Pensamos en amor y lo primero que nos viene a la mente es una pareja, amantes, novios, matrimonio,… Y no nos damos cuenta de lo estrecho de nuestro pensamiento. Porque en realidad ¿qué es el amor? Parece que en la sociedad de hoy este concepto se ha reducido a su vertiente romántica, dejando a un lado el amor a los amigos, a la familia, a una divinidad (o varias, a gusto del lector), a otras personas por el mero hecho de ser humanas, a los animales, amor a las artes, al buen tiempo (un día de primavera en el parque), a la naturaleza, incluso a las cosas.
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La primera película de la que tengo memoria es Drácula (la de 1931, con el gran Bela Lugosi en lo que se convertiría su obsesión) a la tierna edad de 4 años. Mi padre, sentado a mi lado, estaba supuestamente encargado de avisarme cuando algo terrorífico iba a pasar. Pero como ya sabéis, no te puedes fiar de un adulto tomando café, así que me la tragué entera y verdadera, para delicia de mis terrores nocturnos.
El caso es que de ahí me quedó cierto gusto por lo oscuro que más tarde me llevó a Bécquer, Poe, Lovecraft, Mary Shelley, William Blake,… y cuando tuve edad para apreciar el arte a Goya, Delacroix, Doré, o Fiedrich, entre otros. Por eso, con los actuales vampiros (¿o debería llamarlos gusiluces?), hombres lobo y demás especies, me entra una especie de depresión que sólo desaparece pensando en que son días dorados para los zombis, algo que siempre consuela.

Johann Heinrich Füssli, La pesadilla, 1781.
Óleo sobre lienzo. 101,6 x 126,7 cm.
Founders Society, Detroit Institute of Arts, Detroit.
Porque seamos francos, ¿tan blandos nos hemos vuelto que necesitamos una versión edulcorada de estos seres? → Más información
¿Quién ha oído hablar de David Robert Jones? Mejor reformulo la pregunta: ¿quién ha oído hablar de David Bowie? Seguro que ahora alguno más ha levantado la mano. Es uno de esos músicos que puede gustarte o no, pero al que seguro que eres capaz de imaginarte en más de una de sus múltiples versiones. El adjetivo más utilizado para referirse a él debe de ser “camaleónico” (no por nada una de sus canciones más célebres se titula “Changes”).

Su fama trasciende lo meramente musical desde que a principios de los 70 creara el personaje de Ziggy Stardust, un alter ego cuya imagen es, seguramente, una de las primeras que nos vienen a la cabeza al pensar en el cantante. → Más información
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La historia del arte está llena de anécdotas que hoy entrarían sin problema en la crónica rosa de los programas de televisión más vistos de la hora de la siesta. Hay historias de amistad, odio, pasión, envidia, codicia y, cómo no, también amor. En esta última categoría, el arte moderno tiene pocas historias más de película que la que vivieron la pintora Georgia O’Keeffe y el fotógrafo Alfred Stieglitz.
Alfred Stieglitz y Georgia O’Keeffe, 1929.
Yale Collection of American Literature, New Haven, CT.
Se enamoraron perdidamente después de conocerse en la galería de arte de vanguardia que Stieglitz regentaba en Nueva York, la mítica 291. Ella, que llegaría a ser la primera mujer en tener una retrospetiva en el MoMA, era entonces una desconocida. Stieglitz utilizó su influencia para promocionarla ya antes de que ambos comenzaran a vivir juntos. Él entonces estaba casado y le sacaba nada menos que veintitrés años a O’Keeffe pero, como en las mejores historias de amor, eso no fue un impedimento.
Georgia O’Keeffe, Patio con nube, 1956.
Óleo sobre lienzo, 91 x 76 cm.
Milwaukee Art Museum.
El amor era de película, sí, pero no todas las películas acaban bien. Una vez casados, la relación entre estos dos creadores fue muchas veces tormentosa (alguna infidelidad incluida). La opresión que O’Keeffe llegó a sentir junto a Stieglitz la hizo viajar largas temporadas a Nuevo México, donde redescubrió la libertad y su potencial creativo. Aunque aún amaba a Stieglitz, cada vez era menor el tiempo que pasaban juntos. De hecho, después de la muerte de éste, O’Keeffe se trasladó defintivamente a esta región desértica del sur de Estados Unidos.
Cerro Pedernal (Nuevo México) era uno de los motivos preferidos de Georgia O’Keeffe.
El Georgia O’Keeffe Museum de Santa Fe le dedica ahora una exposición a esta larga última etapa de la vida de la artista. O’Keeffe fue supliendo el amor hacia Stieglitz por un ensimismamiento dirigido hacia los paisajes y los pueblos indígenas de Nuevo México. Tienes hasta el 11 de septiembre para visitar la exposición Georgia O’Keeffe en Nuevo México: Arquitectura, Katsinam y la Tierra. En Parkstone tenemos publicados libros sobre esta gran artista en casi todos los formatos, así que puedes ir leyendo alguno mientras preparas el viaje.
Rubén Cervantes Garrido.
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«La ilustración es algo más que el ornato del libro,
ya que nos ofrece un comentario gráfico de su contenido
un reflejo de la sociedad en la que apareció el libro y,
en algunos casos, puede constituir principal motivo de interés.»
Antes del cómic y el manga, antes de que la gente pensara que un niño necesita de dibujos para entender un texto y con ello colocara los libros ilustrados en una categoría pueril (sensación que los lectores de cómics conocen perfectamente), estos ya existían. ¡Los primeros datan ni más ni menos que del Antiguo Egipto! Se hicieron especialmente populares durante la Edad Media (si tenemos en cuenta la cantidad de libros que de hacían entonces, claro), auténticas obras de arte pintadas en pergamino, vitela y, más tarde, papel.
Ya en el siglo XVIII se convirtieron en un importante factor de desarrollo cultural, con numerosos lectores de mediana edad que exigían ilustraciones en sus obras, ya fueran estas creación del propio autor, o interpretación de otro artista. ¿Quién no ha quedado fascinado por El principito o Alicia en el País de las Maravillas, inconcebibles sin las ilustraciones que los acompañan?

