Dalí es el hombre de las mil caras, de la extravagancia como estandarte, de la controversia como modelo de vida, de la teatralidad como forma de promoción, del enfrentamiento con sus contemporáneos, de los exabruptos calculados, del culto al dinero por encima de todo y también, afortunadamente, del surrealismo llevado al extremo. ¡Viva Dalí, muerte al pan!
Son muchos los textos que se han escrito sobre su persona y su estilo de vida, seguramente más en vida de él que después de su fallecimiento, aunque en verdad basta con acercarse a las conjugadas frases que nos dejó para tratar de entender su histriónico carácter. Ya a la temprana edad de 16 años escribió en su confitado diario: «seré un genio, y el mundo me admirará». Con esta declaración de intenciones es fácil comprender la fuerte voluntad de que hizo gala a lo largo de su carrera para ser tomado por un loco en un mundo que se caracterizaba de más en más por su inestabilidad. Y hablando de Gala, a quien amaba más que a las butifarras, uno de los argumentos que tuvieron más peso en las fuertes críticas que recibió de sus compañeros de movimiento estaba relacionado con la adoración biológica que sentía por el dinero, no por menos, este fue el desencadenante de su expulsión del grupo liderado por André Breton, tras un juicio popular al que se presentó vestido de gala con una manta y un termómetro; sin embargo, Dalí tenía a gala presumir de esta afición desmesurada por el que otros consideraban vil metal, renegó del grupo que después le consideró su santo patrón y afirmó con galanía: «Amo a Gala más que a mi madre, más que a mi padre, más que a Picasso y más, incluso, que al dinero».

Dalí, Placeres iluminados, 1929. Óleo y collage en tabla. 24 x 35 cm. Musem Of Modern Art. Nueva York
Para poder admirar a este genio en todas sus acepciones y conocerlo por las conmocionantes obras que le lanzaron al estrellato, el Centre Pompidou en París le rinde un jondo homenaje para el que cuenta con algunas de sus mejores y más conocidas pinturas en una exposición sin precedentes que pretende aclarar toda la fuerza de su obra y todo aquello que esta debe a su personalidad, tanto a sus rasgos de genio como a sus excesos. En ella podremos ver de segunda mano, de primera sería imposible, Los relojes blandos, prestado por el MOMA de Nueva York, y otros préstamos de los principales museos de Dalí del mundo: Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía de Madrid, la Fundació Dalí de Figueras y el Dalí Museum de San Petersburgo. De esta manera nos podremos evitar unos cuantos viajes y con solo un pequeño desplazamiento a la capital de la barra de pan fina podremos disfrutar de uno de los artistas más populares y que sin duda más supieron hacer uso de la creciente proliferación de la auto publicidad. Habrá que darse prisa porque la exposición termina el 25 de marzo, pero hay tiempo suficiente y, además, el Centre Pompidou ha ampliado sus horarios gracias a la marcial afluencia de gente. No solo se puede asistir incluso los domingos sino que el museo permanece abierto hasta las 23h cada día. Un pequeño consejo, si os decidís a hacer una visita sacad la entrada con antelación pues os evitaréis unas colas miriamétricas, con decenas de miles de Miriams esperando su turno.
Antes de empezar a preparar las maletas y obligar a tu pareja a que te acompañe, vete calentando motores con cualquiera de estos libros que presentan una extensa y magníficamente ilustrada colección de obras del artista, y con la que además será más fácil convencerla. Salvador Dalí y Dalí a secas, de Victoria Charles, o Life and Masterwoks of Salvador Dalí de Eric Shanes (en inglés). Si ya está de acuerdo, podréis compartir el placer de observar el despliegue de imaginación sin confines del que el maestro siempre fue adalid. Si no tienes pareja y te decides a ir solo, la buena noticia es que todo te saldrá a mitad de precio. Porque, eso sí, la entrada al museo no es gratuita, pero que mejor manera de contribuir al homenaje a Dalí, que colaborar a que la memoria del artista se siga enriqueciendo con aquello que casi más quiso.
Dalí, Centre national d’art et de culture Georges Pompidou, hasta el 25 de marzo de 2013.
Las exposiciones de la Wellcome Collection de Londres no suelen dejar indiferentes a quienes las visitan, ya que combinan arte, ciencia y vida para crear conjuntos peculiares, aberrantes y conmovedores. Este invierno han decidido organizar una muestra acorde a las celebraciones navideñas. «Death: A Self-Portrait» nos invita a explorar trescientos objetos de la colección del neoyorquino Richard Harris relacionados con el festivo y alegre tema de la muerte y la mortalidad.
«Death: A Self-Portrait» se divide en cinco bloques: la contemplación de la muerte y la intrascendencia de los placeres mundanos; el omnia mors aequat y la fugacidad de la vida; las muertes violentas a causa, sobre todo, de la guerra; la lucha entre las pulsiones de vida y de muerte, y la honra a los difuntos en distintas culturas. Se trata en definitiva de ver la muerte como parte natural de la vida.

Alberto Durero, El caballero, la muerte y el diablo, 1513.
Buril, 24,6 x 18,8 cm.
