En un mundo dominado por la delgadez extrema parece que no hay sitio para las mujeres del Barroco, las que tienen curvas, las de toda la vida. Por suerte, hemos superado el aspecto enfermizo de Kate Moss en los 90, pero sólo hay que ver la transformación de Maribel Verdú (como diría un amigo «a mí me gustaba antes de que se arguellara») para darse cuenta de que nos queda mucho camino. Sobre todo cuando alguien te dice que le gusta Giselle Bündchen «porque es una modelo con curvas». Seamos serios, alguien que mide 1’80 y pesa menos de 60 kilos puede ser guapa, atractiva, sexy si quieres, pero no puedes decir de ella que tenga curvas y hacer eso es engañar a las adolescentes que bastante tienen ya con los cambios que se operan en su cuerpo como para encima tener que aguantar la presión social.
Por suerte, campañas como la de «Belleza real» de una conocida marca de cosméticos nos devuelven a la realidad (ya sé que la corporación posee otras marcas que lanzan el mensaje contrario, pero no por eso el primero deja de ser bueno), que se asemeja más a los cuadros de Rubens que a las fotos arregladas que publican las revistas (artistas actuales se hacen eco de esto). Y es que estas mujeres, las de Rubens, no estaban gordas, eran simplemente reales. Seguramente ya habrían tenido algún que otro hijo, su piel estaba fláccida en algunos puntos e incluso podemos apreciar la celulitis. Ahora que levante la mano aquella que no tenga piel de naranja.
Sé que las modas cambian, que la belleza es subjetiva y depende de la época. Obviamente el siglo XVII tenía un canon diferente (como dice Wislawa Szymborska «no tiene qué darle a las planas») y no estoy defendiendo la obesidad en absoluto; hacer algo de deporte (lo que te guste) y llevar una dieta sana es importante y si tus genes acompañan no necesitarás más. Si no tienes esa «suerte», matarte de hambre y dejarte la piel en el gimnasio por entrar en una 40 no debería ser tu objetivo en la vida. Y eso de que «nada sabe mejor que estar delgada», en fin Kate, yo personalmente prefiero el chocolate.
Si quieres apreciar las curvas de mujeres reales del siglo XVII, puedes acercarte a la exposición de Rubens en el Von Der Heydt-Museum, Wuppertal desde el 16 de octubre hasta final de febrero del próximo año. Si te apetece disfrutarlas con más tranquilidad o no quieres esperar un mes a verlas, hazte con un ejemplar de Rubens o arte barroco de Victoria Charles.
Gustave Caillebotte falleció demasiado joven. Su vida transcurrió entre 1848 y 1894, en esa convulsa época de transformaciones, conflictos y replanteamientos que fue el siglo XIX. Estudió derecho, pero rechazó su formación como jurista para dedicarse a retratar la vida moderna francesa y a pintar sensaciones junto a los pioneros del arte impresionista. La herencia que recibió tras el fallecimiento de su padre le permitió convertirse en el gran mecenas de Degas, Manet, Renoir, Monet, Pissarro, Cézanne y Sisley, entre otros, cuyas obras legó al Estado francés. Como muchos de sus amigos impresionistas, abandonó la despiadada ciudad para retirarse al barrio de Petit Gennevilliers, a orillas del Sena, donde cultivó un bello jardín, se refugió en la naturaleza y practicó el remo con pasión.
De algún modo, su labor de mecenazgo ensombreció su propia carrera artística. Tal como afirma el personaje más pedante y estirado de la película Midnight in Paris, la declaración de amor de Woody Allen a la ciudad de la luz, es posible que Caillebotte sea el impresionista más subestimado de todos. Quizá la más conocida de sus obras sea Los acuchilladores de parqué, que formaba parte de la colección que el gobierno de Francia rehusó aceptar durante los tres largos años que duró la «affaire Caillebotte». Este cuadro también había sido rechazado por el jurado del Salón de 1875, ya que fue una de las primeras representaciones artísticas del proletariado, un tema a todas luces «vulgar».
La alineación de las tablas del parqué y el torso desnudo de los trabajadores son reveladores de su formación académica junto a Léon Bonnat, pero la elección del tema es radical y sigue la línea de los maestros realistas Millet y Courbet. No obstante, las pinturas de Caillebotte no articulan un discurso social, moralizador ni político como los obreros del campo y los campesinos de los anteriores; más bien al contrario, recrean una atmósfera de serenidad, una especie de descanso vital en medio de la agitación. Por otro lado, Caillebotte seleccionaba perspectivas arriesgadas y extrañas y sus encuadres no delimitaban escenas completas. Para la Schirn de Fráncfort del Meno este uso audaz de las técnicas de representación de la profundidad convierte a Caillebotte en un pionero del uso de los medios fotográficos que se pusieron en práctica en los años veinte y así nos lo presenta en la exposición «Gustave Caillebotte. Ein Impressionist und die Fotografie» (Gustave Caillebotte. Un impresionista y la fotografía) que se inaugurará el próximo 18 de octubre y estará abierta hasta el 20 de enero del próximo año.