Jerusalén, Plato 51, 1804-1820.
Acuarela, 22,5 x 16,2 cm.
Yale Center for British Art, Yale University, New Haven.
De todos los artistas que se dedicaron a ello, mi favorito es el polifacético William Blake (a quien, no me avergüenzo de decirlo, conocí gracias a una canción de Héroes del Silencio). El caso es que este extraño personaje, autor de poesía, una singularmente complicada filosofía en la que el exceso conduce a la sabiduría, fue también ilustrador y grabador, tanto de sus propios trabajos como de obra ajena.
Por suerte para mí (y para otros como yo), The Allen Memorial Art Museum de Oberlin, Ohio, también tiene interés en él (entre otros) y ha organizado una exposición sobre libros ilustrado en la que el amigo William tiene un papel importante.

Satán observando las caricias de Adán y Eva,
ilustración para El Paraíso perdido de John Milton, 1808.
Acuarela y lapicero sobre papel, 50,5 × 38 cm.
Museum of Fine Arts, Boston
Puedes visitar Representing the Word: Modern Book Illustrations hasta el 31 de julio de 2013 y admirar los puntos de vista que diferentes artistas tienen de diversas obras (¿te atreves a comparar sus cuadros con tu propia visión del libro?). Si Ohio te queda lejos, siempre puedes hacerte con William Blake Osbert Burdett y disfrutar de las ilustraciones en la tranquilidad de tu casa.
Será por la lejanía, tanto física como cultural, que Asia siempre fascina. Y si eso pasa ahora que internet hace que cualquier lugar del mundo esté a la vuelta de la esquina, no puedo ni imaginar en la Edad Media o el Renacimiento, cuando la única manera era coger un barco, o un caballo, y tirar millas esquivando ladrones, guerras, temporales y demás aventuras que se pusieran en tu camino. Pero claro, luego lees a Marco Polo y entiendes que la gente se arriesgara.
También está el hecho de que estos países tardaran tanto en abrir sus fronteras al comercio y visitantes extranjeros (muchos de ellos todavía son muy restrictivos y otros ni siquiera te dejan sacar fotos al exterior, sí, hablo de Corea del Norte), por lo que sólo se conocía lo que los evangelizadores que iban a esos países podían contarnos (siempre desde su sesgado punto de vista religioso y moral) y lo que los mismos países querían mandar al extranjero (un poco lo mismo).

Pedro Pablo Rubens, Hombre con traje coreano, 1617.
Carboncillo con toques de sanguina en el rostro, 38,4 x 23,5 cm.
The J. Paul Getty Museum, Los Ángeles.
Pese al K-Pop y al Gangman Style, → Más información
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