Rijksmuseum, Ámsterdam
En teoría, esta debería ser la actitud más razonable: la cesación de la vida es terrible e irremediable, así que quizá el precio que debemos pagar para hallar redención sea aceptar que todo sigue su curso a pesar de las pérdidas. No obstante, lo cierto es que la idea de la muerte suele causar repulsión, especialmente cuando trunca vidas jóvenes e inocentes en circunstancias trágicas. En tales casos es macabra, sórdida, mezquina, ruin, miserable, sucia, funesta, sombría y terriblemente triste. El primero de estos calificativos me resulta particularmente interesante. «Macabro» se define académicamente como ‘que participa de la fealdad de la muerte’ y su origen parece derivarse* del francés macabre y, concretamente, de las «danzas macabras» medievales. Se trataba de composiciones en las que la muerte invita a bailar a diversos personajes, incluidos el papa, el obispo, el emperador, el labriego y el herrero, y que tenían una doble finalidad. Por un lado, recordaban la importancia de morir cristianamente y, por el otro, satirizaban con el poder igualatorio de la muerte.
Lo cierto es que la muerte ha jugado un papel nada despreciable en las artes. Las danzas de la muerte, por ejemplo, no sólo forman parte de la literatura medieval, sino que se han reinterpretado en la pintura, en la música —el poema sinfónico de Saint-Saëns— y en el cine —quién podría olvidar la visión de Jof en El séptimo sello—. Disney también nos legó su propia versión y en la localidad girondina de Verges se procesiona una de estas danzas durante la Semana Santa. En la mayoría de los casos, la muerte se representa como un esqueleto o como una vecchia signora que siega las vidas de los pobres mortales con su guadaña. Suele llevar un reloj, que recuerda el inexorable paso del tiempo, y a veces monta un rocín famélico, como en la lámina de Durero El caballero, la muerte y el diablo.
Para Terry Pratchett, la muerte es de género masculino, habla siempre en mayúsculas y «cuando visitó a Mort, le ofreció trabajo». Y no ha sido él el único que planteó la posibilidad de que la muerte se tome un descanso. Saramago exploró esta idea en profundidad en su obra Las intermitencias de la muerte: «la intención que me indujo a interrumpir mi actividad, la de parar de matar, a envainar la emblemática guadaña que imaginativos pintores y grabadores de otros tiempos me pusieron en la mano, fue ofrecer a esos seres humanos que tanto me detestan una pequeña muestra de lo que para ellos sería vivir siempre, es decir, eternamente».
El reloj de arena, o de sol, o de bolsillo, no es el único elemento que se suele asociar a la muerte. También se acompaña de animales en descomposición, humo, burbujas, flores marchitas, instrumentos musicales, fruta pasada, cruces, repiques de campanas y restos humanos. Muchos de estos símbolos se pueden encontrar en la detallada obra moral del flamenco Pieter Brueghel El triunfo de la muerte. Para Rembrandt, la muerte se materializa en forma de un buey abierto en canal, cuya carne contrasta con la pálida tez de una mujer que observa desde la distancia. Ivo Saliger vio la muerte como un esqueleto que arranca la vida de su hermana fallecida a los 22 años de los brazos de un doctor, que se esfuerza por salvarla. Goya retrató la muerte en sus Pinturas negras y dejó constancia de los horrores sucedidos durante la Guerra de la Independencia en una serie de oscuras estampa. En ellas, se ofrece una visión de la violencia de la que es capaz el ser humano y se da a entender que todo es vanidad, incluso la paz y la guerra de los hombres, y está abocado a la muerte.

Francisco de Goya y Lucientes, Grande hazaña! Con muertos!
Prueba de estado. Desastre 39, 1810-1815.
Estampa sobre papel, 21 x 30 cm.
Staatliche Museen zu Berlin, Berlín.
La muerte también juega un papel fundamental en los cuentos de hadas de la tradición oral. En La bella durmiente, por ejemplo, el rey y la reina anhelaban una hija, quizá porque morir sin descendencia supondría una muerte eterna. Más tarde, Aurora se pincha el dedo con el huso de una rueca, que según la maldición de la decimotercera hada debía quitarle la vida. El hilo también es una imagen a la que se suele recurrir en relación con la muerte. No en vano, también se la llama parca («Ay, si un día para mi mal viene a buscarme…») y aquellas, las Moiras griegas o las Parcas romanas, eran tres viejas hermanas, Cloto, Láquesis y Átropos, de las cuales la primera hilaba, la segunda devanaba y la tercera cortaba el hilo de la existencia de los hombres. (También hilandera es Maya, una deidad que teje el velo de la ilusión con hilos invisibles, pero sé que me meto en camisa de once varas si empiezo con esto y luego paso a la profecía maya acerca del fin del mundo…).
