Si hablo de Edward Hopper, es muy probable que el primer cuadro que te venga a la cabeza sea Nighthawks (Noctámbulos), esos tres clientes sentados en la barra de un diner atendidos por un camarero de blanco inmaculado y vistos desde una calle completamente desierta que ha dado lugar a incontables imitaciones y evocaciones. Pues bien, precisamente ese cuadro no podrás verlo en la exposición temporal organizada por el Museo Thyssen-Bornemisza y la Réunion des musées nationaux de Francia, pero quizá con más razón deberías acercarte a disfrutar de las otras 73 obras del artista que sí han logrado reunir en «Hopper», a secas. Y es que no hace falta decir más.
Se le considera el mejor pintor estadounidense del siglo XX y vivió en aquella época terrible en la que el país de la libertad despertó abruptamente del mascado «Sueño Americano». Meticuloso hasta la médula y algo misántropo, Hopper tuvo unos comienzos difíciles, en los que sufrió el mayor desdén y escarnio por parte de la crítica y el público: la pura ignorancia. Es un representante del realismo social, pero tal como defienden los organizadores de la exposición, clava sus raíces en el impresionismo europeo. Esto se hace patente en el papel preponderante de la luz, que no solo domina las composiciones, sino que también está presente en los títulos de sus obras: Mañana en Carolina del Sur (1955), Mañana en una ciudad (1944), Sol de mañana (1952), Conferencia por la noche (1949), etc.
Además, Hopper fue un gran historiador que retrató fielmente la soledad y el aislamiento del hombre en el mundo urbanizado. Sus paisajes son espacios ásperos, hostiles y desolados y sus escenas de interior representan situaciones típicas y vulgares, algo simplificadas. No obstante, esta sencillez es solo aparente, pues sus cuadros están impregnados de narratividad implícita, esto es, cuentan historias familiares sobre la vida en la ciudad, la soledad, la melancolía y la complejidad de las relaciones interpersonales.
Hopper nos convierte en voyeurs que disfrutan contemplando la melancolía, la banalidad y la inmensa soledad reinantes en las intimidades de otros. El realismo es lo que tiene, interpreta la vida tal como es, sin tapujos y sin medias tintas, y nos la estampa en la cara. Sus figuras transitan por un mundo que no pinta nada bien. Son retratos estáticos de personas en movimiento. Y nosotros podemos inventar sus historias, conmovernos con sus vidas truncadas, leer la tristeza en sus semblantes y, quizá, reconocernos en ella a nosotros mismos.
Nada nos prohíbe estar tristes de cuando en cuando. A veces, es el único remedio sensato, pues de todos es sabido que la alegría en estómago vacío no cae nada bien. Así pues, si adoleces de esa melancolía que llena los espacios entre un gozo y otro o si quieres sentirte solo entre la multitud, no te pierdas la exposición «Hopper» abierta hasta el 16 de septiembre de 2012. Si no te es posible, no te inquietes; siéntate, reposa los codos sobre el regazo, e imprégnate de realidad con Hopper allí donde estés.
En lo primero que pensé cuando supe que tenía que escribir este blog fue en mi abuela y en las figuritas de Lladró que, como cualquier abuela que se precie, tenía en su casa. Luego pensé en las ensaladeras de mi madre, de cerámica de Muel, cuya tradición viene del siglo XIV. Creo que esto último se acerca más al concepto de la porcelana china. Porque ¿cuándo un plato deja de ser un plato para convertirse en obra de arte? ¿es sólo porque ha conseguido superar la prueba de los siglos sin romperse?
Tal vez sea por mi concepto práctico de las cosas, para mí la vajilla puede ser bonita, de calidad, puedo admirar su acabado, el material con el que se ha realizado, la decoración, la maestría del artista… pero nunca será una obra de arte.
Obviamente yo no soy una experta, pero alguien en el Museen Dahlem de Berlín lo es y, afortunadamente para los amantes de la porcelana, no comparte mi opinión. La exposición «China and Prussia. Porcelain and Tea», que conmemora los 300 años del nacimiento de Federico II el Grande, contiene las principales piezas que componían el servicio del rey y se podrá visitar hasta el 31 de diciembre de 2012.
