«Porque lo bello no es sino el comienzo de lo terrible,
ése que todavía podemos soportar»
Elegías de Duino, Rainer Maria Rilke
El simbolismo no fue un movimiento artístico como tal. Se desarrolló a partir de la literatura francesa y, posteriormente, de las belga y rusa y se define como un medio para conceptualizar verdades e ideas atemporales, para reproducir los efectos que escenas del mundo real produjeron en los artistas que las pintaron, en los poetas que las pusieron en verso.
Situadas en su contexto histórico, a finales del siglo XIX, las obras simbolistas reflejan vidas de tensión, horrores y barbarie. La muerte es un tema recurrente, como también lo son la espiritualidad, el misticismo, la religión y la fantasía, que se combinan para trascender la realidad y la razón y alcanzar una realidad superior eminentemente subjetiva. Dado que no existe una pauta precisa que caracterice al simbolismo, lo único que sus seguidores tienen en común es, por así decirlo, «el espíritu». Y es precisamente este espíritu simbolista el que da título a la exposición que el Ateneum, el museo nacional de arte finlandés, dedica a las obras simbolistas de su colección.

Hugo Simberg, El jardín de la muerte,
Acuarela y aguada sobre papel, 16 x 17 cm.
Ateneumin taidemuseo, Helsinki.
Uno de los artistas destacados de la exposición es Hugo Simberg, quien decía querer «pintar todo aquello que conmueve el alma». Sus obras plantean preguntas acerca de la vida y la muerte y poseen un fino sentido del humor. En El jardín de la muerte, por ejemplo, las figuras esqueléticas cuidan de sus extrañas plantas con una ternura tan primorosa como insospechada. Esta yuxtaposición puede resultar extraña al espectador, pero más allá de la confusión transmite serenidad y aliento, y una cierta nostalgia por la vida que un día dejará de ser. Simberg esbozó numerosas variaciones de esta composición, que también pintó en los muros de la catedral de Tampere.
Otro de los frescos de esta catedral retoma el tema de El ángel herido, la obra de arte más apreciada por los finlandeses, según una encuesta de 2007. Hugo Simberg trabajó duramente en esta melancólica obra, que realizó a partir de fotografías de los modelos y del sendero de la bahía de Töölö por el que caminan. Cuando la hubo finalizado, Simberg rehusó ponerle un título y acompañarla de interpretación alguna: es el propio espectador quien debe dotarla de significado. Posteriormente, se le dio el nombre por el que se conoce hoy en día y se la relacionó con la meningitis por la que el artista fue hospitalizado mientras la pintaba, con un compromiso con la clase trabajadora o con una alegoría de la turbulenta situación política de una Finlandia oprimida y en proceso de rusificación.
Dos muchachos de aire sombrío transportan por un paisaje estepario a una criatura alada y resplandeciente. Los ojos de este ángel de cabellos pajizos están vendados y hay un reguero de sangre en una de sus alas; lleva un ramillete de campanillas de invierno en la mano derecha, y tiene la cabeza inclinada hacia abajo, como si le avergonzara verse expuesto a la luz del día.
Las figuras angelicales se cuentan entre los principales temas del simbolismo, quizá por su perfección, que escapa a nuestra comprensión, o por su numinosa belleza. En el caso del ángel de Simberg, verlo tan bello y humillado hace que el corazón se encoja y produce un dolor que se torna casi insoportable.
Si necesitas escapar de la monotonía de la realidad empírica, acércate a Helsinki antes del 28 del próximo mes para descubrir lo invisible escondido en las salas de «In the Spirit of Symbolism» (si te apuras, puede que incluso llegues a tiempo de salir a la caza de auroras boreales, lo más parecido a contemplar el mundo espectral rasgándose en el cielo). Asimismo, te invito a llorar a solas con las obras que Nathalia Brodskaya analiza en El simbolismo, pero te pido precaución, no vaya a ser que, como le ocurrió a la gran poetisa rusa Marina Tsvetáieva, tu vida —quizá no tan procelosa como la suya— comience «a adquirir sentido y peso sólo transfigurada, es decir, en el arte».
