Este es el gran dilema. Imagino que cuando una mujer accede a casarse con un hombre con inclinaciones artísticas reconocidas, de alguna manera acepta implícitamente la eterna sospecha del engaño. Esta hipótesis puede sin duda basarse en la visión estereotipada del artista bohemio y mujeriego, sin tener en cuenta que muchos artistas han sido fieles a sus esposas durante años (lo pienso y se me ocurren varios, aunque no me atrevo a escribirlos porque no pondría la mano en el fuego por ellos). Sin embargo, cuando el artista en cuestión pinta una mujer desnuda, que permanece en su estudio durante horas e incluso días, o, lo que es más, cuando parece tener una obsesión por pintar mujeres desnudas por la cantidad de cuadros que dedica a esta temática sin una motivación aparente, la sospecha puede convertirse en confirmación velada.
A las pequeñas piezas que, desde el siglo XIX, se fueron superponiendo sobre las bases cada vez más tambaleantes del arte tradicional se les sumó hacia 1908-09 una última pieza que desmoronó la torre entera. El cubismo destrozó la idea tradicional de perspectiva, aquella que había guiado el arte occidental desde hacía siglos. Nada de lo que se hiciera después sería del todo inmune a su influencia: el cubismo fue un borrón y cuenta nueva del que seguramente aún no hemos extraído todas las consecuencias.
Como la figura de Pablo Picasso engulle todo lo que tiene a su alrededor, sigue siendo necesario recordar que el cubismo fue un invento tanto de él como de Georges Braque. Estrictamente hablando, seguramente sea justo decir que fue el francés, y no el malagueño, el primero en pintar cuadros que podemos calificar de cubistas. → Más información
Freud no fue el primero que se interesó a eso que ocupa nuestras noches y no me refiero a lo que hacemos cuando estamos despiertos, sino a lo que sucede en nuestra cabeza, o más bien lo que fabrica nuestro cerebro, mientras estamos dormidos. En la época del Renacimiento, los principales maestros se empeñaron en buscar la mejor manera de representar lo que sueña un soñador. Partían de la base de que el sueño nos ponía en contacto con el más allá y que los sueños nos permitían evadirnos de nuestros cuerpos de alguna manera espiritual. Estas interpretaciones pasaron por la exploración del sueño en forma de revelación de otro mundo, en forma de transfiguración del vivir cotidiano, mezclado con la exploración erótica, o incluso, en forma de metáfora del arte mismo.

Rafael, El sueño del caballero, 1504.
Óleo sobre álamo, 17.1 x 17.3 cm. The National Gallery, Londres.
Para entender mejor la manera en que El Bosco, Veronese, El Greco y otros se acercaron al tema del sueño durante esta época de libertad interpretativa y artística, El Museo de Luxemburgo nos presenta una exposición que estará activa hasta el 26 de enero de 2014 y que junta muchas de las obras del Renacimiento que se ocuparon del asunto. Para arroparnos en el tema y sumirnos en la profundidad del sujeto, han realizado el siguiente video:
Nosotros en Parkstone te proponemos nuestro ejemplar de Arte del Renacimiento que te permitirá soñar despierto sin alejarte de tu casa ni tomar ningún somnífero. No te quedes dormido y deja que tus sueños salten del reposo a la actividad.
Que la violencia es deplorable no permite mucha discusión. Aquellos que fueran capaces de disentir de tal afirmación estarían, como consecuencia de su oposición, desestimándose a sí mismos como contrincantes en una pelea, aunque solo fuera verbal en un principio, por su sola aceptación de que un posible recurso a la fuerza puede ser divertido. Si disfrutas con la violencia hay algo que no va muy bien en tu cabeza. Aunque, eso sí, la justificación de la misma es otro tema.
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Un artista, bueno o malo, no deja de retratarse nunca. Da igual que pinte un bodegón, escriba unos versos o toque estos acordes o aquellos: cada obra de arte es un resumen más o menos explícito de una manera de ver el mundo. De igual modo, cuando un buen pintor -o fotógrafo, o escultor- retrata a alguien, debe esforzarse por hacer de su representación una suerte de resumen biográfico. Sin contar con las facilidades descriptivas del escritor, el artista plástico debe, ante todo, volver visible el ser profundo del retratado, o sea, lograr casi lo imposible: que, al mirarlo, uno sienta empatía hacia un total desconocido.
