«La ilustración es algo más que el ornato del libro,
ya que nos ofrece un comentario gráfico de su contenido
un reflejo de la sociedad en la que apareció el libro y,
en algunos casos, puede constituir principal motivo de interés.»
Antes del cómic y el manga, antes de que la gente pensara que un niño necesita de dibujos para entender un texto y con ello colocara los libros ilustrados en una categoría pueril (sensación que los lectores de cómics conocen perfectamente), estos ya existían. ¡Los primeros datan ni más ni menos que del Antiguo Egipto! Se hicieron especialmente populares durante la Edad Media (si tenemos en cuenta la cantidad de libros que de hacían entonces, claro), auténticas obras de arte pintadas en pergamino, vitela y, más tarde, papel.
Ya en el siglo XVIII se convirtieron en un importante factor de desarrollo cultural, con numerosos lectores de mediana edad que exigían ilustraciones en sus obras, ya fueran estas creación del propio autor, o interpretación de otro artista. ¿Quién no ha quedado fascinado por El principito o Alicia en el País de las Maravillas, inconcebibles sin las ilustraciones que los acompañan?

Jerusalén, Plato 51, 1804-1820.
Acuarela, 22,5 x 16,2 cm.
Yale Center for British Art, Yale University, New Haven.
De todos los artistas que se dedicaron a ello, mi favorito es el polifacético William Blake (a quien, no me avergüenzo de decirlo, conocí gracias a una canción de Héroes del Silencio). El caso es que este extraño personaje, autor de poesía, una singularmente complicada filosofía en la que el exceso conduce a la sabiduría, fue también ilustrador y grabador, tanto de sus propios trabajos como de obra ajena.
Por suerte para mí (y para otros como yo), The Allen Memorial Art Museum de Oberlin, Ohio, también tiene interés en él (entre otros) y ha organizado una exposición sobre libros ilustrado en la que el amigo William tiene un papel importante.

Satán observando las caricias de Adán y Eva,
ilustración para El Paraíso perdido de John Milton, 1808.
Acuarela y lapicero sobre papel, 50,5 × 38 cm.
Museum of Fine Arts, Boston
Puedes visitar Representing the Word: Modern Book Illustrations hasta el 31 de julio de 2013 y admirar los puntos de vista que diferentes artistas tienen de diversas obras (¿te atreves a comparar sus cuadros con tu propia visión del libro?). Si Ohio te queda lejos, siempre puedes hacerte con William Blake Osbert Burdett y disfrutar de las ilustraciones en la tranquilidad de tu casa.
Será por la lejanía, tanto física como cultural, que Asia siempre fascina. Y si eso pasa ahora que internet hace que cualquier lugar del mundo esté a la vuelta de la esquina, no puedo ni imaginar en la Edad Media o el Renacimiento, cuando la única manera era coger un barco, o un caballo, y tirar millas esquivando ladrones, guerras, temporales y demás aventuras que se pusieran en tu camino. Pero claro, luego lees a Marco Polo y entiendes que la gente se arriesgara.
También está el hecho de que estos países tardaran tanto en abrir sus fronteras al comercio y visitantes extranjeros (muchos de ellos todavía son muy restrictivos y otros ni siquiera te dejan sacar fotos al exterior, sí, hablo de Corea del Norte), por lo que sólo se conocía lo que los evangelizadores que iban a esos países podían contarnos (siempre desde su sesgado punto de vista religioso y moral) y lo que los mismos países querían mandar al extranjero (un poco lo mismo).