Cuando piensas en la India te vienen tópicos a la cabeza como: yoguis, curry, miseria, La ciudad de la alegría, Bollywood, trenes atestados hasta la bandera, la madre Teresa de Calcuta y un río Ganges de dudosa salubridad. Por supuesto, también te viene la imagen del Taj Mahal, el palacio-mausoleo encargado por el emperador Sha Jaján para enterrar a su esposa favorita, Mumtaz Mahal (la buena mujer murió dando a luz a su decimocuarto (¡!) hijo, no se puede decir que no se mereciera el monumento).
Este palacio, además, es representativo de una importante época en lo que ahora es la India: el Imperio mogol (siglos XVI y XIX), estado islámico cuyas principales figuras bien podrían haber inspirado a George R. R. Martin: el último gran gobernante, Aurangzeb, mató a todos sus hermanos y metió en prisión a su padre, hubiera sido íntimo del rey Joffrey (y de alguno más). Incluso la bonita historia del Taj Mahal tiene su parte siniestra, se dice que al terminar la obra Sha Jaján (padre del piadoso Aurangzeb) hizo que se les cortaran las manos a todos los obreros que habían participado en la obra para que nunca hubiera otra igual.

Raja Ravi Varma
Paravur Kayal (lago), 1897
Óleo sobre lienzo, 43,18 x 58,42 cm
Sri Chitra Art Gallery
Thiruvananthapuram, Kerala
Pero más allá de las guerras y las intrigas, fueron tres siglos muy productivos artísticamente. Y eso es lo que The British Library nos invita a descubrir en la exposición « Mughal India: Art, Culture and Empire» que se puede visitar hasta el 2 de abril. Y si te apetece descubrir un poco más sobre este fascinante país, no dejes de leer el estudio magníficamente ilustrado de Vincent Arthur Smith, Art of India (en inglés).
¿Quién no ha dicho, u oído, alguna vez eso de que las obras de arte contemporáneas las puede hacer hasta un niño de tres años? Algo parecido es lo que sucedió en la primera exposición internacional de arte moderno que tuvo lugar en EE.UU. en 1913. Conocida hoy en día como The Armory Show, ya que el primer lugar donde fue expuesta era una armería de Nueva York, esta exposición viajó por tres ciudades estadounidenses, la mencionada Nueva York, Chicago y Boston, presentando el nuevo lenguaje visual europeo al público norteamericano. La más recordada de estas exposiciones es la que tuvo lugar en el Instituto de Arte de Chicago, y no precisamente por su exhaustividad o poder revelador, sino por el revuelo que se organizó entre el público contrario a este nuevo tipo de representación figurativa basado en la interpretación. La exposición en Chicago estuvo precedida por acusaciones de radicalización del arte para convertirlo en un circo y las numerosas protestas culminaron en una representación estudiantil burlesque que organizó un juicio a Matisse a las puertas del museo por: «crimen artístico, rapto pictórico, rapiña artística, degeneración total del color, uso erróneo y criminal de la línea, aberración estética total y abuso contumaz del título».
No obstante, a pesar del tumulto y la burla de que fueron objeto estos nuevos artistas, la exposición tuvo un efecto de contagio en el sentido en que las exposiciones en las que este nuevo arte estaba presente se multiplicaron en la década de los 20 y de los 30, además de que promovió la creación de nuevas asociaciones artísticas que buscaban promocionar y enseñar a comprender el nuevo arte contemporáneo. Asimismo, supuso una fuente de inspiración para que los artistas norteamericanos comenzaran a cuestionar el statu quo estético.

John Marin, El bajo Manhattan desde el río, nº 1, 1921.
Acuarela, carboncillo y grafito sobre papel. 55,6 x 67,3 cm.
Metropolitan Museum of Art, Nueva York.
