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Durante años, la formación artística de los estudiantes de Bellas Artes incluía una visita a Roma, y muchos de los estudiantes de la Academia de San Fernando estuvieron becados allí para aprender del estilo clásico y perfeccionar sus habilidades. Era algo así como el Erasmus del siglo XVIII, aunque estos estudiantes tenían que mandar regularmente sus trabajos a la Academia para que los profesores evaluaran su progreso. En un momento en el que observamos como algunas tradiciones recientes se tambalean, descubrimos que sus raíces se remontan a tiempos casi remotos. Lo de irse al extranjero a estudiar, vemos, ha sido y será siempre una excelente forma de aprendizaje.

José del Castillo, Alegoría de las Artes, Cuaderno italiano I, p. 3, 1762.
Museo Nacional del Prado, Madrid.
El Museo del Prado, ni mucho menos con la intención de hacerse eco de mi opinión, nos lo demuestra con la exposición Roma en el bolsillo. Cuadernos de dibujo y aprendizaje artístico en el siglo XVIII. En ella, podemos apreciar los cuadernos de viaje y estudio de ocho estudiantes que pasaron temporadas copiando modelos clásicos en la capital romana entre los años 1758 y 1764. Es interesante ver como los estudiantes tenían un itinerario de estatuas de dibujo obligatorio, mientras que los dibujos libres dejaban ver cuáles eran sus intereses más personales. A la exposición se le suman los cuadernos de algunos otros estudiantes europeos que completaron estancias en Italia como parte de su aprendizaje artístico, así como los cuadernos de Goya, quien formó parte de la Academia y de quien contamos también con un cuaderno de viaje a Roma, aunque a él no le hizo falta ir becado. En este enlace que os pongo a continuación (clicando en la palabra), una magnífica aplicación del Prado nos permite apreciar los diseños del cuaderno de Goya.

Antonio Primo, Escena de la Commedia dell’Arte, Cuaderno italiano, p. 233, Hacia 1761 – 1764.
Meadows Museum, Southern Methodist University, Dallas.
En Parkstone te presentamos, como buen acompañamiento a esta selección de cuadernos de dibujo, nuestra próxima obra 1000 Dibujos de genio, en la que damos un repaso a la historia del dibujo como arte y hacemos hincapie en la importancia del dibujo como método de aprendizaje y perfeccionamiento no solo del artista, sino de la obra también, ya que muchos dibujos sirven para observar defectos o, simplemente, mejores maneras de organizar la presentación del objeto del cuadro. Ya sea en Roma o en otro lado, perfeccionarse practicando con los modelos ideales, allá donde estén, siempre será una labor digna de ser respetada y estimulada.
Yo me imagino que esta pregunta se la tienen que haber hecho los pintores de marinas desde tiempos inmemoriales. Porque de la misma manera que con un retrato se pretende no solo reflejar el parecido físico del retratado sino también un cierto parecido psicológico ―por otra parte, lo único que pasará a la posteridad―, con el mar, de la misma manera, lo que se pretenderá es retatar su parecido: color, orilla, lugar, elementos situados en él, así como su estado: oleaje, espuma, nivel, etc.

Katsushika Hokusai, La gran ola de Kanawaga, 1823-1829. Xilografía en color, 25,7 × 37,8 cm. British Museum, London.
Hace no mucho, el Reino Unido eligió como el mejor cuadro de su historia el no tan conocido, en nuestro país, El Temerario remolcado a dique seco de J.M.W. Turner. Con esta decisión Turner quedó así coronado como el artista inglés por excelencia y como reconocimiento a semejante hazaña, se empleó el símbolo más visible de la propaganda británica, el hombre más elegante y con más recursos, James Bond, para mostrar en su última película, Skyfall, las similitudes del espía con el sujeto del cuadro mencionado. Una genialidad más de los guionistas de las películas de acción a las que nos tienen acostumbrados últimamente.
Esta momentánea incursión en la fama del celuloide no le puede quitar mérito a Turner sobre lo que sí supone un reconocimiento artístico en vida y posterior. Turner es uno de los artistas que mejor ha sabido representar el mar, gracias a su mejorada técnica con las acuarelas, y que más ha sabido expresar sus diferentes estados. Situaciones como las que nos presenta Turner en sus mares y océanos nos arrastran en una espiral de emociones tan reales como si las gotas saltaran del cuadro y salíeramos del museo con los pelos alborotados por la ola que nos tiró al suelo. O sintamos la paz y la calma que su detenida visión nos proporciona en determinados momentos. Uno de los mejores consejos que oí de un padre a un hijo decía que cuando se acumulen los problemas lo mejor es mirar al mar, que como nunca se queda quieto, nos ayudará a recordar la naturaleza pasajera, así como dual, de las cosas, pues no por menos el mar es uno de los pocos sustantivos que permite el género femenino y masculino.

