¿Quién no ha recitado alguna vez aquello de: «El rey de Constantinopla está constantinopolizado. ¿Quién lo desconstantinopolizará? El desconstantinopolizador que lo desconstantinopolizare, buen desconstantinopolizador será»? Aparte de un buen recurso para los trabalenguas, Constantinopla, actual Estambul turca y antigua Bizancio griega, fue la flamante capital del Imperio bizantino, superviviente de la caída del Imperio romano de Occidente.
En el siglo VII, este imperio, que se llamó «griego» en referencia a la predominancia de esta lengua y se convirtió en un verdadero bastión del cristianismo, se extendía desde Siria hasta Egipto y por algunas regiones del norte de África. No obstante, en apenas unos siglos, las provincias del sur de Asia que eran centrales para la tradición bizantina sucumbieron ante la imparable expansión del mundo islámico. La época de mayor esplendor de este imperio había llegado a su fin.
Antes de que las dinastías árabes se hicieran con el control de estos territorios, ya se había inaugurado la basílica justiniana de Santa Sofía (en el año 537), el máximo exponente del arte bizantino. Concebido como templo cristiano, este «cielo en la tierra» se utilizó como mezquita tras la caída de Constantinopla hasta que, en 1935, se habilitó como museo.
Volviendo al tema lingüístico, la palabra «bizantina» también se emplea en español para referirse a las discusiones artificiosas o demasiado sutiles. Puede que, en efecto, consideres que el arte bizantino es una cuestión intrascendente en estos tiempos, pero la innovación no se puede escindir de la historia. Gaudí, por ejemplo, afirmaba que continuó sus investigaciones arquitectónicas donde las dejaron los bizantinos, y también se pueden ver influencias de este arte en sus mosaicos. Otro artista que se ha dejado seducir por la espiritualidad del arte bizantino es el neoyorquino Manny Vega, que utiliza las técnicas bizantinas para crear mosaicos de santos, héroes, bailarines y músicos que se mueven a ritmo de hip hop.
El MET de Nueva York comparte la fascinación por el arte bizantino y, por ello, ha organizado la exposición Byzantium and Islam: Age of Transition, que permanecerá abierta hasta el 18 de julio de 2012. Si no puedes dejarte maravillar por los coloridos cuadros, las sofisticadas obras textiles, los mosaicos, los códices, los iconos, las representaciones del pantocrátor y el resto de obras expuestas, te recomendamos los libros Byzantine art o Central Asian Art (este último también disponible en formato electrónico).
Si pensamos en iconos medievales nos viene a la cabeza El Cid Campeador, representando la Reconquista y las guerras de religiones, de las que nos quedan castillos como el de Loarre (Huesca), el de Lorca (Granada), o el de Montjuïc (Barcelona). Por otro lado tenemos las peregrinaciones religiosas y los magníficos edificios góticos y románicos, como las catedrales de Santiago de Compostela, León, Burgos o Salamanca.
De esto se deduce que la parte integradora de la vida y el arte medieval era la religión, elemento tan importante que no fueron pocos los nobles que quisieron incorporar elementos monásticos a su vida cotidiana. Para ello nacieron los libros de horas, un compendio de salmos, oraciones y abundantes iluminaciones referentes a la vida cristiana que permitían al devoto llevar al día (o más bien a la hora) sus rezos y de manera personalizada, ya que era compuesto especificamente para él. Una suerte de aplicación para teléfono móvil individualizada (sobre todo si tenemos en cuenta el pequeño tamaño de los libros, que facilitaba su transporte).

Hermanos Limbourg, El mes de mayo en el calendario de Las muy ricas horas del Duque de Berry, c. 1412-1416. 22,5 x 13,6 cm. Musée Condé, Chantilly.
Pero ¿eran realmente tan religiosos como aparentaban? El libro de horas encargado por el Duque de Berry, uno de los más hermosos de los que nos han llegado, se encuentra en un estado de conservación prácticamente perfecto, lo que hace pensar en un uso poco frecuente. Tanto Jean de Berry como los iluminadores del libro, los hermanos Limbourg (los tres menores de 30 años), murieron por causas desconocidas en 1416. ¿Casualidad o castigo divino?
Aún te quedan dos semanas para admirar Las muy ricas horas del Duque de Berry en el Louvre, pero si no te va bien acercarte siempre puedes recrear la época medieval con este fantástico surtido de libros sobre el arte de la Edad Media.