Tengo que reconocerlo, yo nunca he sido un gran fanático de la iglesia ni de los santos. De acuerdo, cuando era pequeño mi madre me obligaba a ir a misa todos los domingos y eso seguramente haya tenido mucho que ver con mi posterior alejamiento del santo camino (de la iglesia, no quiere esto decir que yo no sea una santa persona en el sentido secular de la palabra). No obstante, el estatismo y la falta de flexibilidad de sus planteamientos fue sin duda el factor detonante en mi ruptura con el ser supremo.
Ahora bien, no sé yo qué hubiera sido de esta afición dominguera y sus efectos en mi persona si hubiera existido lo que el artista Michael Landy nos propone en su exposición Saints Alive. Por medio de vieja maquinaria, objetos encontrados en rastrillos, mercados y desguaces de coches, e inspirado por su asociación con la National Gallery a través del Rootstein Hopkins Associate Artist (colaboración entre un artista y la National Gallery de Londres en la que el artista es invitado a trabajar en sus instalaciones con cuadros anteriores a 1900 para crear nuevas obras que demuestren la constante fuente de inspiración que el arte clásico supone para los nuevos artistas), ha fabricado esculturas que se accionan mediante pedales y cuyos movimientos evocan el drama de las vidas de los santos en cuestión. Vamos, unas marionetas en toda regla, pero con trasfondo religioso.
Si los santos de las iglesias se hubieran comportado como muñecos del futbolín, bailarinas de caja de sorpresa o móviles a los que se les daba cuerda y hacían todo tipo de piruetas, no sería yo el único que, al menos de niño, hubiera asistido con mayor interés a la cita dominical con el todopoderoso. Aunque, claro, ahora que lo pienso, cuando leia la biblia en catequesis tampoco me resultaba muy creible como dogma, sino que más bien me agradaba por la fantasía de sus aventuras. Vamos, que conmigo no había caso. Inspírate tú también con el arte anterior a 1900 en nuestro libro El renacimiento y crea móviles con los móviles que tienes acumulados en el cajón. Si tienes tiempo libre y verdaderamente nada mejor que hacer, claro está.
Las recientes subastas multimillonarias que han coronado a los nuevos reyes de los bestsellers del arte me dejan indignado y hastiado. Por qué, me pregunto, le doy importancia a lo que no son más que fuegos de artificio que tienen un barniz no de cultura sino de salón del automóvil de lujo. Sólo faltan las azafatas ligeras de ropa a las que los pervertidos preguntan si vienen de regalo con el Ferrari. Todo se andará… Una buena amiga, amante del arte como yo, dice que los medios de comunicación ni siquiera deberían publicar esas noticias, o al menos no darles tanta importancia. ¿Qué leemos cuando un periódico dedica una noticia de portada al mundo del arte? ¿Que en el Prado hay una exposición con cuadros de Velázquez que nunca se han visto en España y que será casi imposible ver de nuevo? ¿Que ha muerto Anthony Caro, uno de los mayores escultores del siglo XX? Abro El País y esto es lo que me encuentro: “Jeff Koons y Francis Bacon revientan las subastas en Nueva York”.
El nuevo arte oficial, ese que sólo se mira en función de los millones que alguien ha invertido el él, no es sólo el último pasatiempo de los ricos ni sólo incide en crear una visión exclusivamente económica del arte. El nuevo arte plutocrático está haciendo daño, sobre todo, a los museos. Ya no son la máxima autoridad del gusto artístico; todo depende de la última extravancia de una princesa árabe, un bróker o un mafioso ruso. ¿Qué museo puede competir con gente que se gasta esos millones en obras de arte que por lo general no son las mejores que realizaron sus creadores? (Si es que algunos de ellos alguna vez produjeron algo de verdadero interés) Como mucho, los museos pueden aspirar a las migajas, como el ejercicio patético del Metropolitan, que recibió como un invitado de honor al tiburón de Hirst para no parecer carca.
A todo esto, además, se le ha sumado la crisis económica, con lo que es muy habitual ver cómo los museos montan exposiciones con sus obras maestras y otras normalmente guardadas en los sótanos. Aunque nazca del apuro económico, esto puede ser una buena medida. El ejemplo más reciente es la muestra American Modern: Hopper to O’Keeffe que ha organizado el MoMA. Nos dará una oportunidad de ver cosas que habitualmente no se exponen, siempre con los grandes maestros de referencia. Por fortuna, esto es algo con lo que los aficionados de subasta aún no pueden competir.
No dejemos que mueran los museos. Visita la exposición del MoMA y después goza con las reproducciones de las obras maestras de uno de los más grandes (si no el más grande) maestros americanos, Edward Hopper.
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