Así pues, la muerte no solo es un término, sino que también es un comienzo, en cuanto a que constituye una grandiosa fuente de inspiración. Se puede fantasear con ella y transformarla en un juego de niños y adultos como hicieran Edward Gorey o Charles Addams, o más recientemente, Tim Burton o Neil Gaiman. Se puede examinar de forma aséptica y objetiva, como el enguatado Hércules Poirot de la reina del crimen. Puede tener una imagen amable, e incluso atractiva, como la de Brad Pitt en Conoces a Joe Black, o ser hija del amor. Puede ser una paloma muerta esbozada en un cuaderno por el pequeño Luc en Chocolat o filmada por Ricky Fitts en American Beauty. Puede estar implícita en un mechón de pelo atado con una cinta y guardado en un cajón. Puede ser una mujer cadavérica con patas de zancuda que sobrevuela los cielos de París y siembra la ciudad de bebés nonatos. Puede ser un elaborado y colorido altar adornado de flores y frutas. Puede ser un rastro de sangre, una cama vacía, un escalofrío…

Pieter Brueghel «el Viejo», El triunfo de la Muerte, c. 1562.
Óleo sobre tabla, 117 x 162 cm.
Museo Nacional del Prado, Madrid.
Si piensas pasarte por Londres antes del 24 de febrero, marca en tu mapa la Eaton Road y recuerda que la muerte no le hace ascos a nadie, así que tal vez lo mejor sea llevarse bien con ella. Si no puedes desplazarte hasta allí, no dejes de compartir tus impresiones sobre la muerte en la página web de la exposición. Y si estás de acuerdo con aquello de que toda muerte nos disminuye porque estamos ligados a la humanidad y quieres aprender un poco más sobre las que plasmaron algunos de los más grandes artistas, no te pierdas nuestras fantásticas monografías sobre Durero, Rembrandt y Goya ni este ebook de Arturo Graf sobre el Diablo en el arte.
*Digo parece porque también es posible que las «almacabras» o cementerios musulmanes tengan algo que decir a este respecto.
En un mundo que entiende el término ‘erótico’ como sinónimo de ‘desnudo integral’, cuesta imaginar que la imagen de alguien sin ropa pueda provocar críticas encendidas (excepto por los que se quejan de todo, ya sabéis quiénes son). Pero si el cuerpo desnudo es el masculino, es otro tema.
La sociedad patriarcal, que ha desnudado el cuerpo femenino hasta convertirlo en objeto y no contento con ello ha impuesto esa mirada a las propias mujeres de forma que ya ni protestamos al ver los genitales desnudos de una fémina, no soporta ver un hombre desnudo; le parece indecente, inmoral e incluso aberrante. Se siente atacada e indefensa ante la visión de «el padre» aparentemente vulnerable y en una posición de supuesta debilidad (sin mencionar el fantasma de la homosexualidad). Como toda cultura, quiere mantener oculto aquello que venera (en este caso, el falo), libre de riesgos y daños. Hace lo mismo con lo que considera pecaminoso, curiosa coincidencia.
Y no es que reivindique la cosificación del cuerpo masculino, pero considero que también puede ser bello y objeto de una obra de arte, y no debería causar reacciones como el pudor o el rubor. Es algo natural que ha de ser tomado como tal. El desnudo masculino tiene más de 4.000 años de antiguedad y no porque ahora nos hayamos vuelto unos mojigatos (e hipócritas) de cuidado va a dejar de ser arte. Eso sí, al arte lo que es del arte y al resto otra etiqueta, por favor.

Egon Schiele, El predicador (Autorretrato), 1913.
Lápiz y aguada sobre papel, 47 x 30,8 cm.
Leopold Museum, Viena.
El tema es que el Leopold Museum (en Viena, ciudad cosmopolita y liberal, ya sabéis) tiene una exposición sobre el desnudo masculino que, al parecer, ha levantado ampollas en los sectores conservadores, y otros que no lo son tanto, de la ciudad. Si tienes un rato para acercarte a ver la otra cara del desnudo, puedes hacerlo hasta el 4 de marzo de 2013. Si prefieres disfrutar estas imágenes en la intimidad, no dudes en hacerte con Desnudos o The Story of Men’s Underware (en inglés).
Una rama poco conocida de la zoología es la criptozoología. Estos científicos (a la que la mayoría de la población llamaría simple y llanamente «frikis» o incluso «colgados») son el Iker Jiménez de la biología, de hecho se considera una pseudociencia, ya que se basa en pruebas que la ciencia descartaría. Lo que poca gente sabe, o quiere saber, es que es gracias a ellos por lo que se han descubierto algunas de las especies más raras del planeta (porque, sí, el folclore tiene base real).

Andrea Mantegna, Batalla de los monstruos marinos, c. 1475.
Grabado.
Istituto Nazionale per la Grafica, Roma.
Y la verdad, es que animales raros hay un rato, mirad el narval (que contribuyó a la leyenda del unicornio), o el ornitorrinco (famosa es la historia de que la primera vez que se fue analizado por un zoólogo inglés, este pensó que era falso e incluso buscó las costuras entre la piel y el pico). Personalmente, mi favorito es el Kraken. Sea porque parece el hijo de Cthulhu y Godzilla o porque la frase «¡Liberad al kraken!» me parece sencillamente brillante (Sheldon Cooper está de acuerdo conmigo en esto) es un animal que me fascinó desde pequeña y su versión en la vida real (el calamar gigante) no se queda corta. ¡El bicho pelea con cachalotes y a veces gana!
