Para una amplia mayoría de historiadores del arte y críticos, la obra de Hopper está necesariamente ligada a la soledad. Así pues, ya que debemos hablar de Hopper, hablemos de soledad. Y ya que estamos, hagámoslo de la soledad llevada al extremo, que es el solipsismo. Este término alude a una forma extrema de subjetivismo que afirma que lo único que existe es el propio yo o, al menos, lo único que puede ser conocido. Cualquier noción externa a uno no tiene entidad sino como producto de nuestra mente. Bueno, de «mi» mente, ya que estoy yo sola. Sería algo así como Juan Palomo in extremis.
Realmente se presenta como una idea desoladora, pero podría verse como la única forma de preservar la singularidad ante un mundo cada vez más masificado. En este sentido, la obra de Hopper se podría calificar de solipsista, porque las figuras que representa parecen elegir estar solas, incluso aunque aparezcan en compañía de otros. La soledad es su forma de no participar de la modernidad, del optimismo generalizado, de las incongruencias del mundo; es una forma de ensimismamiento. A este respecto, Hopper declaró que la abstracción que se desprende de sus cuadros tal vez no fuera otra cosa que un reflejo de su propia soledad, o quizá un elemento característico de la condición humana.

People in the Sun (Grupo de gente al sol), 1960. Óleo sobre lienzo, 102,6 x 153,4 cm. Smithsonian American Art Museum, Washington D.C.
En People in the Sun, por ejemplo, vemos a un grupo de personas orgullosas de su propia soledad, con la mirada fija en el horizonte o en una hoja de papel, sin establecer ningún tipo de contacto entre ellos. La absoluta falta de comunicación acentúa la sensación de soledad. Esta obra reúne todos los elementos característicos de Hopper: las grandes formas geométricas, la aplicación de colores planos, la presencia de elementos arquitectónicos y, por supuesto, el protagonismo de la luz, que al proyectar las sombras sobre el pavimento parece ser lo único que tiene movilidad en la composición.

Two Comedians (Dos comediantes), 1966. Óleo sobre lienzo, 73,7 x 101,6 cm. Colección de la familia Sinatra.
En una de las biografías de Hopper se afirma que se identificaba con la marginalidad de los payasos y otros artistas igualmente ajenos al mundo real. Así, en su última obra, Two Comedians, vistió a su mujer, Josephine, y a sí mismo de pierrots que saludan al público al final de su actuación. Hopper hace una reverencia al espectador y lleva de la mano a aquella que lo acompañó en todo. ¿Qué significa esto? ¿Acaso trataba de decirnos que la soledad que pintaba no era más que metafórica, pues siempre la compartió con Jo? ¿Tal vez es una broma de mi mente solipsista que trata de hacerme entender que el Hopper del que hablo no era más real que este que se despide vestido de comediante?
Tanto si existes fuera de mi mente como si no, no te pierdas la mayor retrospectiva dedicada al artista que acoge el Grand Palais de París hasta el próximo 28 de enero ni desaproveches la oportunidad de llenar tu soledad con esta monografía en formato electrónico de Gerry Souter.
El siglo XVI fue uno de los más prolíficos en lo que se refiere a extrañas manifestaciones de fervor religioso. Desde los éxtasis de los místicos a las obras de los artistas flamencos, parece que a la gente le daba por exagerar hasta lo imposible la experiencia de lo sagrado y amedrentar a los pecadores con imágenes terroríficas, y dejaron testimonios y manifestaciones artísticas que más tarde se han identificado como fruto de la epilepsia o del consumo de drogas psicotrópicas (queriendo o sin querer, eso nunca lo sabremos).
Uno de los artistas en duda es El Bosco: ¿era realmente un genio con una imaginación desbordante o simplemente alucinaba por efecto de algo raro en la comida (el moho en el grano era frecuente)? ¿Quizá simplemente estaba loco? ¿Quizá era un hereje? ¿Un mojigato que quería que todo aquel con algo de alegría de vivir quedara amedrentado por los peligros del infierno durante el resto de sus días? Lo cierto es que, si miramos de cerca cualquiera de sus cuadros, veremos elementos que nos resultaran muy familiares y no tan lejanos en el tiempo. Personalmente encuentro que sus obras podrían ser consideradas surrealismo si tomamos los elementos por separado. Analicemos por ejemplo el tríptico Las tentaciones de San Antonio.

