sobre el potencial creativo de los enfermos mentales. → Más información
Cuando uno hace un rápido repaso mental a sus obras de arte favoritas, es posible que haya más de un dibujo en la lista. Hoy somos capaces de mirar un dibujo con el mismo interés que una pintura, pero conviene recordar que esta es una actitud propia de nuestra sensibilidad moderna y, por tanto, muy reciente. Antes del siglo XIX, antes de la aparición del espíritu romántico, los dibujos cumplían un papel estrictamente secundario. No eran más que bocetos para futuros cuadros o, en el mejor de los casos, arrebatos de libertad del artista. De ninguna manera, sin embargo, estos dibujos podían competir con un cuadro. Cierto que hay excepciones (Durero y Rembrandt son los más evidentes), pero si hacemos un repaso a la historia del arte, debemos esperar a Goya para ver el dibujo convertido en una disciplina merecedora de una apreciación puramente estética.

F. Zurbarán (atribuido a), Cabeza de monje, c. 1635-55.
Lápiz negro, aguada y tinta sobre papel, 276 x 195 mm.
The Trustees of the British Museum.
Si el dibujo hasta el siglo XIX fue una disciplina menor o secundaria, en el caso del arte español su existencia es prácticamente desconocida. Cuando vamos al Museo del Prado para deleitarnos con los Velázquez, Zurbarán, Goya y compañía, quedamos deslumbrados por sus lienzos pintados al óleo. Pero, ¿quién ha visto en el Prado dibujos de los grandes maestros de la escuela española? Todo es más entendible si pensamos que el dibujo es un medio que requiere unos cuidados especiales y que rara vez se exponen de forma continuada.

José de Ribera, Santo atado a un árbol, 1626.
Sanguina, 232 x 170 mm.
The Trustees of the British Museum.
El Prado quiere poner remedio a todo ello dedicándole una exposición al dibujo español con obras procedentes del British Museum. El museo londinense ha ido acumulando una enorme cantidad de dibujos de artistas españoles desde mediados del siglo XIX. La muestra arranca en el siglo XVI y concluye con la ineludible figura de Goya, que no solamente consolidó el dibujo como arte con mayúsculas, sino que es universalmente reconocido como uno de los mayores grabadores de todos los tiempos.

Francisco de Goya, Arthur Wellesley, primer duque de Wellington, 1812.
Lápiz rojo sobre lápiz negro y graffito, 235 x 177 mm.
Trustees of the British Museum.
La exposición El trazo español en el British Museum. Dibujos del Renacimiento a Goya puede verse hasta el 16 de junio en el Museo del Prado de Madrid. Para abrir boca, puedes ir echandoun vistazo a este libro sobre Goya de Victoria Charles.
Rubén Cervantes Garrido.
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Pensamos en amor y lo primero que nos viene a la mente es una pareja, amantes, novios, matrimonio,… Y no nos damos cuenta de lo estrecho de nuestro pensamiento. Porque en realidad ¿qué es el amor? Parece que en la sociedad de hoy este concepto se ha reducido a su vertiente romántica, dejando a un lado el amor a los amigos, a la familia, a una divinidad (o varias, a gusto del lector), a otras personas por el mero hecho de ser humanas, a los animales, amor a las artes, al buen tiempo (un día de primavera en el parque), a la naturaleza, incluso a las cosas.
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La primera película de la que tengo memoria es Drácula (la de 1931, con el gran Bela Lugosi en lo que se convertiría su obsesión) a la tierna edad de 4 años. Mi padre, sentado a mi lado, estaba supuestamente encargado de avisarme cuando algo terrorífico iba a pasar. Pero como ya sabéis, no te puedes fiar de un adulto tomando café, así que me la tragué entera y verdadera, para delicia de mis terrores nocturnos.
El caso es que de ahí me quedó cierto gusto por lo oscuro que más tarde me llevó a Bécquer, Poe, Lovecraft, Mary Shelley, William Blake,… y cuando tuve edad para apreciar el arte a Goya, Delacroix, Doré, o Fiedrich, entre otros. Por eso, con los actuales vampiros (¿o debería llamarlos gusiluces?), hombres lobo y demás especies, me entra una especie de depresión que sólo desaparece pensando en que son días dorados para los zombis, algo que siempre consuela.