Si te gustan los museos llenos de platos y vasos y prometes estarte quieto y no tocar (como diría mi madre «los ojos los tienes en la cara») puedes acercarte al Museen Dahlem y admirar las magníficas porcelanas en las que en su día comieron y bebieron reyes y emperadores; o quizá te vaya mejor el Musee du quai Branly, en París. Si eres de los que piensa que los ojos están en las manos pero te interesa el tema, mejor hazte con estos libros magníficamente ilustrados que podrás tocar hasta cansarte.
Glorias deportivas aparte, tenemos poco que celebrar en estos tiempos en los que términos como «prima de riesgo», «rescate», «crisis de deuda» y «medidas de austeridad» retumban en nuestros oídos a diario. La situación del desempleo en el mundo se ha vuelto alarmante; casi mil millones de personas padecen hambre y desnutrición; las ventas y las inversiones de Coca-Cola en la India aumentan de forma pronunciada mientras unos 200 millones de indios no disponen de acceso a agua potable; Irán persiste en sus amenazas a Israel; Siria y Turquía movilizan aviones de guerra; los grandes centros comerciales, los automóviles de lujo y los pomposos rascacielos proliferan en países donde la pobreza es un mal endémico; China planea invertir en el turismo de élite en el sureste del Tíbet mientras se suceden las inmolaciones de activistas tibetanos; los bosques de la Comunidad Valenciana se desintegran bajo las llamas, y las esperanzas de acuerdo se desvanecen para los mineros asturianos, aragoneses y leoneses. «El mundo se derrumba», sí señor.
Ni siquiera un solaz como el cine se salva en estos momentos. Este año los Cines Renoir de Zaragoza, de Les Corts, en Barcelona, y de Palma de Mallorca han echado el cierre por falta de negocio. Bastión del cine independiente en versión original, el nombre de estas salas rinde homenaje al cineasta, guionista y actor francés Jean Renoir, cuya obra se inclina hacia la comprensión de las razones que todos tienen en este mundo. ¿Y qué podemos hacer nosotros? «Nosotros nos enamoramos» podría responder algún lector cinéfilo.
Y tendría razón, en tiempos de profunda decepción e incertidumbre, solo el amor nos puede ayudar a no perder la esperanza. No en vano, el amor al cine es lo que ha llevado a un grupo de 900 personas a movilizarse para salvar el Renoir mallorquín, que pronto volverá a abrir sus puertas con el nombre de Cine Ciutat. Al parecer, obtuvieron la idea de unos vecinos de un barrio de Boston que hicieron algo parecido, inspirados quizá por los colonos que se amotinaron en 1773.
Afortunadamente, no faltan ejemplos como este de lo que se puede conseguir con la motivación y el empeño adecuados. Si bien es necesario ser consciente de la terrible realidad del mundo, también es necesario ver la vida con optimismo. Y esto es lo que se ha propuesto el Museum of Fine Arts (aquí están de nuevo los bostonianos en acción) con su exposición Dancing with Renoir, que reúne por primera vez desde 1985 la trilogía de parejas de baile del genial Pierre-Auguste Renoir.
Hasta el 3 de septiembre, la galería impresionista se convierte en un salón de baile en el que hasta los más pétreos corazones se reblandecerán con el candor de las mejillas sonrosadas, con los gráciles pasos de baile reflejados en el movimiento de los vestidos y con una sensualidad latente. Las parejas son testigos felices de una época de estabilidad y despreocupación, que Renoir traduce al idioma impresionista con pinceladas rápidas y fragmentadas y con colores vivos que ponen de relieve el escenario de cada baile (París y dos pequeños cafés al aire libre).
No desaproveches la ocasión de darte un baño de optimismo frente al devenir de la vida y baila al son de una época más propicia y luminosa en Boston o a través de las páginas (electrónicas o en papel) de Renoir y Renoir. Al fin y al cabo, necesitamos el amor para movernos al compás de otros. «El mundo se desmorona y nosotros…». Y nosotros bailamos.
Hasta el 12 de agosto el Nationalmuseum de Estocolmo acoge «Passions – Five Centuries of Art and the Emotions», una exposición dedicada a las emociones humanas y a su lectura por parte de diversos artistas desde el siglo XVI hasta la actualidad.