Las tentaciones de San Antonio, c. 1500. Óleo sobre tabla, 131,5 x 119. Museu Nacional de Arte Antiga, Lisboa
En el panel de la izquierda unos demonios llevan en volandas a San Antonio, unos monjes le ayudan tras su caída atravesando un puente debajo del cual hay tres figuras y cerca de ellos un pájaro patinando sobre un lago helado (vamos, lo normal). Un poco más allá nos encontramos a un ciervo con dos extrañas figuras en procesión y al final del camino una cueva cuya entrada se asemeja a dos piernas de rodillas. Cerca de ella, la cola de un pez asoma en la boca de otro, que no parece tener dificultades para respirar fuera del agua.
Si pasamos al panel central podemos observar perros con armaduras, cerdos con forma humana, ratones gigantes, tinajas con patas una ¿manzana? rota como si de una cáscara de huevo se tratara de la que salen extrañas criaturas y, lo que nada en el lago, ¿es un pato sin cabeza con un humano dentro? (que el pez sea a la vez barco y lleve una especie de armadura no me preocupa en absoluto después de ver esto).
Y pasemos, por fin, al panel derecho en el que tenemos una mesa sujetada por seres humanos, una mujer desnuda saliendo de un árbol cerca del cual hay unas extrañas criaturas (demonios) sujetando una cortina y, de nuevo, el pez (no podía faltar), esta vez volando con dos personas encima.
Viendo esto nos queda claro que, el hombre muy normal no era. Pero a qué se debían estos ataques de creatividad es algo que nunca sabremos. Lo que sí podemos hacer es admirar su obra, parte de la cual se expone estos días (y hasta el 14 de enero de 2013) en el Palais des Beaux Arts de Lille como parte de la exposición «Fables of Flemish Landscapes, Bosch, Brueghel, Bles, Bril» (enlace en francés). Antes de ir, quizá quieras ponerte al día con la obra de El Bosco con este ebook de Virginia Pitts Rembert. O familiarizarte con las imágenes infernales de estos autores con Apocalypse (en inglés), de Camille Flammarion.
El undécimo aniversario de los ataques del 11 de septiembre ha estado trágicamente marcado por el asesinato del embajador de Estados Unidos en Bengasi, Libia. Este atentado se confundió entre una serie de protestas, violentas y no violentas, suscitadas por el insultante y mediocre largometraje estadounidense Innocence of Muslims (La inocencia de los musulmanes). Aún no se ha confirmado el nombre del responsable de esta película que ridiculiza a Mahoma (o Muhámmad, según se prefiera) y que, supuestamente, trata de demostrar que «el islam es un cáncer», pero las secuencias publicadas por ese desconocido en YouTube han desatado una violencia difícilmente contenible.
Realmente es una desgracia que sucesos como estos empañen la riqueza y la diversidad de la civilización islámica. Este undécimo aniversario también coincide con la apertura del octavo departamento del Louvre dedicado enteramente al legado artístico del islam. En el discurso pronunciado durante la inauguración, el presidente de Francia, François Hollande, no sólo alabó el universo islámico formado por mil y un mundos, épocas, lugares e inspiraciones, sino que declaró abierta la batalla contra la intolerancia y calificó de injusta la atribución de los fundamentalistas islámicos, que se declaran representantes de todo el islam y tiñen de sangre todas sus culturas.
Sí, culturas en plural, porque el islam se extendió por un vastísimo territorio, desde la India hasta España, que abarcaba gentes y culturas muy distintas, no sólo árabes. En definitiva, las creaciones artísticas islámicas fueron fruto de intercambios constantes, intercambios que inevitablemente han conformado eso que llamamos cultura occidental. Y a veces de forma sorprendente. Veamos, por ejemplo, esta obra maestra del arte metalúrgico, una de las joyas del gran museo de Francia, que se conoce como El baptisterio de san Luis.