El caso es que el hombre ha sido seducido por estas especies «sobrenaturales» durante toda su existencia. Casi siempre inventados para atemorizar a los supersticiosos, sus representaciones en el arte son muy frecuentes, ya sea en relieves de iglesias durante la Edad Media, cuadros a lo largo de todo el Romanticismo y el Renacimiento,… Es ya tarde para visitar la exposición «Beautiful Monsters: Beast and Fantastic Creatures in Early European Prints» que la Art Gallery of Alberta hospedó hasta principios de marzo, pero puedes disfrutar de la belleza de los animales con el magnífico estudio de Jonh Bascom, Beauty of the Beast.
[Rodin] Era un trabajador cuyo único deseo era penetrar con todas sus fuerzas en la humilde y complicada importancia de sus herramientas. Reside ahí una cierta renuncia a la Vida, pero justo en esa renuncia reside su triunfo, pues la Vida entró en sus obras.
Estas son las palabras con las que Rilke concluyó el monográfico sobre Rodin que escribió en 1919. La relación entre estos dos artistas comenzó cuando Rilke se trasladó a París para aprender del maestro su noción de belleza. Se le había encargado un texto para una revista y no dudó en trasladarse a la capital francesa para conocer de cerca al que, dicen, supondría la mayor influencia en la poesía del genio alemán. El consejo que recibió de este fue:«Hace falta trabajar, nada más que trabajar. Y tener paciencia». Las conversaciones entre estos dos escultores, de poemas o piedras, resultaron muy fructíferas para el joven escritor durante los escasos meses que pudo soportar al viejo cascarrabias. De ellas extrajo la convicción de que solo se podía alcanzar el ideal deseado por medio del trabajo. Y se puso manos a la obra. Sacrificó todo lo demás. Como afirmó en una de sus cartas a Clara, su esposa: «uno debe elegir entre esto y lo otro. O felicidad o arte.»
Los consejos que el joven aprendiz absorbió venían de alguien que dedicó su vida a la creación. Rodin no vivía más que para el arte. Todas sus experiencias vitales están comprendidas en sus obras. Se dejó la piel en el proceso, podríamos decir. Su trabajo le consumó como la vida consuma a cualquier ser humano, su vida era la escultura y a ella le transfirió su vida. Por eso el título de la exposición del MuséeRodin en París es Rodin: la chair, le marbre (Rodin: la carne, el mármol), porque el mármol en las esculturas de Rodin alcanza la cualidad humana que el artista decidió compartir con ellas.
http://www.dailymotion.com/video/xrqts0_rodin-la-chair-le-marbre_creation#.UYxTx0otGkw
Inicialmente prevista hasta el 31 de Marzo, esta exposición ha alargado sus fechas hasta el 1 de septiembre, así que no pierdas la oportunidad de acercarte a la cuidad de las luces y observar de cerca el realismo de las obras del mejor escultor del siglo XX. En Parkstoneponemos a tu disposición tanto con los textos de Rilkecomo las obras de Rodin en tres diferentes formatos Great Master (en español), Best of(en inglés) y Mega Square (en inglés).
¿Cuántas maneras hay de alcanzar el éxtasis? La primera respuesta es evidente, todos hemos declarado en alguna ocasión haber alcanzado ese estado momentáneo de satisfacción y armonización de los sentidos en la compañía adecuada, aunque en realidad la definición de la palabra únicamente hace referencia al embargo del alma por un sentimiento de admiración o alegría. Entonces, ¿cuál de las dos acepciones es más cierta? Pues ambas, sin duda alguna. Porque no sólo existe el éxtasis sexual sino que existe también el éxtasis místico, y si no que se lo pregunten a Santa Teresa. Sin embargo, esto no nos aclara todavía la cantidad de maneras que existen de poder alcanzar este estado de conexión máxima con nosotros mismos.

Josefa de Óbidos, Santa Teresa, 1672.
Óleo sobre lienzo, 108 x 140 cm.
Iglesia de nuestra señora de la Asunción, In situ, Cascais (Portugal).
Recientemente, el Museum Folkwang de Essen, Alemania, dedicó una exposición a la confrontación, por vez primera, de las «fieras» fauvistas con los expresionistas rusos y alemanes. Estos dos movimientos, que tuvieron lugar al mismo tiempo, están íntimamente relacionados, pues los segundos no hicieron otra cosa que tomar los avances revolucionarios de los primeros como punto de partida para después modelar su propia personalidad artística. Los colores, a los fauvistas, les sirvieron para redefinir la relación entre arte y naturaleza en sus obras, y consiguieron así desvelar el contenido pictórico a través de su poderosa interacción. Los expresionistas, por su parte, utilizaron esta violencia de colores para manifestar su visión interior. En la exposición se pudieron ver, por el bando de los fauvistas, cuadros de Henri Matisse, André Derain, Maurice de Vlamincky, por el de los expresionistas, de Edvard Munch, Ernst Ludwig Kirchner, Erich Heckel, Alexej von Jawlensky, Wassily Kandinsky, Gabriele Münter y Franz Marc. Como si de una batalla se tratara, estos dos estilos fueron puestos frente a frente para librar un combate por la búsqueda del éxtasis a través del color.