La muestra abrió sus puertas el pasado 28 de marzo, en plenas vísperas de la Semana Santa, y eso nos lleva a pensar directamente en la Pasión por antonomasia, la que padeció Jesucristo para redimir a la humanidad. ¡Y cuánto juego ha dado su sufrimiento desde entonces! Artistas de todas procedencias, adscripciones y confesiones han tratado de imaginar el semblante del Hijo de Dios y darle forma. Profunda tristeza, exaltación, ira, temor, perturbación, traición, gozo, desconsuelo, dignidad, dolor, abatimiento, pesar, muerte… ¿Cómo se reflejan todos estos factores en nuestra fisionomía? ¿Se pueden estandarizar las manifestaciones somáticas de la «ira sosegada», del «goce de estar triste» o del «dulce tormento»? ¡Qué tema tan apasionante la pasión!
Y es que, lejos de su significación etimológica, lo que despierta pasiones en la actualidad no son tanto los tormentos como nuestras inclinaciones y afectos. Así, nos apasionamos por el fútbol, por las causas justas, por la política, por la lexicografía, por los bailes de salón, por el vino, por el arte. ¿Y acaso hay algo más pasional que el amor? Ahora bien, ¿cómo se representa un rostro enamorado? ¿Con un emoticono de mirada perdida y corazones que se desvanecen en el aire? El amor parte de la propia insuficiencia, por lo que solo se puede retratar en contexto. Se refleja en un cruce de miradas, en un encuentro, en un gesto… en un beso.
Los besos apasionados son el resultado de un impulso amoroso y el final indispensable de cualquier superproducción de Hollywood que se precie o de una telenovela que cause sensación. Pero aparte de alguna que otra muestra de chabacanería y sentimentalismo, el buen cine, la fotografía, la literatura, la escultura y la pintura nos han dejado ejemplos de besos inolvidables, como el de Holly y Paul en Desayuno con diamantes, el famoso beso robado del marine a la enfermera en Times Square, el «legítimo beso» de Romeo a la yaciente Julieta, El eterno ídolo (1889) de Rodin, Psiqué reanimada por el beso del Amor (1787-1793) de Canova o las representaciones de los jóvenes y trágicos amantes Francesca da Rimini y Paolo Malatesta. El beso de Hayez que ilustra estas letras nos convierte en testigos impertinentes de un beso clandestino, tierno, hermoso, deseado, lleno de nostalgia y melancolía y apasionadamente intenso. Todos estos besos, plagados de matices, algunos tiernos y otros envenenados, sujetos a mil y una interpretaciones, nos estremecen y encienden en nosotros una pasión que puede ser feliz, arrebatadora, triste o desconsolada, pero en ningún caso indiferente.
Pon en práctica tus dotes de intérprete de emociones y no te pierdas la exposición en Estocolmo o conmueve tu pasión con las arrebatadoras ilustraciones del amor de Love. Y si has progresado tanto en el amor que ya no te alcanza el mundo para otra cosa, como escribió García Márquez, continúa deleitándote en las artes amatorias con Desnudos, Fotografía erótica y Dibujos eróticos.
¿Qué pueden tener en común un romántico inglés, un impresionista francés y un simbolista estadounidense? Esto es lo que se nos plantea en la exposición de la Tate de Liverpool llamada «Turner Monet Twombly: Later Paintings». Sinceramente yo aún estoy tratando de averiguarlo.
Haciendo un recuento de la carrera artística de cada uno, queda bastante claro que sus obras tienen poco, si no nada, que ver unas con otras, lo que te hace preguntarte cómo diantres se le ha podido ocurrir a nadie agruparlos en una exposición. Sin embargo, si nos centramos en los últimos, digamos 20, años de sus vidas, supongo que podría decirse que la obra de Turner fue transformándose en un incipiente impresionismo (ya fuera esa su intención o no), y la de Twombly, especialmente Blooming (de Floración), profundiza en el interés de este movimiento por la naturaleza, que era precisamente el tema más apreciado por Monet.
Pongamos como ejemplo estos dos cuadros. Supongo que, mirándolos con los ojos entornados y bizqueando, alguien podría encontrar el parecido entre el río San Luca de Turner y el San Giorgio de Monet.

J.M.W. Turner, Vista de un canal lateral cerca del Arsenal, c. 1840. Aguada, lapicero y acuarela sobre papel, 19,1 x 28,1 cm. The Tate Gallery, Londres.