Vasija conocida como El baptisterio de san Luis, c. 1320-1340. Latón con incrustaciones de plata y oro, altura: 22cm y diámetro de apertura: 50,2 cm. Musée du Louvre, París.
Durante siglos, esta pieza de metal sirvió para bautizar a los niños reales de Francia, desde Luis XIII, en 1601, hasta el príncipe imperial, Napoleón Eugenio, hijo de Napoleón III, en 1856. No obstante, su origen se encuentra en Siria o Egipto, en la época del sultanato de los mamelucos, la dinastía de antiguos esclavos que gobernó el mundo árabe desde 1250 hasta 1517, cuando fueron conquistados por los otomanos. Se atribuye a Muhámmad ibn az-Zayn, pero se desconoce quién era su destinatario. Tampoco se sabe cómo llegó a manos reales ni por qué flores de lis decoran su exterior. Lo que sí parece cierto es que la vasija aún no existía en 1270, cuando falleció Luis IX, por lo que el nombre por el que se la conoce tradicionalmente sería incorrecto. Pero… ¡qué gran ejemplo de la inevitable interferencia entre los pueblos! Los monarcas por derecho divino se cristianaban en una obra de origen islámico…
Con respecto a las últimas erupciones de violencia, la cabeza visible de la Iglesia católica, el papa Benedicto XVI, ha implorado durante su visita a Beirut por que, lejos de separarnos, las diferencias culturales, sociales y religiosas nos lleven a establecer «un nuevo tipo de fraternidad». Para empezar, no dejes de visitar el nuevo espacio diseñado por los arquitectos Mario Bellini y Rudy Ricciotti en el país de la «Liberté, égalité, fraternité» ni de embeberte de grandeza oriental con las coloridas ilustraciones de los ebooks Art of Islam y Art of India y del libro Central Asia Art.
En el mundo en que vivimos, el cotilleo anda a la orden del día. Si es sobre alguien famoso, mejor. Y si es algo malo o políticamente incorrecto que dicho famoso haya hecho o dicho, tienes la seguridad de que cientos de miles de personas pagarán por saberlo. Y eso no ocurre sólo en los «corrillos» (donde, seamos sinceros, el nivel intelectual es muchas veces inferior a la media de la audiencia de HMYV*), sino a niveles artísticos, donde un desliz del pintor/cineasta/músico/… puede provocar el ostracismo de un talentoso individuo.
¿Qué hubiera pasado si, llevados por juicios morales, hubieramos decidido que Quevedo no era digno de atención? Pudo ser un misántropo y un misógino, pero eso no quita para que sus sonetos amorosos sean los mejores escritos en lengua castellana (con permiso de Garcilaso). ¿O si hubiéramos desatendido el Impresionismo por la «laxa moral» de algunos de sus protagonistas? En mi humilde opinión, el Arte debe ser mirado con ojos artísticos, no centrándonos en quién está detrás. Eso son asuntos humanos y lo juzgan tribunales humanos.
Y todo esto, ¿a santo de qué?, os preguntaréis. Pues viene a que, por fin, alguien se ha animado a montar una exposición sobre van Gogh mirando más allá del personaje (ese loco que se cortó una oreja y terminó suicidándose con un disparo en el pecho), que si bien ha creado un mito que ha favorecido su celebridad, también ha oscurecido en parte el valor artístico de sus obras (para el público en general, no para los especialistas). Y es que, el bueno de Vincent, era un apasionado del Ukiyo-e, tanto así que coleccionó cientos de ellos y creó un taller en el que se dedicaba a su copia.
Acercaos a la Pinacothèque de Paris para disfrutar de esta comparativa entre van Gogh y su admirado Hiroshige en la exposición «Van Gogh et le Japonisme» (enlace en inglés) que se podrá visitar hasta el 17 de marzo de 2013. Si París no es lo tuyo, pero quieres conocer más el van Gogh «artista» de lo que ya conoces el van Gogh «persona», hazte con este ebook firmado por Victoria Charles.
*Hombres, mujeres y viceversa.
Aún conservo una serie de estampitas de cristos, santos y vírgenes que mi abuela me animó a reunir cuando era niña. Todas las noches, quizá no todas, pero al menos tres o cuatro seguro que sí, las extendía sobre la cama y a ellas les dirigía mis oraciones. ¡Cuál no sería mi sorpresa cuando en la larguísima Los diez mandamientos vi cómo Dios castigaba a los adoradores de ídolos! Me sentí terriblemente ultrajada. Pero, ¿cómo no estarlo? Las imágenes no sólo pueblan iglesias, santuarios, templetes, monasterios, etc., etc., sino que incluso salen a la calle en procesión, y las vemos en edificios públicos, en escuelas y en incontables viviendas particulares. Más aún, una gran parte de estas obras sagradas son verdaderas obras maestras de la pintura y la escultura. No podía entender cómo tanta belleza podía tener algo de malo.
En Francia, las imágenes de devoción cristiana florecieron especialmente durante el siglo XVII, cuando la construcción de edificios religiosos aumentó exponencialmente y fue preciso decorarlos. El mes pasado, el Musée Carnavalet de París inauguró una exposición que constituye una verdadera retrospectiva del arte parisino del siglo XVII y que reúne más de un centenar de imágenes de carácter religioso que sobrevivieron a la Revolución y a las reformas urbanas del siglo XIX. Permanecerá abierta hasta el 24 de febrero de 2013 con el nombre de «Les couleurs du ciel» (Los colores del cielo).