Para conmemorar esta singular exposición, el Instituto de Arte de Chicago organiza ahora, y hasta el 12 de mayo, una muestra individual sobre uno de los artistas que se dieron a conocer al público estadounidense en esa exposición: Pablo Picasso. Desde que se presentara por primera vez en esta sala, la relación entre el artista y la ciudad de Chicago no ha hecho sino aumentar, hasta el punto de que en esta ocasión el museo juntará 250 obras provenientes de su propia colección y de colecciones privadas basadas en la ciudad. En ella se podrán ver ejemplos de la versatilidad de Picasso y la multitud de soportes que empleó para desarrollar su particular concepción de la forma. Entre otros, se expondrán cuadros, esculturas, litografías, dibujos y cerámicas. Una oportunidad que no te puedes perder para conocer una de las ciudades estadounidenses que estuvieron a la vanguardia de la apreciación del arte contemporáneo y la obra de un artista que aunque no necesita presentación puede todavía depararnos grandes sorpresas estéticas. Además, la afluencia de trabajos que los curadores se han esmerado en yuxtaponer nos permitirá conocer algunas obras que no se exponen al público normalmente.
Pero, ¿qué pasa con la percepción general sobre el arte contemporáneo? A decir verdad no es que la cosa haya cambiado mucho desde que se llevara a cabo esta exposición. Sí es cierto que dentro del mundo artístico se ha producido un cambio que se traduce en que la aceptación es casi unánime en que todos coinciden en alabar la exploración de formas y materiales, aunque de manera creciente se ha instalado en la apreciación popular la creencia de que cualquiera puede realizar semejantes «borratajos». Mauricio, el personaje principal de una de las excelentes novelas de Eduardo Mendoza analiza con palabras certeras, a mi parecer,ambos argumentos de la discusión: «Hoy en día el aspecto técnico del arte tiene poca importancia. Antes había que pintar bien un paisaje, un retrato o el éxtasis de san Francisco. El arte se valoraba con criterios artesanales. Hoy esto es secundario, por no decir superfluo. Cuando personas incultas y estúpidas dicen que un cuadro no figurativo lo puede pintar un niño o un mico, dicen la verdad. Pero es una verdad irrelevante. Porque lo importante es el significado de la obra, no para el artista sino para la sociedad. Un cuadro en blanco o un lienzo roto no tendrían ningún significado si los hiciera yo. En cambio sí que lo tienen cuando provienen del taller de un artista consagrado; y no por papanatismo, sino porque en este caso representan la posición del artista con respecto al arte». (Mauricio o las elecciones primarias, Seix Barral, 2006. p. 10).
Si después de esto te pica la curiosidad y quieres conocer más a fondo la obra de este polifacético artista te recomendamos la lectura de la extensa y cuidada obra de Jp. A. Calosse: Picasso, donde podrás encontrar numerosas fotografías de gran calidad en un formato fácil de transportar, para que lo puedas ir leyendo en el avión de camino a Chicago.
Picasso and Chicago, Art Institute of Chicago, hasta el 12 de mayo de 2013.
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«Tienes ya edad, Jo, de dejar trucos de muchachos y conducirte mejor». Esto le decía la mayor de las hermanas March a Josephine, caracterizada por su aire masculino y su fuerte carácter. Mujercitas, el clásico de Louisa May Alcott que narra la evolución personal de cuatro jóvenes en los años de la Guerra de Secesión estadounidense, fue sin duda una revolución en la literatura estadounidense del siglo XIX y una de las lecturas favoritas de muchas niñas –y no tantos niños– de todo el mundo, incluidas la que escribe y Rachel, de Friends.
Ahora bien, ¿en qué sentido fue transgresora esta novela para niñas —por desafortunada y «decimonónica» que resulte esta clasificación—? Pese a que en el siglo XIX se desechara la idea de que la infancia era una etapa maleable e insignificante de la vida imperante en el siglo anterior, ésta fue sustituida por una concepción virginal de las niñas a comienzos del nuevo siglo. Las niñas no debían ser otra cosa que inocentes angelitos, preocupadas por la moda, la higiene y los quehaceres domésticos. «Niñas antiguas» vestidas de blanco, con pololos y puntillas, enaguas y fajas de raso en tonos pastel, como la pequeña Fanny Travis Cochran retratada magistralmente por Cecilia Beaux.