Claude Monet, San Giorgio Maggiore, 1908. Óleo sobre lienzo, 59,2 x 81,2 cm. National Museum Wales, Cardiff.
Y quizá, forzando un poco más la vista, se puedan encontrar las similitudes con la colección Estaciones, de Twombly:

Cy Twombly, Cuatro estaciones: Invierno, 1993-1994. Acrílico, óleo y lapicero sobre lienzo, 322,9 x 230 cm. The Tate Gallery, Londres.
Personalmente, creo que Twombly debería considerarse afortunado por formar parte de este peculiar grupo junto a estos dos grandes maestros, mientras que Monet y Turner deberían preguntarse cómo ha ocurrido y, quizá, interponer una demanda por calumnias. ¿Qué crees?
Compara y contrasta las obras de estos prolíficos artistas en la exposición de la Tate de Liverpool Turner Monet Twombly: Later Paintings hasta el 28 de octubre de 2012. También puedes admirar los cuadros de Monet y Turner en casa, con estos libros de su vida y obras maravillosamente ilustrados, Turner y Monet.
De forma muy simplificada, Internet funciona así: la información se divide en paquetes de datos que se transmiten a otro destino en el que vuelven a recomponerse. Una idea aparentemente sencilla que ha revolucionado por completo el funcionamiento del mundo, así como nuestra forma de procesar la información. La fragmentamos para no perdernos el siguiente trending topic, para compartirla, para masificarla, para simultanearla… En definitiva, dejamos el conocimiento profundo y la investigación para los doctorandos y nos conformamos con verdades mascadas, breves y siempre accesibles.
No obstante, la fragmentación no es un fenómeno exclusivo de la era de Internet. Por ejemplo, este año se cumplen cinco siglos de la creación de La Madonna Sixtina, uno de los óleos más famosos del Renacimiento italiano, por parte del genial Rafael. Sin duda alguna, esta obra, que en el siglo XIX era más popular que la Mona Lisa de da Vinci, destaca por su belleza y su dulzura; pero también resulta extremadamente enigmática. Las miradas de la Virgen y el Niño reflejan consternación y una especie de temor reverencial, san Sixto, arrodillado a los pies de María, apunta con su dedo al espectador, por el que parece interceder, y rostros de ángeles fantasmagóricos dominan el fondo de forma velada. Y en la parte inferior del cuadro, dos encantadores y rechonchos querubines se encaraman a la base para no perder detalle de la escena que se representa.

Rafael, La Madonna Sixtina, 1513-1514. Óleo sobre lienzo, 265 × 196cm. Gemäldegalerie Alte Meister, Dresde.
Y precisamente a ellos me refería con lo de la fragmentación de información, pues la popularidad de estos dos angelotes ha superado con creces a la del propio Rafael y de su magistral Madonna. Aislados de la composición, se han copiado hasta la saciedad y se han convertido en el motivo por excelencia para aficionados al punto de cruz y a la serigrafía. No digo que no sean exquisitos, pero su carrera en solitario los ha convertido en acicates de la cursilería.
Hasta el próximo 26 de agosto, tienes la oportunidad de maravillarte ante la belleza de esta obra, de conocer a fondo el contexto histórico en el que fue concebida, de descubrir cuál ha sido su trayectoria en estos últimos 500 años, de dejarte atrapar por la virginal belleza de la madre de Cristo, de asombrarte con el gran parecido que la Virgen guarda con la Donna Velata, de fascinarte con los muchos misterios que rodean a la homenajeada y, por supuesto, de apreciar los fragmentos como un todo en la exposición conmemorativa The Sistine Madonna: Raphael’s iconic painting turns 500 de la Gemäldegalerie Alte Meister de Dresde.
Y si aún quieres saber más sobre la obra de este genio del Renacimiento, te invito a deleitarte con las bellas reproducciones de Raphael, disponible tanto en edición impresa como en formato digital.
De acuerdo con la Teoría del caos existen tres tipos de sistemas: Estables, inestables y caóticos. La vida, obviamente, pertenece a la tercera categoría si atendemos a la afirmación de Edward Lorenz: «cualquier sistema no periódico es impredecible». Es en esto en lo que se basan todas las religiones a la hora de atraer a sus fieles, prometen un mundo ordenado y explicado, y es mucho más evidente en las religiones primitivas como el chamanismo.