Hans Memling, panel central del tríptico El juicio final, c. 1467-1471. Óleo sobre tabla, 221 x 161 cm. Muzeum Narodowe w Gdańsku, Gdańsk.
En la Biblia, la palabra «cielo» (o su variante «cielos») aparece en más de 700 versículos, incluidos los dos en los que Dios condena la realización de semejanzas de las cosas que están allá arriba (Éxodo 20, 4 y Deuteronomio 5, 8), y el firmamento juega un papel crucial en las representaciones de escenas bíblicas. El cielo es la morada divina, tal como invoca el Padrenuestro; el arco iris simboliza el nuevo pacto con todos los hombres tras el diluvio universal; del cielo abierto descendió el Espíritu Santo sobre la tierra; las estrellas caerán en forma de ángeles y la de oriente anunció el nacimiento del Rey de los Judíos, y un cielo críptico y amenazante como el de Memling puede estar extraído del Apocalipsis.

Ivan Nikolaevich Kramskoi, Cristo en el desierto, 1872. Óleo sobre lienzo, 180 x 210 cm. Galería Estatal Tretiakov, Moscú.
No obstante, por encima de todo, para un creyente el cielo es el lugar en el que Cristo intercede por la humanidad y de donde volverá para juzgar a vivos y a muertos cuando se acabe el mundo (sea el 21 de diciembre o cualquier otro día); el lugar donde reposan sus seres queridos y aquel al que un día retornaran al estado anterior a la caída. Así pues, el cielo, como las demás imágenes sacras, no es el objeto de la adoración; el culto de la religión no se detiene en las imágenes, sino que se dirige al Dios encarnado, tal como escribió santo Tomás de Aquino en su Summa Theologiae.
Yo sigo en mis trece de que algo tan bello como el Cristo en el desierto de Kramskoi no puede conducir a nadie a la condenación eterna y, por ello, seguiré guardando esas estampitas y me descoyuntaré las vértebras cervicales en éxtasis el día que tenga la fortuna de visitar la Capilla Sixtina.
Si planeas una visita a París próximamente, no pierdas la oportunidad de admirar en detalle los cuadros que han descolgado de los museos más antiguos de la ciudad para la ocasión. Y si la exposición llega tarde y ya tienes tortícolis de tanto mirar hacia arriba, ¿por qué no aprovechar el obligado reposo para ampliar tus conocimientos sobre el arte sacro con las imágenes de Cristo de este magnífico eBook de Ernest Renan?
Como la de todos los vecinos, la historia entre Rusia y Alemania tiene momentos buenos y malos. Uno de los mejores fue cuando, en el siglo XVIII, Catalina la Grande (que para algo era alemana de origen) invitó a muchos trabajadores alemanes a que repoblaran el sur de Rusia, llegando, con Lenin, a fundar la República Socialista Soviética de los Alemanes del Volga. Uno de los más bajos se dio poco después, cuando durante la I y, sobre todo, II Guerra Mundial, ya con Stalin en el poder, esta misma población fue deportada, entre otros lugares, a Siberia. Cuando el muro de Berlín cayó, muchos de estos ruso-alemanes regresaron a su tierra natal, aunque ya no lo era más, y en esas están todavía.
Pero no sólo se mezclaron las poblaciones, sino que los artistas también se influyeron mutuamente, fundando movimientos que luego exportaban, estudiando cada uno en el país vecino e integrándose con sus compañeros extranjeros, algo que se hizo especialmente visible en las vanguardias, con artistas como Malévich o Grosz. Y esto precisamente es lo que la exposición «Russians & Germans. 1000 Years of Art, History and Culture» (Rusos y alemanes. 1000 años de arte, historia y cultura) del Neues Museum (Berlín) trata de ensalzar.