Cecilia Beaux, Fanny Travis Cochran, 1887.
Óleo sobre lienzo, 91,4 x 74,1 cm.
Donación de Fanny Travis Cochran
Pennsylvania Academy of Fine Arts 1955.12, Filadelfia, Pensilvania.
En contraste con esta imagen, Jo March encarna las transformaciones que se operaron en la percepción de la niñez a lo largo del siglo: una niña podía ser algo más que una futura señorita; podía ser creativa, independiente y decidida, anhelar la libertad de los chicos y tener ambición.
Esto bien lo saben los organizadores de la exposición itinerante «Angels and Tomboys – Girlhood in Nineteenth-Centurty American Art», que explora el papel de las niñas y adolescentes en la pintura, la escultura, los grabados, la fotografía y la literatura estadounidenses en el siglo XIX. Pone de manifiesto que, además de niñas angelicales sumisas e insustanciales, también existían niñas desgarbadas que se comportaban como chicos, niñas que habrían preferido combatir en una guerra que destruyó hogares en lugar de quedarse en casa haciendo calceta, niñas obligadas a trabajar y adolescentes que debían hacerse mujeres muy a su pesar.

Abbott Handerson Thayer, Ángel, 1887.
Óleo sobre lienzo; 92 x 71,5 cm.
1929.6.112.
Donación de John Gellatly.
Smithsonian American Art Museum, Washington D. C.
Abbott Handerson Thayer pintó una alegoría de su hija como un ángel custodio que brindara salud a su mujer, hospitalizada por «histeria». No obstante, el rostro del ángel, como el de Fanny Travis Cochran, tiene un aire reflexivo y de introspección que parece expresar su inconformidad ante la extendida práctica de internar a cualquier mujer insatisfecha.
Ésta y otras criaturas angelicales estarán expuestas en el Memphis Brooks Museum of Art hasta el 12 de mayo de este año. No obstante, si te faltan las alas para viajar hasta allí, puedes consolarte con algunas de las más bellas representaciones de sus portadores divinos recogidas en Ángeles de Klaus Carl.
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No es que le negara el agua a nadie (no sé por qué me imagino que Chagall debió de ser buena persona), pero representa muy bien el tipo de judío europeo del siglo XX. Tuvo que salir de su país para que se le respetara, pese a sus esfuerzos por hacerse un hueco en su querida Rusia. Pero ya sabemos que nadie es profeta en su tierra y su adorada Vitebsk le dio la espalda (tanto que en el museo que actualmente se encuentra en la casa familiar no tienen ni un original, ¡son todo reproducciones!). Rompe el corazón lo consciente que él mismo era de la situación y cómo la asumía (lo dice en su libro Mi vida ante de partir «y quizá Europa me amará y mi Rusia me amará con ella»).

La casa gris, 1917.
Óleo sobre lienzo, 68 x 74 cm.
Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid.
© Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid
Todo el mundo tiene un cierto cariño al lugar en el que ha crecido. Yo, por ejemplo, veo una imagen del Pilar y depende del día que tenga me puede caer hasta la lagrimilla (es lo que tiene estar a casi 15.000 km de casa), pero hay que admitir que lo de Chagall con Vitebsk era obsesivo. Pinta sus casas, sus calles y a sus habitantes hasta la saciedad en coloridos lienzos que mezclan memoria y fantasía, con lo que lo que podría ser melancolía pasa a ser alucinación y sus cuadros adquieren siempre una suerte de luz esperanzadora. Esto sucede incluso cuando pinta imágenes trágicas como podría ser la de debajo (claro que, para él, siendo judío, digo yo que tampoco tendría el mismo significado).

Gólgota, 1912.
Óleo sobre lienzo, 174,6 x 192,4 cm.
Museum of Modern Art, Nueva York.
© 2013 Artists Rights Society (ARS), New York / ADAGP, Paris.