¿Qué puede haber más inglés que una taza de Earl Grey con una nube de leche? ¿Tal vez un sándwich de pepino en un platito de porcelana? Para el Victoria and Albert Museum de Londres, pocas cosas son tan peculiarmente inglesas como las acuarelas de los paisajistas británicos del siglo XIX y de principios del XX.
Las acuarelas paisajísticas se pueden considerar la expresión artística de una época. Durante el siglo XIX, antes del auge de la fotografía, el paisajismo tuvo un papel predominante sobre otras formas de arte en la cultura occidental, y la topografía se convirtió en el instrumento ideal para representar detalladamente lugares concretos. La asociación entre esta forma de expresión artística y las singularidades inglesas puede no ser evidente, pero no cabe duda de que hay algo muy «inglés» en el hecho de que la topografía constituyera una oportuna fuente de ingresos para Turner, Constable y Gainsboroug, entre otros. Por un lado, las acuarelas eran fáciles de transportar, por lo que resultaban muy útiles para registrar ora los puntos de interés en el largo viaje que debía emprender todo aristócrata inglés que se preciara, ora los hallazgos de los expedicionarios. Por otro lado, la élite cultural disfrutaba contratando a artistas para que dejaran constancia de su prosperidad en forma de castillos y propiedades. Sin duda, se puede reconocer algo del prestigio del abolengo británico en tales aplicaciones.

John Constable, Stonehenge, 1835. Acuarela sobre papel, 38,7 x 59,7 cm. Victoria and Albert Museum, Londres.
Hay quien encuentra esta técnica farragosa y piensa que nunca debería haber sido inventada. También hay quien considera que el mayor éxito de Turner fue que, en su afán por sentir la naturaleza, se ató al poste de un barco en mitad de una tormenta. Personalmente considero que estas obras representan a la perfección el espíritu romántico inglés ¿Y tú?, ¿ves en ellas la representación de «lo sublime», la seriedad y el aplomo ingleses?

J. M. W. Turner, Warkworth Castle, Northumberland, 1799. Acuarela sobre papel blanco, 52,1 x 74,9 cm. Victoria and Albert Museum, Londres.
La exposición «So Peculiarly English: topographical watercolours» estará abierta desde el 7 de junio de 2012 hasta el 1 de marzo de 2013 en el Victoria and Albert Museum para que puedas disfrutar de las particuliaridades del paisaje inglés, tanto si quieres ver más allá del terreno como si no. Además, puedes complementar tu visita con este ebook sobre Turner o consultar otras obras en la Ebook Gallery.
Durante la Edad Media, el poder de la Iglesia Cristiana era incuestionable, así como su influencia sobre las ideas y el orden moral de la población en general. La religión era una temática predominante en el arte medieval y, con demasiada frecuencia, la figura del Jesucristo glorioso en su trono constituía el elemento central de las composiciones. A Él le correspondía la facultad de juzgar a justos y a pecadores y de imponer condenas eternas. De esta forma, el arte trataba de dar respuesta al interés por el destino del hombre fortaleciendo la fe de los virtuosos y aterrorizando a los escépticos.
Veamos, por ejemplo, el Juicio Final (1425-1430) de Fra Angelico. En la obra del beato, una corte angélica rodea al Cristo entronado, a quien también acompañan el Bautista, la Virgen y los santos. Con la mano derecha señala al Cielo, mientras con la izquierda nos advierte del destino infernal que espera a los impíos. A la derecha de la composición, un grupo de ángeles guía a los virtuosos hacia una de las mansiones celestiales del Paraíso, que se representa como un hermoso jardín, para que se reúnan con sus seres queridos. A la izquierda, se nos aparece una escena tenebrosa: figuras demoníacas arrastran a los réprobos al Infierno, donde deberán sufrir una eternidad de angustias. En el foso más profundo, el Príncipe de las Tinieblas devora a tres pecadores mientras retiene a otros dos entre sus garras.
Estas imágenes, que en su época despertaron terror, se observan con descreimiento en la actualidad. La contraposición entre la divinidad estática y la exaltación siniestra del sufrimiento resulta cuanto menos risible. ¿Qué necesidad hay de rodear la muerte de terrores, tormentos y condenación eterna? ¿Debemos vivir en oración y recogimiento para prepararnos para la vida después de la muerte o más bien deberíamos aplicar el concepto griego de la «buena muerte» y abordarla con serenidad como el colofón de una buena vida?