Kazimir Malévich, Paisaje de invierno, 1931. Óleo sobre lienzo, 48,5 x 54 cm. Museum Ludwig, Colonia.
Así que acércate a Berlín antes del 13 de enero de 2013 para admirar el asombroso fruto que pueden dar las relaciones vecinales, o, si lo prefieres, llévate el arte alemán a casa con este fantástico estudio de Franz Dülberg.
Las imaginativas esculturas sinuosas, curvilíneas y biseladas de Gian Lorenzo Bernini son claros ejemplos del dinamismo y el efectismo del barroco. Todos los artificios y trampantojos que caracterizan a este estilo no tenían otro objetivo que impresionar y emocionar al espectador. Para lograr este fin, Bernini estudiaba cuidadosamente la perspectiva y jugaba con los materiales y la luz. Su afición al teatro era bien conocida y, por ello, muchos de sus conjuntos escultórico-arquitectónicos —inspirados en el gran Miguel Ángel— tenían un marcado carácter escenográfico. No dejaba nada al azar, tal como nos lo presenta la exposición del Metropolitan Museum of Art, «Bernini: Sculpting in Clay»; construía sus figuras en miniaturas de arcilla que modelaba con los dedos y algunas herramientas antes de comenzar a trabajar en el mármol.

Éxtasis de santa Teresa, 1645-52. Mármol, 350 cm. Capilla Cornaro, iglesia de Santa María de la Victoria, Roma.
Una de las composiciones más teatrales de Bernini es este Éxtasis de santa Teresa que plasma un momento en el que el amor de Dios traspasó el corazón de la Santa, tal como lo describe en su Libro de la vida:
Veía un ángel cabe mí, hacia el lado izquierdo, en forma corporal… Veíale en las manos un dardo de oro largo, y al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego. Este me parecía meter por el corazón algunas veces y que me llegaba a las entrañas. Al sacarle, me parecía las llevaba consigo, y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios. Era tan grande el dolor, que me hacía dar aquellos quejidos, y tan excesiva la suavidad que me pone este grandísimo dolor, que no hay desear que se quite, ni se contenta el alma con menos que Dios. No es dolor corporal sino espiritual, aunque no deja de participar el cuerpo algo, y aun harto. Es un requiebro tan suave que pasa entre el alma y Dios, que suplico yo a su bondad lo dé a gustar a quien pensare que miento.
Esta experiencia mística se denomina «transverberación» o «transfixión» del corazón y se considera un verdadero regalo divino. Ciertamente, se puede percibir una carga sexual en la descripción del mismo por parte de la Santa, pero su propósito era inspirar fe y la única forma de hacerlo en términos comprensibles para el espectador era comparándolo con sentimientos que este haya podido experimentar. El conjunto escultórico de Bernini está construido con esta misma finalidad. Una ventana oculta permite que la luz se deslice por los rayos de bronce y caiga sobre las níveas figuras de Santa Teresa y el ángel, que parecen suspendidos en el aire bajo un fresco que imita al cielo. Las ropas del ángel son livianas y vaporosas, lo que contrasta con la pesadez del vestido de la Santa y establece una clara contraposición entre lo terrenal y lo divino. La expresión de Santa Teresa es al mismo tiempo de placer y de profundo dolor, mientras el ángel sonríe complacido. Por último, Bernini quiso hacer aún más manifiesto nuestro papel de espectadores del milagro mediante dos relieves que representan los palcos del «teatro».
Si quieres participar en el juego de las esculturas barrocas y dejarte seducir por ellas, no te puedes perder la exposición del MET, que permanecerá abierta hasta el día de Reyes del año que viene, ni estos magníficos libros sobre el arte barroco y la escultura de Victoria Charles.
Ahora que están tan de moda los blogs de estilismo y las egobloggers son las nuevas estrellas de la red, no está de más recordar que ellas no son las primeras ni las últimas en interesarse por la moda ni retratar el estilismo contemporáneo.
Haciendo un trabajo a medio camino entre los paparazzis y los cazadores de tendencias, los impresionistas, en su afán por retratar la vida urbana de la época, se convirtieron en pintores de la moda (que no de moda, la mayoría del público los denostaba). Desde los bailes de Renoir a las noches de ópera de Mary Cassat, podemos encontrar en sus cuadros a la gente «in» del París del Moulin Rouge y sus distintos modelitos de día y noche. ¿Os recuerda a algo?