Como vemos, no existe una única manera de experimentar una sensación embargadora. Si indagamos un poco podremos incluso declamar a los cuatro vientos que estamos extasiados de felicidad por muchos motivos: sujetando una bebida fresca en la tumbona de una playa paradisíaca, mirando a la luna con tu pareja en una noche de primavera ―sin tocarse obligatoriamente―, llegando a la cima de una de las montañas más altas del mundo, acabando un trabajo que nos ha llevado muchas horas completar, etc. Y si no que se lo digan a los miembros de la asociación de desahucios, que luchan cada día por cambiar una sensación embargadora por el éxtasis que supone hacer recapacitar a un banco.
Para profundizar en este estilo tan personal y revolucionario, tenemos en nuestro catálogo el magnífico libro de Ashley Bassie, Expressionism (en inglés) y el excelente monográfico sobre Edvard Munch, de Elizabeth Ingles (en inglés).
Este podría ser un buen apodo para Michelangelo Merisi da Caravaggio si por casualidad le hiciera falta algún tipo de presentación a este genio del claroscuro del siglo XVI. Aunque no sería únicamente por su maestría en el empleo de las luces y las sombras en sus cuadros, sino que serviría asimismo para describir su vida personal, la cual estuvo acompañada también por la presencia de jugosas tinieblas. Muchas veces hemos oído hablar de la pendenciera vida de este artista que llegó «desnudo» a Roma y que falleció de una manera sin dilucidar, abandonado por todos, cuando intentaba regresar a la capital para obtener el enésimo perdón papal. Son tantas las dudas que se albergan sobre su novelesca vida que puede que el mito y la leyenda que le acompañan sean incluso más conocidos que su obra. De hecho, en la única película que se ha producido sobre Caravaggio (Derek Jarman, 1986) no es que se le represente como un dechado de virtudes artísticas, que también, sino que le vemos jugándose el dinero en partidas a media luz, involucrado en reyertas con maleantes y siempre, o casi siempre, sin sed.

Jugadores de cartas o Partida de cartas, (I bari), 1595.
Óleo sobre lienzo,99 × 107 cm.
Kimbell Art Museum.
Es difícil determinar la cantidad de situaciones complicadas en las que se pudo ver envuelto o cuáles fueron los motivos que le llevaron a tener que huir tantas veces ―solo se suelen aducir faltas a la moral, algo que puede abarcar muchos tipos de deslices muy distintos entre ellos―, pero lo que sí se sabe a ciencia cierta es que tuvo que repintar algunos de sus cuadros por la falta de adecuación con el ideal cristiano de la época. Con frecuencia, pintaba a los santos en sus cuadros tomando como modelo personas que escogía de la calle o de los tugurios en los que alternaba. El extremo realismo que caracterizaba a sus cuadros hacía que el público de las obras no viera con buen agrado la fealdad, la voluptuosidad, la ropa gastada, o hasta la mugre con que representaba las figuras bíblicas. No es de extrañar, por tanto, que si su pasión por jugar con todo aquello que bordeara la legalidad, sumado a la provocación que sus obras despertaban en la gente y aderezado con la falta de paciencia que se dice padecía, hiciera que se viera en tesituras dignas de hacer de su vida una digna contendiente de su habilidad artística excepcional, hasta el punto de rivalizar en fama hoy en día con los mismísimos Michelangelo o Leonardo da Vinci.
Para ayudarnos a comprender la relación entre su personalidad y su obra, el LACMA (Los Angeles County Museum of Art) presentaba hace poco una exposición con 56 obras de artistas de Italia, España, Francia y Holanda que retomaron en el siglo XVII el legado de esa belleza y extrañeza que hacían de las obras de Caravaggio una fuente de emociones sublimes. La presencia de ocho obras de este enigmático artista, una cantidad récord en un museo norteamericano, hacía posible observar la evolución del artista y, por medio del análisis de la personalidad del artista, relacionar su pasión, además de su brutalidad, con las cualidades únicas de su trabajo.
Como esta exposición ya nos la hemos perdido y de momento no podremos verla en ningún otro lugar, tendremos que acudir a los excelentes libros de Felix Witting (en inglés): Caravaggio, Michelangelo da Caravaggio y Caravaggio, en los que podremos encontrar una exhaustiva colección de obras del artista, para poder deleitarnos con el juego de luces y sombras que presiden sus pinturas, e imaginar, al observar detenidamente las figuras representadas, el ambiente en el que se movía el mito.
Exposición: Bodies and Shadows: Caravaggio and His Legacy, LACMA.
Ya a finales del siglo XIX el arte estaba intentando cortar con el formalismo academicista, pero a principios del XX la cosa se salió de madre: empezaron a nacer vanguardias sin control, se desató la creatividad individual dando paso a artistas, más que a movimientos artísticos, se cortó con la función representativa de la realidad (sobre todo en la pintura) para dar paso a la expresiva. Surgieron movimientos como el expresionismo, el cubismo, el rayonismo o el dadaísmo. Incluso la música «clásica», esa disciplina que parece permanecer invariable a lo largo de los siglos, experimentó una sacudida con el atonalismo y, más tarde, con la música concreta.
