Durante la Edad Media, el poder de la Iglesia Cristiana era incuestionable, así como su influencia sobre las ideas y el orden moral de la población en general. La religión era una temática predominante en el arte medieval y, con demasiada frecuencia, la figura del Jesucristo glorioso en su trono constituía el elemento central de las composiciones. A Él le correspondía la facultad de juzgar a justos y a pecadores y de imponer condenas eternas. De esta forma, el arte trataba de dar respuesta al interés por el destino del hombre fortaleciendo la fe de los virtuosos y aterrorizando a los escépticos.
Veamos, por ejemplo, el Juicio Final (1425-1430) de Fra Angelico. En la obra del beato, una corte angélica rodea al Cristo entronado, a quien también acompañan el Bautista, la Virgen y los santos. Con la mano derecha señala al Cielo, mientras con la izquierda nos advierte del destino infernal que espera a los impíos. A la derecha de la composición, un grupo de ángeles guía a los virtuosos hacia una de las mansiones celestiales del Paraíso, que se representa como un hermoso jardín, para que se reúnan con sus seres queridos. A la izquierda, se nos aparece una escena tenebrosa: figuras demoníacas arrastran a los réprobos al Infierno, donde deberán sufrir una eternidad de angustias. En el foso más profundo, el Príncipe de las Tinieblas devora a tres pecadores mientras retiene a otros dos entre sus garras.
Estas imágenes, que en su época despertaron terror, se observan con descreimiento en la actualidad. La contraposición entre la divinidad estática y la exaltación siniestra del sufrimiento resulta cuanto menos risible. ¿Qué necesidad hay de rodear la muerte de terrores, tormentos y condenación eterna? ¿Debemos vivir en oración y recogimiento para prepararnos para la vida después de la muerte o más bien deberíamos aplicar el concepto griego de la «buena muerte» y abordarla con serenidad como el colofón de una buena vida?
Para reflexionar sobre esta y otras representaciones cargadas de simbolismo religioso, no te pierdas la exposición sobre las representaciones de la muerte en la Edad Media «Heaven, Hell, and Dying Well: Images of Death in the Middle Ages» que acoge The J. Paul Getty Museum hasta el 12 de agosto de 2012. Si te pilla un poco lejos, no dudes en llevártelas a casa con Art of the Devil, un ebook de arte de gran calidad que contiene abundantes imágenes sobre la vida después de la muerte, inspiradas en los mayores temores de los artistas.
Hieronymus Bosch, pintor flamenco del siglo XV conocido en España como El Bosco, es una gran incógnita. Se conservan tan solo 25 pinturas suyas, un número que ha disminuido considerablemente con el paso de los años, y se sabe muy poco sobre su vida.
A primera vista pudiera parecer que su obra es la representación de un cuento de hadas, o que sale de la mente de un loco, pero lo cierto es que la religión constituye su tema principal, y no tiene un punto de vista precisamente alegre sobre el futuro de la humanidad. Sus representaciones del mundo están pobladas de escenas de depravación y lujuria explícita y sus infiernos, de monstruos espantosos que recuerdan al que los mira que el que peca, paga. Un ejemplo perfecto de esto es su obra El jardín de las Delicias (1500-1505).
¿Pero era el Bosco tan cristiano como parece en sus cuadros?
Algunos estudiosos lo niegan por el uso tan profuso de colores, por sus representaciones surrealistas y por la ironía que destila su obra. Se ha especulado con que podría tratarse simplemente de un hereje obsesionado por el pecado, aunque lo más probable es que se tratara de un moralista culto y comprometido que realizaba sátiras de una sociedad que consideraba condenada. ¿Tú qué crees?
Sumérgete en el misterioso mundo de El Bosco y de otros artistas en la exposición Tracing Bosch and Bruegel: Four Paintings Magnified que se puede visitar hasta el 21 de octubre de 2012 en la National Gallery of Denmark de Copenhague. Si no puedes acercarte, pero te interesa tener más información sobre este artista, puedes encontrarla en este e-book magníficamente ilustrado.
Separados por cuatro siglos, pero unidos por su nacionalidad y por su vida profesional y privada, se suele establecer una relación entre estos dos artistas, pero ¿cómo y por qué?
Dejando al margen sus vidas personales, llenas de escándalos y provocaciones, estos dos personajes están íntimamente ligados por su obra. Ambos fueron unos incomprendidos en sus respectivas épocas, Caravaggio por su aplicación de la luz en los cuadros (el claroscuro) y la minuciosidad con la que retrataba a sus modelos; Pasolini por sus puntos de vista radicales en la política que le llevaron a realizar algunas de las películas más impactantes del siglo XX.
Revolucionarios, homosexuales y agitadores, la asombrosa similitud de sus vidas, sobre las que sólo podemos hacer conjeturas, quizá influenció la dirección, oscura y descarnada, que tomaron sus obras, recibidas con tanto desdén como escándalo.
Las comparaciones entre bellas artes y cine pueden ser ambiguas, pero la iluminación dramática que ambos artistas usaban es un factor común innegable, como se puede ver si ponemos juntas una captura de pantalla de la película de Pasolini, Teorema (1968) (izquierda) y la obra maestra de Caravaggio Judith y Holofernes (1597–1600) (derecha).
Además, los dos disfrutaban en compañía de las clases más bajas de la sociedad, a quienes utilizaban como modelos en sus obras. A diferencia de sus contemporáneos Caravaggio usaba a gente normal para sus representaciones históricas, religiosas y mitológicas, como en Cupido durmiendo (1608) (debajo). Pasolini, del mismo modo, prefería los personajes pobres y honestos de la Italia rural y a menudo utilizaba algún dialecto del italiano en sus películas, en vez de la lengua oficial.
Las técnicas empleadas por Pasolini y Caravaggio arrojan luz sobre el lado oscuro de la sociedad, lo que es real, gráfico y no tenía cobertura en la cultura popular de la época. Los artistas, separados por 300 años, se encuentran en su entendimiento de la condición humana.
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