Mary Cassatt, Lidia en el teatro, , c. 1879. Pastel, 53,3 x 43,2 cm. The Nelson-Atkins Museum of Art , Kansas City, Missouri.

Mary Cassatt, Mujer con collar de perlas en un palco, 1879. Óleo sobre lienzo, 81,3 x 59,7 cm. Philadelphia Museum of Art, Filadelfia
Y es que el ansia de retratar la vida cotidiana segundo a segundo nació mucho antes de que se inventaran los móviles con cámara (sí, esos que te bajas un programa y ya te crees que eres fotógrafo profesional). Visto el éxito y la estima en que ahora tenemos a estos reformadores de la pintura, ¿sería posible que en un par de siglos que viene se expusieran en los museos esas fotos que tanto nos molestan ahora en las redes sociales? (desde aquí quiero hacer un llamamiento: sí, es posible comer sin hacerle una foto al plato, ¡no todo el mundo quiere ver el aspecto de tu comida por más que el restaurante tenga estrellas Michelín! Fotos gastronómicas en revistas gastronómicas. Gracias.) Por nuestro bien, espero que no y que recuperemos el sentido común en algún momento.

Pierre August Renoir, Baile en el Moulin de la Galette, 1876. Óleo sobre lienzo, 131 x 175 cm. Musée d’Orsay, París.
Si te interesan estos «pioneros» del papel couché, o la vida y moda del París del XIX, acércate a «L’impressionisme et la mode», en el Musée d’Orsay del 25 de septiembre de 2012 al 20 de enero de 2013 o, si prefieres disfrutar a tu aire del encanto y la elegancia del siglo XIX, llévate a casa el estudio de Nathalia Brodskaya sobre el Impresionismo en forma de ebook.
¿Qué tienen en común Miguel Ángel, Rafael, Marcel Duchamp, Hopper, Alberto Durero, Leonardo da Vinci, Alphonse Mucha, Caravaggio, Rembrandt, Velázquez, Renoir y J. M. W. Turner, entre otros? Todos ellos han sido clasificados como «el artista más influyente» de un período histórico, de un movimiento, de un grupo artístico, de un país… No obstante, parece que ya se han cubierto todas las categorías posibles y los genios revolucionarios pululan de tal forma que cada vez se deben acotar más los radios de influencia. Así, la nueva exposición del MET, «Regarding Warhol: Sixty Artists, Fifty Years», nos plantea la pregunta de si Andy Warhol fue el artista más influyente del último medio siglo, esto es, de los últimos cincuenta años… ¿Cincuenta años? ¿Qué será lo próximo? ¿El primer cuarto del siglo XXI? ¿Los tres años que siguieron al 2001? ¿La primera mitad del mes de enero del 2009? ¿Los días previos al 21 de diciembre de este año? (Desde luego, puestos a seleccionar, en los dos últimos meses, pocos artistas han tenido la resonancia de la señora Cecilia de Borja).
Andy Warhol vaticinó que, en el futuro, todo el mundo tendría sus 15 minutos de fama, e iba bien encaminado con respecto a la televisión, pero se quedó algo corto. En la era de Internet, todos se esfuerzan por tener su «minuto de gloria» y pronto será preciso disputarse cada segundo de atención pública… No sé qué opinaría Warhol de la situación actual, pero no cabe duda de que se sentiría muy satisfecho de la presencia e impronta de su legado en este siglo XXI que estrenamos hace no tanto. Al fin y al cabo, se sentía fascinado por el arte como lucro.
Uno de los motivos por los que el MET limita su influencia a medio siglo es que la soberanía del panorama artístico del siglo XX se ha atribuido a Picasso de forma casi unánime (y que conste que he dicho «casi»). Se dice que cuando Warhol supo que Picasso dejó a su muerte un patrimonio de 4.000 obras, decidió que su vocación sería convertirse en «artista por número de páginas» para igualar de esa forma la labor creadora de imágenes de Picasso. Si bien no tenía la hiperactividad (y muchos dirán que tampoco lo acompañaba el genio) del malagueño, lo cierto es que sólo hay que prestar un poco de atención para ver que la huella de Warhol está en todas partes. Una de las cosas que más le maravillaba de Estados Unidos, según afirmaba en su libro Mi filosofía de A a B y de B a A, era que «los consumidores más ricos compran esencialmente las mismas cosas que los más pobres» y le fascinaba la Coca-Cola porque la que bebe el mendigo de la esquina es tan buena como la que se puedan tomar Amancio Ortega o Paris Hilton. Por ello, se apropió de la Coca-Cola y, al hacerlo, consiguió acercar el arte a todo el mundo.