El chamán es la persona encargada de lidiar con los espíritus y la naturaleza, lo caótico y sobrenatural, y ofrecer una explicación «lógica» que tranquilice al hombre. Gracias a este trato con el más allá es capaz de curar enfermedades, controlar la naturaleza y la meteorología. Para esto, utilizan todo tipo de rituales en los que se sirven de utensilios, máscaras y drogas, materiales que se pueden observar en la magnífica exposición sobre el chamanismo en África del musée du quai Branly, que ofrece además una completa explicación antropológica y obras de artistas actuales relacionadas con el tema.
Lo cierto es que, por mucho que nos sorprendan estos ritos, siguen estando presentes en la sociedad actual, y no hablo sólo de los famosos rituales de vudú tan utilizados en las películas americanas o en las guías de viajes a países africanos y latinoamericanos, sino de prácticas presentes en el supuesto «primer mundo». Los curanderos, mediums y adivinos, así como la homeopatía, las pulseras power balance o el movimiento antivacunación demuestran que, por mucho que la ciencia avance, seguimos necesitando de estos chamanes para que nos den una explicación del caos que nos rodea. Porque el efecto mariposa está muy bien, pero no nos deja tranquilos.
Deja a un lado tu visión occidental del mundo y disfruta del chamanismo en la exposición «Les Maîtres du désordre» del musée du quai Branly que finaliza el próximo 29 de julio o sumérgete en el arte pre-colonial africano con este libro magníficamente ilustrado.
¿Quién no ha recitado alguna vez aquello de: «El rey de Constantinopla está constantinopolizado. ¿Quién lo desconstantinopolizará? El desconstantinopolizador que lo desconstantinopolizare, buen desconstantinopolizador será»? Aparte de un buen recurso para los trabalenguas, Constantinopla, actual Estambul turca y antigua Bizancio griega, fue la flamante capital del Imperio bizantino, superviviente de la caída del Imperio romano de Occidente.
En el siglo VII, este imperio, que se llamó «griego» en referencia a la predominancia de esta lengua y se convirtió en un verdadero bastión del cristianismo, se extendía desde Siria hasta Egipto y por algunas regiones del norte de África. No obstante, en apenas unos siglos, las provincias del sur de Asia que eran centrales para la tradición bizantina sucumbieron ante la imparable expansión del mundo islámico. La época de mayor esplendor de este imperio había llegado a su fin.
Antes de que las dinastías árabes se hicieran con el control de estos territorios, ya se había inaugurado la basílica justiniana de Santa Sofía (en el año 537), el máximo exponente del arte bizantino. Concebido como templo cristiano, este «cielo en la tierra» se utilizó como mezquita tras la caída de Constantinopla hasta que, en 1935, se habilitó como museo.
Volviendo al tema lingüístico, la palabra «bizantina» también se emplea en español para referirse a las discusiones artificiosas o demasiado sutiles. Puede que, en efecto, consideres que el arte bizantino es una cuestión intrascendente en estos tiempos, pero la innovación no se puede escindir de la historia. Gaudí, por ejemplo, afirmaba que continuó sus investigaciones arquitectónicas donde las dejaron los bizantinos, y también se pueden ver influencias de este arte en sus mosaicos. Otro artista que se ha dejado seducir por la espiritualidad del arte bizantino es el neoyorquino Manny Vega, que utiliza las técnicas bizantinas para crear mosaicos de santos, héroes, bailarines y músicos que se mueven a ritmo de hip hop.
El MET de Nueva York comparte la fascinación por el arte bizantino y, por ello, ha organizado la exposición Byzantium and Islam: Age of Transition, que permanecerá abierta hasta el 18 de julio de 2012. Si no puedes dejarte maravillar por los coloridos cuadros, las sofisticadas obras textiles, los mosaicos, los códices, los iconos, las representaciones del pantocrátor y el resto de obras expuestas, te recomendamos los libros Byzantine art o Central Asian Art (este último también disponible en formato electrónico).
