¿Qué ha sido de esta diversión tan popular otrora? Recuerdo cuando los bingos eran un lugar de peregrinaje al que la gente se dirigía para tentar a la suerte y multiplicar sus magros sueldos. En realidad, era más un pasatiempo que otra cosa, ya que las posibilidades de ganar siempre han sido escasas, solo una persona puede cantar línea y solo otra cantará bingo. Aunque claro, todo depende de las partidas que se jueguen. No había tampoco barrio o asociación cultural, hogar del jubilado, fiestas de pueblo, tarde en casa con la familia, que se preciara que no organizara una velada de: 22, los dos patitos; 15, la niña bonita; 13, la mala pata; 11, las banderillas; 33, la edad de Cristo, etc. Todo empezó cuando en 1977 cambió la ley en España y se legalizó el juego (este y todos los demás). En esos primeros años, pues, fue cuando se produjo la proliferación de salas y su arraigo en la cultura española. ¿Quién no recuerda Los bingueros (Mariano Ozores, 1979)? ¿O la infame versión que Ozores se hizo de su misma película en Ya no va más (1988)? ¿O Las chicas del bingo (Julián Esteban, 1982)? Es cierto que en todas estas películas el bingo era una excusa para pasar de alguna manera u otra al verdadero asunto del filme, que no era otro que mostrar a chicas ligeras de ropa, pero al menos suponían un desvío de la recurrente temática del cine español, que si no me equivoco no pasa un año sin que produzca, como mínimo, dos o tres películas sobre la tan nuestra Guerra Civil. Digo esto porque este año, del que llevamos solo cinco meses, ya se han hecho dos: Un Dios prohibido (Pablo moreno, 2013) y La mula (Michael Radford, 2013). Pero si hacen falta datos para apoyar todavía más mi tesis aquí os dejo esta magnífica página web:http://www.uhu.es/cine.educacion/cineyeducacion/historia_guerracivil.htm.

Escena de la película Los bingueros protagonizada por Andrés Pajares y Fernando Esteso (Mariano Ozores, 1979).
Decíamos. El bingo ya pasó de moda. Ahora la gente prefiere ir a la bolera o apostar sus esperanzas al Euromillón. Los bingos de juguete apilan polvo en los trasteros de las casas, solo recordándonos su existencia en un pasado no tan lejano los hallazgos de las bolas numeradas en esos acumuladores de tesoros que son las espaldas de los muebles. Qué le vamos a hacer, es la evolución humana. Llorar por la pérdida de un ser querido no lo traerá de vuelta. Antes al contrario, lo mantendrá presente para que sigamos sufriendo indefinidamente. A olvidar se ha dicho. Siempre podremos consolarnos acudiendo a alguna de las salas que aún permanecen abiertaspor toda la geografía española, cada vez con menos clientes,que, para aquellos que no lo sepan, tienen la característica de contar con precios imbatibles en lo que se refiere a consumiciones y menús.
Pero,¿a qué viene lo de color, trazo y luz? Pues resulta que el enero pasado, la NationalGallery of Art alojó una exposición, Color, Line, Light: French Drawings, Watercolors, and Pastelsfrom Delacroix toSignac, en la que presentó la colección de dibujos y acuarelas de James T. Dyke, uno de los más astutos coleccionistas de los siglos XIX y XX en lo que a trabajos sobre papel se refiere. Entre sus joyas se podían contemplar unas 100 obras que mostraban el desarrolloen el arte del dibujo en Francia desde el romanticismohasta el realismo, pasando en el camino por los impresionistas, nabis y neoimpresionistas. Artistas que estuvieron activos desde 1830 hasta 1930 incluían a Delacroix, Monet, Degas, Cézanne,Signac, y ponían de manifiesto la diversidad de temática, estilos y técnicas.

Paul Signac, Martigues, abril de 1929. Lápiz y acuarela sobre papel,27,62 x 43,5 cm.
Arkansas Arts Center Foundation, Little Rock. Regalo de James T. Dyke 1999.
Esta vez no llegamos a tiempo, pero, como siempre, en Parkstone tenemos un libro que podrá suplir las carencias económicas para pagar el viaje, las de conocimiento por si no conocíamos este arte y las de entretenimiento por si nuestra única afición era el desvirtuado bingo. Lo firma Victoria Charles y se llama French Painting (en francés).
Man O’ Letter.
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Hay dos tipos de personas, a las que les gustan los retratos y a las que les gustan los paisajes. Personalmente soy una de las personas de paisaje, en mi cámara de fotos raramente encontrarás un primer plano de una persona, y desde luego, ni una foto mía (no es que piense que las fotos roban el alma, pero casi).
Runge (sí, el de la esfera) dijo que «todo conduce necesariamente al paisaje» y no puedo estar más de acuerdo. Absolutamente todo lo que vemos es, o contiene, un paisaje, aunque a veces nos neguemos a reconocerlo con la excusa de que «no es naturaleza». Es tan importante que hasta la UNESCO recomienda su protección (cosa que no tardaremos en agradecer, viendo el camino que llevamos).
«Porque lo bello no es sino el comienzo de lo terrible,
ése que todavía podemos soportar»
Elegías de Duino, Rainer Maria Rilke
El simbolismo no fue un movimiento artístico como tal. Se desarrolló a partir de la literatura francesa y, posteriormente, de las belga y rusa y se define como un medio para conceptualizar verdades e ideas atemporales, para reproducir los efectos que escenas del mundo real produjeron en los artistas que las pintaron, en los poetas que las pusieron en verso.
Situadas en su contexto histórico, a finales del siglo XIX, las obras simbolistas reflejan vidas de tensión, horrores y barbarie. La muerte es un tema recurrente, como también lo son la espiritualidad, el misticismo, la religión y la fantasía, que se combinan para trascender la realidad y la razón y alcanzar una realidad superior eminentemente subjetiva. Dado que no existe una pauta precisa que caracterice al simbolismo, lo único que sus seguidores tienen en común es, por así decirlo, «el espíritu». Y es precisamente este espíritu simbolista el que da título a la exposición que el Ateneum, el museo nacional de arte finlandés, dedica a las obras simbolistas de su colección.