Green Coca-Cola Bottles (Botellas verdes de Coca-Cola), 1962. Seda, acrílico y grafito sobre lienzo, 209,2 x 144,8 cm. Whitney Museum of American Art, Nueva York. © 2012 The Andy Warhol Foundation for the Visual Arts, Inc. / Artists Rights Society (ARS), Nueva York
El MET explora cinco facetas temáticas de Warhol: su fascinación por las imágenes cotidianas, el consumismo banal, el auge de los sensacionalismos; las celebridades y los protagonistas de las crónicas de papel cuché; la crudeza y la importancia de la sexualidad; la reubicación de objetos cotidianos en series infinitas; y la colaboración artística con otros creadores y la fascinación por crear entornos que envolvieran al espectador. Para ello, toma las obras de sus epígonos y permite que los visitantes asistan al diálogo que se establece entre todas ellas; un diálogo «pop» que ha cumplido ya los cincuenta y que, previsiblemente, tendrá una vida longeva y (esperemos) controvertida, genial, lunática y arrebatadora.
Warhol fue un observador incansable, mordaz, crítico, que se propuso cambiar el arte. La decisión de si lo logró o no, te la dejo a ti (no me gustaría robarte tu segundo de estrellato). Las puertas de la exposición de Nueva York estarán abiertas hasta el 31 de diciembre y, si no te puedes pasar por allí, este ebook de Gerry Souter está a tu disposición allí donde estés.
El movimiento prerrafaelita es a la pintura lo que la narrativa gótica a la literatura. No coinciden plenamente en el tiempo pero sí en el espíritu, no en vano estos artistas del siglo XIX comparten los ideales del Romanticismo respecto a la sinceridad del arte y la utilización de la naturaleza para expresar ideas. Cualquiera que, siendo adolescente, haya observado Ofelia de Millais, se habrá visto transportado al ambiente romántico que el cuadro desprende y que recuerda a los bosques de Frankenstein de Mary Shelley.
La doncella que flota ahogada en el río es un ejemplo perfecto del ideal prerrafaelita: joven, pálida, pura y bella, nos recuerda a la Kirsten Dunst de Las vírgenes suicidas y, al igual que pasa con la película de la pequeña de los Coppola, no alcanzamos a entender su tragedia, por más que somos conscientes de que se esconde en cada esquina del cuadro.
Esta estética, cercana a la romática y, como ella, rebosante de emoción, puede parecernos ñoña si la judgamos con ojos de ahora (sólo llamaría la atención a los adolescentes más melancólicos) pero en los tiempos en los que la reina Victoria de Inglaterra impuso la más absoluta sobriedad en lo que a sentimientos se refiere (al parecer sólo de puertas para afuera, los mentideros londinenses podrían relatar un millón de anécdotas sobre ella) supuso una auténtica revolución y desafío a la moral imperante. Pero no todo puede ser emoción y sensaciones desapacibles, y algunos de ellos realmente inspiran calma (como muestra, compara lo que te sugieren los dos cuadros de abajo).

John Brett, El glaciar de Rosenlaui, 1856. Óleo sobre lienzo, 44,5 x 41,9 cm. Tate Britain, Londres.

John William Inchbold, Primavera temprana, anterior a 1855. Óloe sobre lienzo, 53 x 35 cm. Ashmolean, Oxford.
Déjate llevar por tus emociones y acércate a la exposición «Pre-Raphaelites. Victorian Avant-Garde» que estrenó en septiembre la Tate Britain (Londres) y que se podrá visitar hasta enero del 2013. O si prefieres un ambiente más intimista, llévate a casa sus obras en forma de libro.
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