Si pensamos en iconos medievales nos viene a la cabeza El Cid Campeador, representando la Reconquista y las guerras de religiones, de las que nos quedan castillos como el de Loarre (Huesca), el de Lorca (Granada), o el de Montjuïc (Barcelona). Por otro lado tenemos las peregrinaciones religiosas y los magníficos edificios góticos y románicos, como las catedrales de Santiago de Compostela, León, Burgos o Salamanca.
De esto se deduce que la parte integradora de la vida y el arte medieval era la religión, elemento tan importante que no fueron pocos los nobles que quisieron incorporar elementos monásticos a su vida cotidiana. Para ello nacieron los libros de horas, un compendio de salmos, oraciones y abundantes iluminaciones referentes a la vida cristiana que permitían al devoto llevar al día (o más bien a la hora) sus rezos y de manera personalizada, ya que era compuesto especificamente para él. Una suerte de aplicación para teléfono móvil individualizada (sobre todo si tenemos en cuenta el pequeño tamaño de los libros, que facilitaba su transporte).

Hermanos Limbourg, El mes de mayo en el calendario de Las muy ricas horas del Duque de Berry, c. 1412-1416. 22,5 x 13,6 cm. Musée Condé, Chantilly.
Pero ¿eran realmente tan religiosos como aparentaban? El libro de horas encargado por el Duque de Berry, uno de los más hermosos de los que nos han llegado, se encuentra en un estado de conservación prácticamente perfecto, lo que hace pensar en un uso poco frecuente. Tanto Jean de Berry como los iluminadores del libro, los hermanos Limbourg (los tres menores de 30 años), murieron por causas desconocidas en 1416. ¿Casualidad o castigo divino?
Aún te quedan dos semanas para admirar Las muy ricas horas del Duque de Berry en el Louvre, pero si no te va bien acercarte siempre puedes recrear la época medieval con este fantástico surtido de libros sobre el arte de la Edad Media.
¿Qué puede haber más inglés que una taza de Earl Grey con una nube de leche? ¿Tal vez un sándwich de pepino en un platito de porcelana? Para el Victoria and Albert Museum de Londres, pocas cosas son tan peculiarmente inglesas como las acuarelas de los paisajistas británicos del siglo XIX y de principios del XX.
Las acuarelas paisajísticas se pueden considerar la expresión artística de una época. Durante el siglo XIX, antes del auge de la fotografía, el paisajismo tuvo un papel predominante sobre otras formas de arte en la cultura occidental, y la topografía se convirtió en el instrumento ideal para representar detalladamente lugares concretos. La asociación entre esta forma de expresión artística y las singularidades inglesas puede no ser evidente, pero no cabe duda de que hay algo muy «inglés» en el hecho de que la topografía constituyera una oportuna fuente de ingresos para Turner, Constable y Gainsboroug, entre otros. Por un lado, las acuarelas eran fáciles de transportar, por lo que resultaban muy útiles para registrar ora los puntos de interés en el largo viaje que debía emprender todo aristócrata inglés que se preciara, ora los hallazgos de los expedicionarios. Por otro lado, la élite cultural disfrutaba contratando a artistas para que dejaran constancia de su prosperidad en forma de castillos y propiedades. Sin duda, se puede reconocer algo del prestigio del abolengo británico en tales aplicaciones.

John Constable, Stonehenge, 1835. Acuarela sobre papel, 38,7 x 59,7 cm. Victoria and Albert Museum, Londres.
Hay quien encuentra esta técnica farragosa y piensa que nunca debería haber sido inventada. También hay quien considera que el mayor éxito de Turner fue que, en su afán por sentir la naturaleza, se ató al poste de un barco en mitad de una tormenta. Personalmente considero que estas obras representan a la perfección el espíritu romántico inglés ¿Y tú?, ¿ves en ellas la representación de «lo sublime», la seriedad y el aplomo ingleses?

J. M. W. Turner, Warkworth Castle, Northumberland, 1799. Acuarela sobre papel blanco, 52,1 x 74,9 cm. Victoria and Albert Museum, Londres.
La exposición «So Peculiarly English: topographical watercolours» estará abierta desde el 7 de junio de 2012 hasta el 1 de marzo de 2013 en el Victoria and Albert Museum para que puedas disfrutar de las particuliaridades del paisaje inglés, tanto si quieres ver más allá del terreno como si no. Además, puedes complementar tu visita con este ebook sobre Turner o consultar otras obras en la Ebook Gallery.
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