Hugo Simberg, El jardín de la muerte,
Acuarela y aguada sobre papel, 16 x 17 cm.
Ateneumin taidemuseo, Helsinki.
Uno de los artistas destacados de la exposición es Hugo Simberg, quien decía querer «pintar todo aquello que conmueve el alma». Sus obras plantean preguntas acerca de la vida y la muerte y poseen un fino sentido del humor. En El jardín de la muerte, por ejemplo, las figuras esqueléticas cuidan de sus extrañas plantas con una ternura tan primorosa como insospechada. Esta yuxtaposición puede resultar extraña al espectador, pero más allá de la confusión transmite serenidad y aliento, y una cierta nostalgia por la vida que un día dejará de ser. Simberg esbozó numerosas variaciones de esta composición, que también pintó en los muros de la catedral de Tampere.
Otro de los frescos de esta catedral retoma el tema de El ángel herido, la obra de arte más apreciada por los finlandeses, según una encuesta de 2007. Hugo Simberg trabajó duramente en esta melancólica obra, que realizó a partir de fotografías de los modelos y del sendero de la bahía de Töölö por el que caminan. Cuando la hubo finalizado, Simberg rehusó ponerle un título y acompañarla de interpretación alguna: es el propio espectador quien debe dotarla de significado. Posteriormente, se le dio el nombre por el que se conoce hoy en día y se la relacionó con la meningitis por la que el artista fue hospitalizado mientras la pintaba, con un compromiso con la clase trabajadora o con una alegoría de la turbulenta situación política de una Finlandia oprimida y en proceso de rusificación.
Dos muchachos de aire sombrío transportan por un paisaje estepario a una criatura alada y resplandeciente. Los ojos de este ángel de cabellos pajizos están vendados y hay un reguero de sangre en una de sus alas; lleva un ramillete de campanillas de invierno en la mano derecha, y tiene la cabeza inclinada hacia abajo, como si le avergonzara verse expuesto a la luz del día.
Las figuras angelicales se cuentan entre los principales temas del simbolismo, quizá por su perfección, que escapa a nuestra comprensión, o por su numinosa belleza. En el caso del ángel de Simberg, verlo tan bello y humillado hace que el corazón se encoja y produce un dolor que se torna casi insoportable.
Si necesitas escapar de la monotonía de la realidad empírica, acércate a Helsinki antes del 28 del próximo mes para descubrir lo invisible escondido en las salas de «In the Spirit of Symbolism» (si te apuras, puede que incluso llegues a tiempo de salir a la caza de auroras boreales, lo más parecido a contemplar el mundo espectral rasgándose en el cielo). Asimismo, te invito a llorar a solas con las obras que Nathalia Brodskaya analiza en El simbolismo, pero te pido precaución, no vaya a ser que, como le ocurrió a la gran poetisa rusa Marina Tsvetáieva, tu vida —quizá no tan procelosa como la suya— comience «a adquirir sentido y peso sólo transfigurada, es decir, en el arte».
Cuando piensas en la India te vienen tópicos a la cabeza como: yoguis, curry, miseria, La ciudad de la alegría, Bollywood, trenes atestados hasta la bandera, la madre Teresa de Calcuta y un río Ganges de dudosa salubridad. Por supuesto, también te viene la imagen del Taj Mahal, el palacio-mausoleo encargado por el emperador Sha Jaján para enterrar a su esposa favorita, Mumtaz Mahal (la buena mujer murió dando a luz a su decimocuarto (¡!) hijo, no se puede decir que no se mereciera el monumento).
Este palacio, además, es representativo de una importante época en lo que ahora es la India: el Imperio mogol (siglos XVI y XIX), estado islámico cuyas principales figuras bien podrían haber inspirado a George R. R. Martin: el último gran gobernante, Aurangzeb, mató a todos sus hermanos y metió en prisión a su padre, hubiera sido íntimo del rey Joffrey (y de alguno más). Incluso la bonita historia del Taj Mahal tiene su parte siniestra, se dice que al terminar la obra Sha Jaján (padre del piadoso Aurangzeb) hizo que se les cortaran las manos a todos los obreros que habían participado en la obra para que nunca hubiera otra igual.

Raja Ravi Varma
Paravur Kayal (lago), 1897
Óleo sobre lienzo, 43,18 x 58,42 cm
Sri Chitra Art Gallery
Thiruvananthapuram, Kerala
Pero más allá de las guerras y las intrigas, fueron tres siglos muy productivos artísticamente. Y eso es lo que The British Library nos invita a descubrir en la exposición « Mughal India: Art, Culture and Empire» que se puede visitar hasta el 2 de abril. Y si te apetece descubrir un poco más sobre este fascinante país, no dejes de leer el estudio magníficamente ilustrado de Vincent Arthur Smith, Art of India (en inglés).
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