La muestra incluye cincuenta cuadros y dibujos de Caillebotte y los compara con las instantáneas de fotógrafos contemporáneos y de los genios que revolucionaron el mundo de la fotografía y desecharon los convencionalismos, como André Kertész, László Moholy-Nagy, Alexander Rodchenko y Wols. Esta es precisamente la faceta más rompedora de Caillebotte: su significativa relación con la formación de nuevas visiones. Sus obras no sólo son un registro de lo que vieron sus ojos, sino que enseñan al espectador a mirar con ellos.
Henri Cartier-Bresson, el padre del periodismo fotográfico moderno, afirmó que «sacamos fotos de cosas en constante proceso de desaparición, y una vez que han desaparecido, no hay forma humana de hacerlas volver». Y así es, las fotografías, como los cuadros, nos permiten acceder a realidades que ya no existen, a fragmentos de la realidad que nunca volverán, a las vidas de quienes veían y quienes fueron vistos. Quien tenga alma de burgués parisino decimonónico y espere que tres hombres descamisados vengan a acuchillarle el parqué, puede esperar sentado… o puede hacerse con un ejemplar de este librode Nathalia Brodskaya para regodearse en la vida moderna del siglo XIX a través de los ojos de los grandes impresionistas.
Hablemos del siglo XIX. Hablemos de Rusia. Hablemos de desigualdades sociales y de bolcheviques. Hablemos de Repin. Ahora que nuestros gobernantes se empeñan en devolvernos a condiciones laborales preindustriales, ahora que hay gente a la que se desaloja por impago y mientras tanto tenemos que pagar la deuda que los bancos dejan tras de sí (somos los basureros del mundo, señores), ahora que quienes se supone que tienen que servir al pueblo ni se molestan en ponerse la careta porque, total, los vamos a votar igual. Ahora Repin está más vigente que nunca.
Este autor ruso perteneciente a Los Itinerantes (Peredvízhniki) dedicó su vida y obra a retratar las desigualdades de la Rusia de los zares (qué lejano suena y qué cerca estamos de volver, llamadme tremendista) representando por un lado las duras condiciones de vida de los campesinos y por el otro el lujo de los poderosos así como la represión contra los principios de revolución (nadie dijo que cambiar el régimen fuera fácil). Me resulta especialmente sobrecogedora la violencia que se respira en Arresto de un propagandista.
La relevancia de este autor es tal, que Stalin (de quien podríamos hablar largo y tendido, pero no es el sitio ni en momento) lo adoptó como favorito y fue ejemplo para el realismo socialista (seguro que de vivir en esa época hubiera acabado en un gulag en Siberia por disidente, pero tuvo la suerte de morir en 1930). Irónicamente, el territorio en el que estaba su casa fue anexionado a Finlandia después de la Revolución del 17, por lo que nunca llegó a vivir en la URSS.
Actualmente, es uno de los máximos representantes de la pintura rusa del XIX (seamos francos, aparte de los iconos religiosos, ¿alguien conoce algo anterior?) y el museo Bunkamura, en Tokio, ha decidido dedicarle una exposición que se podrá visitar hasta el 8 de octubre. Si estás por allí cerca puedes aprovechar para visitarla y, si no, puedes disfrutar en tu casa de este libro magníficamente ilustrado de Grigori Sternin y Jelena Kirillina.
Un cielo es un cielo. Nadie lo pone en duda. Ahora bien, ¿qué es un cielo teñido de rojos, violetas y anaranjados? Puede ser el firmamento de aquella tarde junto al mar que ponía fin a un inolvidable verano; el del alba, para el guarda que termina el turno de noche y vuelve a casa; el que proyecta una nueva erupción del Vesubio que traerá consigo el fin del mundo; las reminiscencias de un fuego lejano que consume esperanzas y vidas… ¿Y si es de color verde?, ¿y si lo moldeamos con los dedos?, ¿y si parece derretirse y fundirse con el mar?, ¿y si es pardusco y atemporal?, ¿y si está desenfocado?, ¿y si está surcado de espirales y remolinos, como el de Noche estrellada de Vincent van Gogh? Por mucho que un cielo no sea más que un cielo, puede inspirar en nosotros las más profundas emociones y hacernos reflexionar sobre temas universales como el ambiente opresivo de la ciudad, la muerte o el destino.