Pedro Pablo Rubens, Hombre con traje coreano, 1617.
Carboncillo con toques de sanguina en el rostro, 38,4 x 23,5 cm.
The J. Paul Getty Museum, Los Ángeles.
Pese al K-Pop y al Gangman Style, → Más información
¿Qué ha sido de esta diversión tan popular otrora? Recuerdo cuando los bingos eran un lugar de peregrinaje al que la gente se dirigía para tentar a la suerte y multiplicar sus magros sueldos. En realidad, era más un pasatiempo que otra cosa, ya que las posibilidades de ganar siempre han sido escasas, solo una persona puede cantar línea y solo otra cantará bingo. Aunque claro, todo depende de las partidas que se jueguen. No había tampoco barrio o asociación cultural, hogar del jubilado, fiestas de pueblo, tarde en casa con la familia, que se preciara que no organizara una velada de: 22, los dos patitos; 15, la niña bonita; 13, la mala pata; 11, las banderillas; 33, la edad de Cristo, etc. Todo empezó cuando en 1977 cambió la ley en España y se legalizó el juego (este y todos los demás). En esos primeros años, pues, fue cuando se produjo la proliferación de salas y su arraigo en la cultura española. ¿Quién no recuerda Los bingueros (Mariano Ozores, 1979)? ¿O la infame versión que Ozores se hizo de su misma película en Ya no va más (1988)? ¿O Las chicas del bingo (Julián Esteban, 1982)? Es cierto que en todas estas películas el bingo era una excusa para pasar de alguna manera u otra al verdadero asunto del filme, que no era otro que mostrar a chicas ligeras de ropa, pero al menos suponían un desvío de la recurrente temática del cine español, que si no me equivoco no pasa un año sin que produzca, como mínimo, dos o tres películas sobre la tan nuestra Guerra Civil. Digo esto porque este año, del que llevamos solo cinco meses, ya se han hecho dos: Un Dios prohibido (Pablo moreno, 2013) y La mula (Michael Radford, 2013). Pero si hacen falta datos para apoyar todavía más mi tesis aquí os dejo esta magnífica página web:http://www.uhu.es/cine.educacion/cineyeducacion/historia_guerracivil.htm.

Escena de la película Los bingueros protagonizada por Andrés Pajares y Fernando Esteso (Mariano Ozores, 1979).
Decíamos. El bingo ya pasó de moda. Ahora la gente prefiere ir a la bolera o apostar sus esperanzas al Euromillón. Los bingos de juguete apilan polvo en los trasteros de las casas, solo recordándonos su existencia en un pasado no tan lejano los hallazgos de las bolas numeradas en esos acumuladores de tesoros que son las espaldas de los muebles. Qué le vamos a hacer, es la evolución humana. Llorar por la pérdida de un ser querido no lo traerá de vuelta. Antes al contrario, lo mantendrá presente para que sigamos sufriendo indefinidamente. A olvidar se ha dicho. Siempre podremos consolarnos acudiendo a alguna de las salas que aún permanecen abiertaspor toda la geografía española, cada vez con menos clientes,que, para aquellos que no lo sepan, tienen la característica de contar con precios imbatibles en lo que se refiere a consumiciones y menús.
Pero,¿a qué viene lo de color, trazo y luz? Pues resulta que el enero pasado, la NationalGallery of Art alojó una exposición, Color, Line, Light: French Drawings, Watercolors, and Pastelsfrom Delacroix toSignac, en la que presentó la colección de dibujos y acuarelas de James T. Dyke, uno de los más astutos coleccionistas de los siglos XIX y XX en lo que a trabajos sobre papel se refiere. Entre sus joyas se podían contemplar unas 100 obras que mostraban el desarrolloen el arte del dibujo en Francia desde el romanticismohasta el realismo, pasando en el camino por los impresionistas, nabis y neoimpresionistas. Artistas que estuvieron activos desde 1830 hasta 1930 incluían a Delacroix, Monet, Degas, Cézanne,Signac, y ponían de manifiesto la diversidad de temática, estilos y técnicas.

Paul Signac, Martigues, abril de 1929. Lápiz y acuarela sobre papel,27,62 x 43,5 cm.
Arkansas Arts Center Foundation, Little Rock. Regalo de James T. Dyke 1999.
Esta vez no llegamos a tiempo, pero, como siempre, en Parkstone tenemos un libro que podrá suplir las carencias económicas para pagar el viaje, las de conocimiento por si no conocíamos este arte y las de entretenimiento por si nuestra única afición era el desvirtuado bingo. Lo firma Victoria Charles y se llama French Painting (en francés).
Man O’ Letter.
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Hay dos tipos de personas, a las que les gustan los retratos y a las que les gustan los paisajes. Personalmente soy una de las personas de paisaje, en mi cámara de fotos raramente encontrarás un primer plano de una persona, y desde luego, ni una foto mía (no es que piense que las fotos roban el alma, pero casi).
Runge (sí, el de la esfera) dijo que «todo conduce necesariamente al paisaje» y no puedo estar más de acuerdo. Absolutamente todo lo que vemos es, o contiene, un paisaje, aunque a veces nos neguemos a reconocerlo con la excusa de que «no es naturaleza». Es tan importante que hasta la UNESCO recomienda su protección (cosa que no tardaremos en agradecer, viendo el camino que llevamos).
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