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La guerra ha sido parte de la vida del ser humano desde que las primeras poblaciones de nómadas comenzaron a asentarse alrededor de las plantaciones de trigo. El primer lugar donde este cambio se produjo, pasar de poblaciones nómadas a asentamientosagrícolas, fue Oriente Medio, concretamente la antigua ciudad de Jericó en la actual región de Cisjordania. Desde hacía tiempo, los habitantes de esta ciudad recolectaban el trigo y lo empleaban para producir muchos de los productos que conocemos hoy en día, pero progresivamenteaprendieron a domesticar las semillas para controlar la cantidad de trigo que cultivaban, llegando a producir más de lo que consumían. Esto generó celos en las poblaciones vecinas, que carecían del conocimiento o de las condiciones favorables ―agua, tierra fértil, herramientas, trigo cuyas semillas pudieran ser replantadas y animales domesticados― para reproducir este significativo avance. La ciudad de Jericó tuvo entonces que ser fortificada, aunque no pudo evitar ser conquistada y reconquistada en numerosas ocasiones. La guerra organizada y planeada, por tanto, no es más que un intento de robar al vecino para conseguir lo que no se tiene, y halla su origen hace 10.000 años, con los nómadas del desierto que atacaron Jericó para robar el superávit de cereal. Nada que ver con las teorías sobre el instinto humano auto destructivo o de supervivencia.

Piero di Cosimo, Batalla entre los lapitas y los centauros, c. 1500-1515. Óleo sobre madera, 71 x 260 cm. TheNationalGallery, Londres.
Desde que comenzaran estas primeras reyertas ha pasado mucho tiempo y las situaciones en que se ha producido la guerra han variado mucho. → Más información
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Todos nos sentimos atraídos por lo desconocido. Es innegable el sentimiento de excitación y curiosidad que se despierta en nosotros cuando descubrimos, o estamos en camino de descubrir, un nuevo libro, un nuevo músico, una nueva ciudad, etc. Nuestros sentidos parecen desatarse y concentrarse deliberadamente en el estómago con la intención de mantenernos alerta, como si fueramos una mascota que espera que le lancen la pelota ―sacar la lengua es opcional―. Cuando digo todos, claro, me refiero a las personas que disfrutamos mínimamente de la aventura y lo desconocido, que buscamos constantemente el hallazgo o la sorpresa como forma de mantener un cierto interés, no por ello descuidando lo que ya se conoce, pues ya se sabe lo que decía Alfonso X: «Quemad viejos leños, leed viejos libros, bebed viejos vinos, tened viejos amigos.»
El siglo XX fue un siglo de reivindicaciones en todos los ámbitos. El arte, por supuesto, no se quedó fuera de esta tendencia, tal y como demuestra un rápido vistazo a algunas de las obras maestras del siglo. Muchos de esos cuadros o esculturas que hoy tenemos por imprescindibles hubieran sido tirados directamente a la basura sólo medio siglo antes.
En esta sucesión de barreras derribadas, acaso la última y más radical fue la de llamar la atención sobre el potencial creativo de los enfermos mentales. → Más información
Cuando uno hace un rápido repaso mental a sus obras de arte favoritas, es posible que haya más de un dibujo en la lista. Hoy somos capaces de mirar un dibujo con el mismo interés que una pintura, pero conviene recordar que esta es una actitud propia de nuestra sensibilidad moderna y, por tanto, muy reciente. Antes del siglo XIX, antes de la aparición del espíritu romántico, los dibujos cumplían un papel estrictamente secundario. No eran más que bocetos para futuros cuadros o, en el mejor de los casos, arrebatos de libertad del artista. De ninguna manera, sin embargo, estos dibujos podían competir con un cuadro. Cierto que hay excepciones (Durero y Rembrandt son los más evidentes), pero si hacemos un repaso a la historia del arte, debemos esperar a Goya para ver el dibujo convertido en una disciplina merecedora de una apreciación puramente estética.

F. Zurbarán (atribuido a), Cabeza de monje, c. 1635-55.
Lápiz negro, aguada y tinta sobre papel, 276 x 195 mm.
The Trustees of the British Museum.
Si el dibujo hasta el siglo XIX fue una disciplina menor o secundaria, en el caso del arte español su existencia es prácticamente desconocida. Cuando vamos al Museo del Prado para deleitarnos con los Velázquez, Zurbarán, Goya y compañía, quedamos deslumbrados por sus lienzos pintados al óleo. Pero, ¿quién ha visto en el Prado dibujos de los grandes maestros de la escuela española? Todo es más entendible si pensamos que el dibujo es un medio que requiere unos cuidados especiales y que rara vez se exponen de forma continuada.

José de Ribera, Santo atado a un árbol, 1626.
Sanguina, 232 x 170 mm.
The Trustees of the British Museum.
El Prado quiere poner remedio a todo ello dedicándole una exposición al dibujo español con obras procedentes del British Museum. El museo londinense ha ido acumulando una enorme cantidad de dibujos de artistas españoles desde mediados del siglo XIX. La muestra arranca en el siglo XVI y concluye con la ineludible figura de Goya, que no solamente consolidó el dibujo como arte con mayúsculas, sino que es universalmente reconocido como uno de los mayores grabadores de todos los tiempos.

Francisco de Goya, Arthur Wellesley, primer duque de Wellington, 1812.
Lápiz rojo sobre lápiz negro y graffito, 235 x 177 mm.
Trustees of the British Museum.
La exposición El trazo español en el British Museum. Dibujos del Renacimiento a Goya puede verse hasta el 16 de junio en el Museo del Prado de Madrid. Para abrir boca, puedes ir echandoun vistazo a este libro sobre Goya de Victoria Charles.
Rubén Cervantes Garrido.
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