Vincent van Gogh, Noche estrellada, 1889.
Óleo sobre lienzo, 73,7 x 92,1 cm.
Museum of Modern Art, Nueva York.
Esto bien lo sabían los pintores europeos cuyas obras acoge una de las más recientes exposiciones de la National Gallery of Scotland. Se trata de pintores que califica de simbolistas, herederos de los preceptos del impresionismo, que sometieron la realidad a su voluntad. El poeta Mallarmé instó a los simbolistas a que no se limitaran a pintar lo que veían sino los efectos que aquellos objetos producían en ellos.
La corriente artística del simbolismo surgió a finales del siglo XIX, entre los años 1880 y 1910, en una época en la que los avances científicos ponían en tela de juicio la supremacía del hombre sobre el mundo natural y en la que el progreso tecnológico empezaba a crear un sentimiento de preocupación por las consecuencias del materialismo. En ese contexto, los simbolistas retomaron el idealismo romántico de William Blake, Caspar David Friedrich y J. M. W. Turner y lo aplicaron a las realidades tangibles y efímeras retratadas por los impresionistas. Su objetivo era expresar su individualismo, su mundo interior, y traducir realidades universales a un lenguaje de tristeza, amor, angustia, anhelo…; en otras palabras, pintaban «paisajes del alma» que hablaban del hombre, de la sociedad, del infinito.
La muestra incluye a algunos de los principales artistas vanguardistas, como van Gogh, Gauguin, Munch, y Mondrian, y a un considerable número de pintores no tan conocidos. En el fondo, el concepto de simbolismo resulta tan vago que es difícil determinar quiénes entran claramente en el saco y quiénes deberían quedarse fuera.
Sea como fuere, la exposición es un verdadero desfile de paisajes radicales y extremadamente evocativos, que permiten recorrer Europa a golpe de sentimientos. Estará abierta hasta el 14 de octubre, así que aún tienes algo de tiempo para estudiar la obra de van Gogh en casa y decidir si sus cielos son lo bastante sugerentes para ti.
Últimamente hemos oído mucho el nombre de Serov, refiriéndose desde al ciclista olímpico a la pequeña ciudad rusa de la que desapareció un avión el mes pasado. También de Rusia, con el caso de las Pussy Riot y su presidente dedicándose a liderar una bandada de cigüeñas. Pero el Serov que nos interesa, ruso, como se puede deducir del nombre, vivió a caballo entre los siglos XIX y XX.
Valentín Serov (no confundir con Vladimir Aleksandrovich Serov, pintor de la Revolución rusa), conocido por ser el mejor retratista ruso de todos los tiempos, nació en una familia de artistas (sus padres eran compositores famosos) y gracias a sus contactos tuvo como profesores a Iliá Repin y a Pavel Chistiakov. Si bien tener a estos maestros como tutores le ayudó a desarrollarse de manera espectacular en poco tiempo, también coartaron su creatividad imponiéndole el estilo realista y sistemas pedagógicos muy estrictos.
Como miembro de la clase acomodada, disfrutó del acceso y la cercanía de los grandes personajes de su época, a los que retrató con su estilo impresionista (aunque hay quien dice que hablar de impresionismo ruso es como decir que Leonardo Dantés es cantante). De todos modos, como buen alumno de Repin, cuando las cosas se pusieron feas no tuvo dudas de a quién apoyar y así, en 1905, abandonó la Academia Imperial de Bellas Artes como protesta por el Domingo sangriento.
Como su maestro, no llegó a vivir en la URSS, ni siquiera a ver la Revolución, ya que murió en 1911, pero seguramente también hubiera acabado en un gulag en Siberia. Si quieres saber más sobre la vida y obra de este genial pintor, te puedes llevar a casa este completo estudio magníficamente ilustrado de Dmitri V. Sarabiano.
Cuando tenía 4 años, murió mi abuela. Mis padres, imagino que en su afán de no traumatizarnos a mis hermanos y a mí, nos dijeron que habían venido unos ángeles a llevársela. Eso habría dejado tranquilo a cualquier niño, ya que estos seres celestiales tienen fama de bondadosos y protectores del ser humano. Y de hecho funcionó con el resto de mi familia, pero yo no soy cualquier niño y me pasé los meses siguientes aterrorizada ante la idea de que un ángel pudiera venir y llevárseme a mí también, o peor aún, a mis padres y hermanos (esta idea me resultaba especialmente horrible en los días de tormenta). Si a esto añadimos que por aquel entonces iba a un colegio de monjas y mi clase estaba muy cerca de la capilla, podéis haceros la idea de que ese año no fue el mejor de mi vida.