Johann Heinrich Füssli, La pesadilla, 1781.
Óleo sobre lienzo. 101,6 x 126,7 cm.
Founders Society, Detroit Institute of Arts, Detroit.
Porque seamos francos, ¿tan blandos nos hemos vuelto que necesitamos una versión edulcorada de estos seres? → Más información
¿Quién ha oído hablar de David Robert Jones? Mejor reformulo la pregunta: ¿quién ha oído hablar de David Bowie? Seguro que ahora alguno más ha levantado la mano. Es uno de esos músicos que puede gustarte o no, pero al que seguro que eres capaz de imaginarte en más de una de sus múltiples versiones. El adjetivo más utilizado para referirse a él debe de ser “camaleónico” (no por nada una de sus canciones más célebres se titula “Changes”).

Su fama trasciende lo meramente musical desde que a principios de los 70 creara el personaje de Ziggy Stardust, un alter ego cuya imagen es, seguramente, una de las primeras que nos vienen a la cabeza al pensar en el cantante. → Más información
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La historia del arte está llena de anécdotas que hoy entrarían sin problema en la crónica rosa de los programas de televisión más vistos de la hora de la siesta. Hay historias de amistad, odio, pasión, envidia, codicia y, cómo no, también amor. En esta última categoría, el arte moderno tiene pocas historias más de película que la que vivieron la pintora Georgia O’Keeffe y el fotógrafo Alfred Stieglitz.
Alfred Stieglitz y Georgia O’Keeffe, 1929.
Yale Collection of American Literature, New Haven, CT.
Se enamoraron perdidamente después de conocerse en la galería de arte de vanguardia que Stieglitz regentaba en Nueva York, la mítica 291. Ella, que llegaría a ser la primera mujer en tener una retrospetiva en el MoMA, era entonces una desconocida. Stieglitz utilizó su influencia para promocionarla ya antes de que ambos comenzaran a vivir juntos. Él entonces estaba casado y le sacaba nada menos que veintitrés años a O’Keeffe pero, como en las mejores historias de amor, eso no fue un impedimento.
Georgia O’Keeffe, Patio con nube, 1956.
Óleo sobre lienzo, 91 x 76 cm.
Milwaukee Art Museum.
El amor era de película, sí, pero no todas las películas acaban bien. Una vez casados, la relación entre estos dos creadores fue muchas veces tormentosa (alguna infidelidad incluida). La opresión que O’Keeffe llegó a sentir junto a Stieglitz la hizo viajar largas temporadas a Nuevo México, donde redescubrió la libertad y su potencial creativo. Aunque aún amaba a Stieglitz, cada vez era menor el tiempo que pasaban juntos. De hecho, después de la muerte de éste, O’Keeffe se trasladó defintivamente a esta región desértica del sur de Estados Unidos.
Cerro Pedernal (Nuevo México) era uno de los motivos preferidos de Georgia O’Keeffe.
El Georgia O’Keeffe Museum de Santa Fe le dedica ahora una exposición a esta larga última etapa de la vida de la artista. O’Keeffe fue supliendo el amor hacia Stieglitz por un ensimismamiento dirigido hacia los paisajes y los pueblos indígenas de Nuevo México. Tienes hasta el 11 de septiembre para visitar la exposición Georgia O’Keeffe en Nuevo México: Arquitectura, Katsinam y la Tierra. En Parkstone tenemos publicados libros sobre esta gran artista en casi todos los formatos, así que puedes ir leyendo alguno mientras preparas el viaje.
Rubén Cervantes Garrido.
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