Joseph Mallord William Turner, El «Temerario» remolcado a dique seco, 1838.
Óleo sobre lienzo, 91 × 122 cm. National Gallery de Londres, Londres.
Así que si quieres entretenerte disfutando con las cosas de la mar y los marineros, no olvides pasarte por el National Maritime Museum de Londres antes del 21 de abril. Allí encontrarás una excelente exposición sobre Turner, Turner and the Sea, que ha conseguido reunir cuadros suyos que no se habían visto en Gran Bretaña desde hacía 40 años. Y si puedes hacer el viaje hasta allí en barco cuando llegues no habrá ni quien te tosa, capitán. Lo que nosotros te proponemos es cualquiera de nuestros volúmenes sobre Turner escritos por Eric Shanes en los que podrás comprobar la fuerza de las marinas de un genio del color.
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La verdad es un mensaje que se repite muchas veces. No sé de dónde viene esta frase que me martillea en la cabeza, solo sé que todo en ella es cierto. Habrá otras maneras de descubrir cuál es la verdad, pero preferimos desembarazarnos de ellas como si fueran fruto de una violación de la mente, que necesita esforzarse para engendrarlas. Mi mente es mía y la desuso como quiero. No podemos preocuparnos por esas cosas. Predomina la insistencia como forma de modelar la realidad. Si el mismo mensaje se reitera y nos alcanza por diferentes vías, mucho mejor, más verdad será su contenido. Solo me creo lo que oiga ciento y una veces. Este dogma que nos permite respirar con tranquilidad, mimetizando su carácter necesariamente repetitivo, sirve para expresar al mismo tiempo la igualdad y la diversidad, qué tremenda paradoja: más de lo mismo puede servir para darnos cuenta de que no todo es igual.

Derecha: C. Monet, Almiar de trigo, 1891. Óleo sobre lienzo, 65,3 x 100,4. Art Institute of Chicago, Chicago.
Izquierda: C. Monet, Almiar de grano, efecto de nieve, 1890-1891. Óleo sobre lienzo, 65 x 100 cm. Scottish National Gallery, Edimburgo.
Todo esto viene porque a lo largo de la historia del arte ―¿de qué os pensábais que estaba hablando?― han sido muchos los que por medio de la repetición han buscado profundizar en el mensaje de la variación en la repetición; minimizar el significado de la representación y al mismo tiempo promulgar una teoría del color como principal elemento constitutivo de verdad y propagador de mensaje. Todo esto que se reduce a pintar lo mismo muchas veces en diferentes momentos del día, de la vida o desde diferentes ángulos es una metáfora perfecta de lo que sucede en muchas ocasiones con nuestras vidas, en que los eventos se suceden consecutivamente sin apenas variación, pero en los que el color y la luz de cada día nos permite encontrar una fuente de energía.

Derecha: K. Hokusai, Bajo la ola de Kanagawa (Kanagawa oki nami ura), también conocido como La gran ola, de la serie Treinta y seis vistas del monte Fuji (Fugaku sanjûrokkei), c. 1830-1832. Ôban horizontal, 25,4 x 38,1 cm. The Metropolitan Museum of Art, Nueva York.
Izquierda: K. Hokusai, Dulce brisa, buen tiempo (Gaifû kaisei), también conocido como Fuji rojo, de la serie Treinta y seis vistas del monte Fuji (Fugaku sanjûrokkei), 1830-1831. Ôban horizontal, 24,4 x 38,1 cm. Museum of Fine Arts, Boston.
Algo de esto debe ser lo que han pensado los curadores de la exposición Van Gogh, Repetitions que tiene lugar actualmente y hasta el 2 de febrero en The Phillips Collection, Washington. En ella se acercan de nuevo al genio, famoso por su excéntrica, impulsiva y trepidante manera de pintar, con una perspectiva novedosa: la repetición en sus obras, la de dibujar un boceto y traspasarlo al liezo, de pintar algo una y otra vez, de copiar un cuadro de algún otro artista. Con ello pretenden descubrir los secretos de la forma que tenía Van Gogh de crear un cuadro y proponernos una mirada detenida y pausada de aquellas obras que por ubícuas comienzan a perder un cierto valor de estudio.

Derecha: V. Van Gogh, Los grandes árboles de la esplanada (Peones camineros en Saint-Rémy), 1889. Óleo sobre tela, 73,4 x 91,8 cm. The Cleveland Museum of Art, Cleveland.
Izquierda: V. Van Gogh, Los peones camineros. Óleo sobre lienzo, 73,66 x 92,71 cm. The Phillips Collection, Washington.
Nosotros en Parkstone te proponemos cualquiera de nuestros volúmenes del artista, escrito por Jp. A. Calosse (en inglés) o escrito por el mismo Van Gogh. No dejes que la insistencia de la rutina pueda con tu capacidad de distinguir la verdad que se oculta tras lo que vemos a diario. Cuando nos repiten mucho una cosa hay que preguntarse por qué. Los artistas lo tenían claro, me pregunto yo si en todos los estratos sucede lo mismo y si ellos sí, ¿somos nosotros capaces de distinguir la intención de unos y otros?
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