Pero dejando fantasías infantiles a un lado, los ángeles han estado representados en el arte desde que el hombre es hombre (o, quizá mejor dicho, desde que dios es dios) y están presentes en las tres religiones del libro. Seguidores de las modas, heredaron sus alas la mitología griega y cambiaron sus vestimentas conforme a los gustos de cada época, desde el uniforme militar del principio (no olvidemos que son el ejército de dios) hasta las túnicas con que todos nosotros solemos imaginarlos.
Estas criaturas divinas han traspasado a todas luces el campo de la religión y ahora las tenemos por todos lados: postales de San Valentín, imanes para la nevera, series anime, canciones, e incluso anuncios de desodorante o de queso crema, por no hablar de la adaptación que la subcultura gótica ha hecho de su imagen, mezclándola con la de sus compañeros caídos para crear un infierno realmente atractivo (si El Bosco levantara la cabeza).
The Israel Museum, Jerusalem hospeda actualmente una exposición sobre estos seres celestiales en la que podrás apreciar las diferentes estéticas según la época y la religión a la que se adscriben; se podrá visitar hasta el 3 de noviembre de este año. Pero si no tienes tiempo, también puedes llevarte a estos bondadosos —o terroríficos—seres a casa en forma de ebook.
El Whitney Museum ha organizado una exposición titulada «… as apple pie» en la que la palabra que obviamente falta delante de los puntos suspensivos es «American». En ella reúnen obras de todos los artistas representativos (y representadores) del «American way of life», y si hay alguien que no podía faltar, ese es Jasper Johns (también conocido en ámbitos no artísticos como «el tipo que pinta banderas»).
Precursor del Pop Art, basa su arte en objetos cotidianos, por lo que, siendo estadounidense, no es de extrañar que su obra esté llena de referencias a esa cultura de la que, además, no podría ser mejor ejemplo: Nacido en un hogar roto, creció con diversos miembros de su familia en varios pueblos de la costa este para finalmente mudarse a Nueva York; allí se enroló en el ejército y cuando regresó a la Gran Manzana se involucró activamente en la vida artística de los 60. Ahora vive en Connecticut y tiene una propiedad en Saint Martin.
La mayoría de sus obras reproducen emblemas nacionales, especialmente banderas y mapas, lo que podría hacer que nos planteáramos si es realmente un artista o un mero nacionalista pintor de iconos (cosa de lo que, seamos sinceros, todo europeo que se precie tacha a los americanos al menos una vez en su vida. Y no hablo de lo de «pintor de iconos», aunque también). Y es que en él se juntan dos de las grandes preguntas del siglo XX ¿Es el Pop Art realmente arte o sólo una panda de libertinos que, al amparo de la mayor libertad de los 60, aprovechó para hacer fortuna riéndose de todo el resto?
La otra, si los americanos son nacionalistas o patriotas quedará en el aire durante mucho tiempo, pero igual puedes aclarar un poco tus ideas en la exposición del Whitney Museum, de duración indefinida, o te puedes llevar a casa parte de la esencia americana con este magnífico libro.
Extraño título el del hoy, cierto, ¿cuál puede ser la relación entre el gran genio italiano y la gran cita del deporte? Al margen de elucubraciones, esta vez se da porque, como no sólo de deporte vive el hombre, los ingleses han organizado una suerte de «olimpiadas culturales» en Londres, que transcurren a la par que los juegos, y como parte de estos eventos destaca la exposición de Tiziano que hospeda The National Gallery.
Se trata de la exposición de tres de sus cuadros de la serie Metamorfosis –a saber, Diana y Calisto, Diana y Acteón y La muerte de Acteón–, que no se han visto juntas desde el siglo XVIII. Posiblemente esto se deba a la reciente adquisición de la primera de ellas, pero como ya he dicho que son una suerte de olimpiadas, la exposición no se limita a la mera exhibición de las pinturas, hay mucho más: para empezar, artistas actuales han creado nuevas obras que se exponen junto con las del maestro; si quieres más, puedes leer los poemas que reputados autores ingleses han escrito sobre los cuadros y el libro de Ovidio y para rematar, durante todo el mes de julio, The Royal Ballet representó tres nuevas obras especialmente creadas para la ocasión.
Puedes aprovechar que Londres es una ciudad fantasma (excepto la zona olímpica) para visitar tranquilamente esta y otras exhibiciones que se llevarán a cabo durante los Juegos Olímpicos. Pero si no te los quieres perder, siempre puedes hacerte con este magnífico libro y disfrutarlo tranquilamente cuando estos acaben.