Esta crisis en las artes (entendida esta palabra como ’mutación importante en el desarrollo de otros procesos, ya de orden físico, ya históricos o espirituales’) brota de una realidad mundial inestable, en la que se ha perdido la fe en el ser humano, con grandes avances científicos que se utilizaron para cambiar para siempre el significado de la palabra «guerra» (podrían haber sido buenos, pero así somos). Fue entonces cuando se empezó a entender el arte como acción transformadora, con un fuerte componente lúdico a la vez que autocrítico. Lo que está claro es que estas nuevas tendencias no dejaron a nadie indiferente, y si no que se lo digan a los nazis que lo consideraron tan importante como para hacer quemas públicas de las obras.
Uno de estos artistas, más denostados que admirados, fue Paul Klee. Habiendo bebido del impresionismo, se fue acercando al arte abstracto y colorista creando composiciones de ensueño que quieren imitar «en el juego del arte las fuerzas que han creado y siguen creando el mundo». Sus críticos le acusan de utilizar una pintura pueril y pretenciosa y de mezclar técnicas de manera disparatada, asumiendo que se debe a la indecisión en lugar de a la intención. Pero teniendo en cuenta que una de las ideas principales en su obra es el caos primigenio, ¿no es esta una manera brillante de representarlo?

Bodegón con dado, 1923.
Acuarela, lápiz de cera y tinta sobre papel adherido a cartulina. 27 x 38 cm.
Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid.
Como se dice, «para gustos, colores» (y si te gustan las vanguardias tienes unos cuantos a elegir). Este artista puede gustarte o no, pero lo que no se puede negar es que él fue uno de los impulsores del arte moderno; no hace falta que me creas, date una vuelta por el Reina Sofía, el MACBA, el MUSAC o el Guggenheim y lo verás por ti mismo.
Déjate atrapar por su obra y piérdete entre sus símbolos hasta encontrarles significado, o simplemente disfruta de los colores y formas de sus lienzos en «100 x Paul Klee», que puedes visitar en el Kunstsammlung Nordrhein-Westfalen de Dusseldorf hasta el 10 de enero de 2013. Si Alemania en invierno te resulta muy fría, siempre puedes hacerte con Klee de Donald Wigal o disfrutar de sus representaciones de animales en Beauty of the Beast (ambos en inglés).
Ya no quedan piratas. Al menos no del tipo de aquellos errantes del mar con parche en el ojo, loro en el hombro y pata de palo. Mucho han hecho las películas recientes sobre el sujeto por alterar el mito y mostrar al pirata como un apuesto galán defensor de buenas causas, pero en mis infantiles recuerdos están grabadas las imágenes de este otro tipo de pirata malo que solo se preocupaba por robar barcos cargados de metales preciosos y beber mucho ron, todo ello con una buena dosis de rudo lenguaje y mala leche. Arrrrr.

Arnold Böcklin, Attack by Pirates, c. 1880. Barniz de color en lienzo de caoba, 153 x 232 cm. Wallraf-Richartz-Museum, Colonia (Alemania).
Y es que no tenía que ser fácil estar todo el día en alta mar sin rumbo fijo, rodeado de marineros sin escrúpulos y sin entablar contacto con nadie más que con los barcos a los que se buscaba saquear y hundir, preferentemente en ese orden, asesinando de paso a todo aquel que no estuviera de acuerdo con el plan. Por eso me resulta más creíble la imagen del rufián asesino que la moderna versión idealizada, más útil también porque enseñaba a diferenciar a los buenos de los malos, algo sobre lo que hoy en día nos empeñamos en errar, demarcando límites absurdos para no caer en lo políticamente incorrecto y, al mismo tiempo, reescribir la historia. Por desgracia, los malos de hoy en día son terroristas con acento o meras invenciones del pasado o del futuro, cuando no una mezcla de ambas cosas. Pero estábamos diciendo, los piratas. Un triste corolario de su desaparición, ignoremos por un segundo que esta ocupación está de nuevo en alza por las costas caribeñas o de Asia, es la obligación de desistir de imaginar la búsqueda y hallazgo de tesoros. Ya no quedan pergaminos ajados y amarillentos con el dibujo de la tierra de alguna costa en la que se podía encontrar, debajo de la x, el botín de algún bucanero entrado en años, que viendo lo mal que iba ya por aquel entonces la cosa de las pensiones, decidía esconder todos sus tesoros en un baúl. Pero todo esto ha pasado ya de moda, ahora los filibusteros ya no roban por el placer de no trabajar todos los días ni, menos todavía, entierran sus tesoros lejos de la vista de despistados transeúntes.