Así que si tienes un mal día y te apetece animarte (además de contemplar las obras de uno de los, en mi opinión, mejores pintores del siglo XX) no dejes de pasarte por el Musée du Luxembourg donde podrás encontrar la visión de este artista que pasó por dos guerras, una revolución y dos exilios sin jamás perder la esperanza. Si crees que merece un estudio más reposado, hazte con este magnífico estudio de Sylvie Forrestier.
El 14 de febrero es un día tan bueno como cualquier otro para hablar de atunes, de huelgas de basura, de icebergs, de comida vegetariana o de ballenas asesinas, pero por una vez vamos a hacerle caso al tópico… Hablemos de amor en el día de los Enamorados.
Tres instituciones de arte en tres ciudades han decidido colaborar en un proyecto único acerca del amor como emoción universal desde tres ángulos distintos: el amor como ideal, el amor como una experiencia de vida y el amor como pérdida. Se trata de «The Progress of Love» y tendrá lugar en The Menil Collection, Houston (Texas); The Pulitzer Foundation for the Arts, Saint Louis (Misuri), y Centre for Contemporary Art, Lagos (Nigeria). Concretamente, en The Menil Collection se explora cómo el lenguaje, los medios de comunicación, las tradiciones culturales y los factores socioeconómicos, entre otros aspectos, modelan las imágenes y las expectativas del amor. En The Pulitzer Foundation for the Arts se abordará el complejo e intrincado proceso histórico, tecnológico y económico que afecta la expresión y experiencia del amor. Y, finalmente, en el Centre for Contemporary Art nos propondrán preguntas acerca del tema, y problema, del amor por medio de instalaciones innovadoras que carecen de apoyo promocional o crítico en el mundo del arte contemporáneo nigeriano.

Jean-Honoré Fragonard, Le verrou, hacia 1777. Óleo sobre lienzo, 74 x 94 cm. Musée du Louvre, París.
¿Es realmente universal el amor? En mis clases de religión de primaria aprendí que el Amor Universal –con mayúsculas– es el que siente Dios por la humanidad, mientras que los demás tipos de amor –amor romántico, amor filial, amor fraternal, amor social, amor comunal, amor sexual…– son exclusivos. No obstante, pretendamos por una vez que el amor como experiencia, sea del tipo que sea, es común a todos los seres humanos, exploremos el tópico en sus diversas fases, y mañana ya nos preocuparemos por saltar los montones de basura mientras vamos al restaurante vegetariano a probar un nuevo plato de ballenas, o tofu, asesinos.
Si quieres profundizar en estos temas en el trayecto al restaurante puedes encontrar más información en este ebook de Jp. A. Calosse.
«The progess of Love»:
http://www.theprogressoflove.com/
The Menil Collection:
http://www.menil.org/exhibitions/LoveandAfrica.php
The Pulitzer Foundation for the Arts:
http://www.pulitzerarts.org/exhibitions/
Centre for Contemporary Art :
Este era el enunciado con el que se justificaba de sus variopintos escándalos uno de los tantos famosillos que pobló por un tiempo todos estos programas que insisten en dar cuenta de la vida de personas mediocres durante las tardes―por desgracia, el espacio que se les dedica no para de replicarse y resfriar la programación, a modo de gripe―, ¡pues imagináos si fueran una más de mil!
Eso es lo que los archiconocidos relatos que nos llegaron desde oriente nos han propuesto desde que Antoine Galland, anticuario del rey y más tarde profesor de lengua árabe en el College de France, completara la primera traducción ―y modificación― del texto indo-persa entre 1704 y 1717. En ellos destaca principalmente la persona de Scheherezade, sin la cual los relatos no podrían existir, como origen de una plétora de clichés, verdaderos y falsos, sobre Oriente. Curiosamente, mientras los relatos tienen su origen en oriente, la mitificación y multiplicación iconográfica son un producto de occidente, lugar donde la imaginación de artistas de todos los campos ha encontrado la excitación necesaria para continuar la propagación de una narración sin fin, o con todos los finales posibles. Como muestra aquí os dejamos un ballet que el compositor Rimsky-Korsakov y el coreógrafo Fokine estrenaron en 1910:
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