Para reflexionar sobre esta y otras representaciones cargadas de simbolismo religioso, no te pierdas la exposición sobre las representaciones de la muerte en la Edad Media «Heaven, Hell, and Dying Well: Images of Death in the Middle Ages» que acoge The J. Paul Getty Museum hasta el 12 de agosto de 2012. Si te pilla un poco lejos, no dudes en llevártelas a casa con Art of the Devil, un ebook de arte de gran calidad que contiene abundantes imágenes sobre la vida después de la muerte, inspiradas en los mayores temores de los artistas.
Hieronymus Bosch, pintor flamenco del siglo XV conocido en España como El Bosco, es una gran incógnita. Se conservan tan solo 25 pinturas suyas, un número que ha disminuido considerablemente con el paso de los años, y se sabe muy poco sobre su vida.
A primera vista pudiera parecer que su obra es la representación de un cuento de hadas, o que sale de la mente de un loco, pero lo cierto es que la religión constituye su tema principal, y no tiene un punto de vista precisamente alegre sobre el futuro de la humanidad. Sus representaciones del mundo están pobladas de escenas de depravación y lujuria explícita y sus infiernos, de monstruos espantosos que recuerdan al que los mira que el que peca, paga. Un ejemplo perfecto de esto es su obra El jardín de las Delicias (1500-1505).
¿Pero era el Bosco tan cristiano como parece en sus cuadros?
Algunos estudiosos lo niegan por el uso tan profuso de colores, por sus representaciones surrealistas y por la ironía que destila su obra. Se ha especulado con que podría tratarse simplemente de un hereje obsesionado por el pecado, aunque lo más probable es que se tratara de un moralista culto y comprometido que realizaba sátiras de una sociedad que consideraba condenada. ¿Tú qué crees?
Sumérgete en el misterioso mundo de El Bosco y de otros artistas en la exposición Tracing Bosch and Bruegel: Four Paintings Magnified que se puede visitar hasta el 21 de octubre de 2012 en la National Gallery of Denmark de Copenhague. Si no puedes acercarte, pero te interesa tener más información sobre este artista, puedes encontrarla en este e-book magníficamente ilustrado.
Separados por cuatro siglos, pero unidos por su nacionalidad y por su vida profesional y privada, se suele establecer una relación entre estos dos artistas, pero ¿cómo y por qué?
Dejando al margen sus vidas personales, llenas de escándalos y provocaciones, estos dos personajes están íntimamente ligados por su obra. Ambos fueron unos incomprendidos en sus respectivas épocas, Caravaggio por su aplicación de la luz en los cuadros (el claroscuro) y la minuciosidad con la que retrataba a sus modelos; Pasolini por sus puntos de vista radicales en la política que le llevaron a realizar algunas de las películas más impactantes del siglo XX.
Revolucionarios, homosexuales y agitadores, la asombrosa similitud de sus vidas, sobre las que sólo podemos hacer conjeturas, quizá influenció la dirección, oscura y descarnada, que tomaron sus obras, recibidas con tanto desdén como escándalo.
Las comparaciones entre bellas artes y cine pueden ser ambiguas, pero la iluminación dramática que ambos artistas usaban es un factor común innegable, como se puede ver si ponemos juntas una captura de pantalla de la película de Pasolini, Teorema (1968) (izquierda) y la obra maestra de Caravaggio Judith y Holofernes (1597–1600) (derecha).
Además, los dos disfrutaban en compañía de las clases más bajas de la sociedad, a quienes utilizaban como modelos en sus obras. A diferencia de sus contemporáneos Caravaggio usaba a gente normal para sus representaciones históricas, religiosas y mitológicas, como en Cupido durmiendo (1608) (debajo). Pasolini, del mismo modo, prefería los personajes pobres y honestos de la Italia rural y a menudo utilizaba algún dialecto del italiano en sus películas, en vez de la lengua oficial.
Las técnicas empleadas por Pasolini y Caravaggio arrojan luz sobre el lado oscuro de la sociedad, lo que es real, gráfico y no tenía cobertura en la cultura popular de la época. Los artistas, separados por 300 años, se encuentran en su entendimiento de la condición humana.
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