O eso nos habíamos creído. El primer conde de Iveagh, Edward Cecil Guinness (1847–1927), gracias a una abultada herencia proveniente de la cervecería más importante del mundo, no sabría decir cuál, amasó en su modesta mansión de Londres una enorme colección de retratos, paisajes y obras holandesas y flamencas del siglo XVII. Esta colección, llamada Iveagh Bequest en su honor, fue donada tras su muerte al Estado y se encuentra desde entonces alojada en la Kenwood House de la misma capital. Este tesoro se componía de obras maestras de figuras como Rembrandt, Van Dyck, Gainsborough, Reynolds, Hals, o Turner, y ha sido objeto de admiración desde su donación hasta que las obras de renovación del edificio de la Kenwood House interrumpieron las visitas. Por este motivo, los dueños decidieron no privarnos a todos de su contemplación y dejaron a los cuadros atravesar el océano para cederlos en una exposición temporal al Milwaukee Art Museum: Rembrandt, Van Dyck, Gainsborough: The Treasures of Kenwood House, London y aquí podéis ver un pequeño resumen (en inglés). En la muestra se podían ver 48 obras culminantes de una época, entre las que se encontraban joyas como el Retrato del artista de Rembrandt; Mary, condesa de Howe de Gainsborough; Princesa Henrietta de Lorena asistida por un paje de Van Dyck; Escena de la costa con pescadores halando un barco de Turner, o Miss Murray de Lawrence.

Joseph Mallord William Turner, A Coast Scene with Fishermen Hauling a Boat Ashore (“The Iveagh Sea-Piece”), c. 1803-04. Óleo sobre lienzo, 91,75 x 122,55 cm. Kenwood House, Londres.
Así que ahora ya podemos marcar con una x el punto de la costa inglesa donde se encuentra este tesoro artístico, la Kenwood House, pues la exposición temporal ya cerró sus puertas (mejor, esta otra nos queda más cerca, que una cosa es ser pirata y otra muy distinta estar meses en un barco para apoderarse de la conquista). Así podremos matar dos pájaros de un tiro, revivir nuestras aventuras infantiles mientras imaginamos aprehendernos del tesoro y, al llegar, gozar de la magnífica selección del heredero coleccionista. Para el viaje, como siempre, una pequeña recomendación: el libro de la serie grandes maestros de Victoria Charles sobre Anthony van Dyck y el de Émile Michel sobre Harmensz Van Rijn Rembrandt. Ah, y no olvidéis el líquido para no deshidrataros, no sé, así de repente se me ocurre: ¡Ron, ron, ron, la botella de ron!
PS: Para aquellos que hayáis temido lo peor, no os preocupéis, los cuadros hicieron el viaje en avión, que ya sabéis que últimamente los piratas están otra vez haciendo de las suyas. Y no me vengáis con que los viajes en avión tampoco son ya seguros, que yo no me lo creo, aunque eso lo dejaremos ya para una próxima entrega.
Hoy en día cuando oímos la palabra moderno inmediatamente la asociamos con esas personas que últimamente se han apoderado de las calles con una estética bastante definida que no deja indiferente a nadie y que les impide pasar desapercibidos. Los elementos comunes que los caracterizan son sin duda la ropa vintage y las «gafapastas». No hay mucho que se pueda objetar sobre la estrategia comercial de los vendedores de ropa de segunda mano para reactivar sus ventas y conseguir que todo un colectivo haga de la ropa vieja y usada una marca de identidad, aunque se podría argumentar que en muchas ocasiones la etiqueta vintage, irónicamente, parece convertir los viejos trapos en colecciones de temporada salidas de una casa de moda de Milán si nos fijáramos solo en los precios. Sin embargo, los que tienen que estar contentos con esta nueva moda son los fabricantes de gafas, sobre todo los de esas gafas que nadie quería llevar en el colegio porque los otros chicos se reían de ellos, pero que ahora llevan todos los actores y actrices cool ―podría decir de moda, famosos, conocidos o incluso del momento, pero no sería lo mismo―. Eso sí, los que no tienen que estar para tirar cohetes son los fabricantes de cristales, ya que por suerte para el género humano la incidencia de personas con deficiencias visuales, graves o no, no ha aumentado de la noche a la mañana, y estos jóvenes audaces solo llevan las gafas porque quieren, en muchas ocasiones sin el vidrio corrector. En caso de duda, hacer un pequeño estudio estadístico alrededor.
Otros atributos concurrentes de esta nueva pero extendida tribu urbana son: las barbas pobladas o los finos bigotes para chicos; para chicas, los pantalones cortos, imprescindible que sean muy cortos, con chaqueta; para chichos, camisetas con cuello de pico hasta la cintura, donde pueda verse mucho pelo o un tatuaje; los vestidos cortos y estampados para chicas; pantalones largos, lo más ajustados posible y que no tapen los calcetines; calcetines con colores muy vivos o, mejor incluso, los chicos sin calcetines y las chicas medias con agujeros; tatuajes bien visibles y originalmente redundantes, motivos chinos o marineros, con preferencia por la muñeca, el cuello, el pecho o, por qué no, en todo el brazo y con muchos colores; botas de combate militar para la batalla urbana diaria; un skate ―o monopatín de toda la vida―; un colgante que llegue hasta el estómago y haga apología de los años 70 en adelante; una bicicleta de colores puros con frenos de contrapedal, manillar recto y ruedas extrafinas ―que tras una ligera búsqueda he conseguido averiguar que se denominan fixie―; una extrema delgadez; y, por último, aunque podría seguir con la lista durante un par de párrafos más y aunque básicamente todo se reduzca a dar primacía a la estrafalaria combinación de ropa pasada de moda, el punto más importante: mezclar los idiomas inglés y español a partes iguales y a ser posible dentro de la misma frase.
Allá por el siglo XVII hubo una batalla entre antiguos y modernos, ni mucho menos una pelea entre pensionistas y jovenzuelos eclécticos, que abrió un gran debate acerca de lo que era más importante: si la imitación de los autores denominados clásicos o antiguos, es decir, los griegos y los romanos, como modelo de creación artística perfecta e insuperable, o una innovación adaptada a la época contemporánea y que diera cabida a nuevas formas artísticas. Este debate que dura hasta el día de hoy, y que se limitaba a la literatura, es aplicable también a la pintura y escultura. Si no que se lo digan a Will Grohman, quien se vio inmerso en una situación parecida en pleno siglo XX cuando decidió erigirse en el crítico artístico que abanderara el arte moderno y abstracto posterior a la Segunda Guerra Mundial. Su caso es particular porque tenía dos frentes abiertos, por una parte, insistía en defender la legitimidad del arte abstracto frente a posiciones figurativas intransigentes y, por otra, estaba empeñado en promocionar el arte germano en una época en que todo aquello que viniera de Alemania despertaba un gran recelo. Este doble apoyo incondicional, al arte moderno en general y al arte alemán en particular, así como el descubrimiento de grandes nombres del siglo XX le convirtieron en una figura imprescindible de la crítica artística europea y norteamericana durante más de 50 años. Su nombre aparece una y otra vez en los textos que discursan sobre figuras tan importantes como Kirchner, Kandinsky, Braque o Klee y su voz se convirtió en un referente internacional para hablar de estos artistas, algunos de los cuales se lo agradecieron con retratos. Asimismo, ofreció su apoyo a movimientos artísticos innovadores como Die Brücke, Art Informel, o incluso Bauhaus. Su biografía profesional destaca como ejemplo del potencial que posee la crítica para cambiar la concepción artística predominante, sus reseñas modelaron la historia del arte y sus monográficos y catálogos razonados continúan sirviendo de estándar hasta el día de hoy. Uno de sus grandes logros fue mediar entre todas las partes involucradas en el mundo del arte: artistas, galerías, museos, medios de comunicación y público, con el objetivo de conseguir una mayor audiencia para un arte vanguardista que necesitaba una forma de percepción diferente.

Vasili Kandinsky, Composición VIII, 1923. Óleo sobre lienzo, 140 x 201 cm. Solomon R. Guggenheim Museum.
Por todos estos motivos, las Staatliche Kunstsammlungen Dresden, o lo que es lo mismo las Colecciones Nacionales de Dresde, Alemania, en concreto la Galería de arte de Lipsiusbaum, Kunsthalle im Lipsiusbau, le dedicaba hace poco una exposición en la que reunían pinturas, esculturas, dibujos, fotografías y un montaje de video de artistas contemporáneos junto con la colección de arte del propio Grohmann, por primera vez en exposición en Dresde desde 1933. Con esta interacción se buscaba
acentuar las vías ocultas en que los artistas y los trabajos se relacionan entre ellos, y cómo Grohmann facilitó la creación de redes para la promoción del modernismo. La exposición se llamaba En la red del modernismo. Kirchner, Braque, Kandinsky, Klee … Richter, Bacon, Altenbourg y su crítico Will Grohmann, y podéis ver un resumen aquí (en inglés).
Sinceramente, ¡qué alivio! Y pensar que los que se autodenominan modernos justamente utilizan lo contrario para definirse. La vida está llena de contradicciones, no vamos a descubrir nada con esta afirmación, pero menos mal que nos queda el consuelo de volver a la ruptura de modelos establecidos y a su adaptación a una nueva forma de percepción de la realidad para entender lo que significa de verdad proponer un avance modernista. Aunque, claro, lo mismo estos chicos y chicas piensan que sus indumentarias estrepitosas los acercan al futuro sin necesidad de desprenderse de sus raíces ancestrales. No. No creo. Dudo que detrás de la elección de la forma de vestir de esta plaga urbana haya una meditación demasiado profunda e interiorizada. Volvamos a lo nuestro…
No obstante, aunque la muestra haya pasado no debemos dejar caer ninguna lágrima, ya que por suerte tenemos a nuestra disposición estos tres fabulosos monográficos que harán las delicias de los amantes del arte moderno: Klee, de Donald Wigal (en español), Kirchner, de Klaus Carl (en inglés), y Kandinsky, de Victoria Charles (en español). En ellos podremos disfrutar de las obras más representativas de estos artistas en imágenes de gran formato que nos permitirán apreciar los magníficos detalles que los hicieron imprescindibles, y todo esto sin preocuparnos de temer que el gusto por el arte moderno, aunque sea del siglo pasado, nos convierta necesariamente en modernos gafapastas.
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