Todos hemos oído alguna vez ese apelativo un tanto raído de «L’enfant terrible de la moda» que se utiliza con frecuencia para calificar a un sinnúmero de modelos y diseñadores —mujeres ellas, hombres ellos, salvo la honrosa excepción de Vivienne Westwood—, especialmente a los segundos. La frasecilla no atiende al decoro y habla sin acatamiento del réprobo John Galliano, del atribulado Alexander McQueen, del guipuzcoano Ion Fiz, del talentoso Esteban Cortázar, de mi paisano David Delfín, de Christian «L’enfant-Roi» Deslauriers, del renovador Marc Jacobs o, cómo no, del francés Jean Paul Gaultier.
Precisamente a este último le ha dedicado una exposición el de Young de San Francisco. «The Fashion World of Jean Paul Gaultier: From The Sidewalk to the Catwalk» estará abierta al público hasta el próximo 24 de agosto para desvelar algunos aspectos claves del ceremonial del diseñador. En mi opinión, pese a que el propio Gaultier define su marca como «alta costura para la calle», la coletilla del título de la exposición puede inducir a engaño; ya que «de la acera a la pasarela» sugiere unos orígenes más similares a los de la tenaz Edith Piaf que a los relativamente cómodos de Gaultier como alumno de Pierre Cardin. No obstante, la gloria de ambos sí que es comparable.
Jean Paul Gaultier es, sin duda, el legítimo «enfant terrible», porque decora las formas femeninas como si jugara con muñecas y se divierte enormemente al hacerlo. Para muestra, basta ver alguno de los vídeos promocionales de los nuevos diseños para ese refresco bajo en calorías universal, cuyos botellines ha vestido como si fueran mujeres. Bajo sus cuerdas, el cuerpo femenino se convierte en un lienzo sobre el que pinta la belleza en todas sus formas. Los motivos de las botellas son sus diseños fetiches: las rayas bretonas, los tatuajes y los corsés.
Precisamente, con esta última prenda de vestir, el diseñador halló el contrapunto entre la opresión y la libertad. En su colección Dada de 1983, desafió el carácter tradicional del corsé como ropa interior. El famoso corsé que diseñó para la «ambición rubia» en 1990 se convirtió en un verdadero símbolo de la irreverencia y la seducción de una feminidad exacerbada. Las figuras encorsetadas de Gaultier dan un paso más hacia la emancipación estética; son mujeres fuertes y seguras de sí mismas que se sienten cómodas en su propia piel.
Ya lo sabes, si te apasiona el estilo, la lencería, el cine, la libertad, las transparencias y todo aquello que aviva los sentidos, no te pierdas el espectáculo que se ha montado en torno al couturier-niño en San Francisco. Si, además, consideras que, al igual que un buen corsé, unos buenos zapatos de tacón embellecen las piernas, mejoran la postura y hacen que las mujeres se sientan poderosas y estilizadas, no dudes en hacerte con un ejemplar de Zapatos (o, por qué no, con un par).
Crees que sabes todo lo que hay que saber sobre Edvard Munch, ¿verdad? A tu juicio, era un solitario de alma atormentada, que pintaba escenas de trauma y desamparo y que se dejaba llevar por la angustia y la melancolía… ¿van por ahí los tiros? Pues la nueva exposición de la Tate Modern pone tu erudición sobre el noruego en entredicho y te invita a explorar las facetas más desconocidas de su personalidad a través del análisis de los temas que abordó en sus obras. Los de la Tate quieren que conozcamos más a un artista que era mucho más que «el tipo ese que pintó El grito» y nos enseñan, entre otras cosas, que su trabajo estuvo fuertemente influenciado por la deficiencia visual degenerativa que padecía y por su creciente interés por la fotografía.
Para la comunidad artística, la posibilidad de descubrir al hombre que se esconde tras el pintor y de conocer sus verdaderas motivaciones y las fuentes de inspiración de todas sus obras o de todos los periodos artísticos de su carrera constituye un sueño hecho realidad. Sin embargo, de algún modo, al completar el puzzle se pierde el halo de misterio que lo envuelve y se desvanece el carácter único y desgarrador de sus cuadros. Parece que conocer los detalles banales de la vida del artista requiere el sacrificio de su carácter legendario y del atractivo que emana el Munch torturado y ajeno al amor, ese que pintó sus obras maestras en un frenesí de contradicciones actuando como catarsis de sus traumas de juventud.
La nueva mirada que los expertos han arrojado sobre Munch revela que conocía muy bien las técnicas y los efectos visuales que empleaba y que su principal motivación para retomar sus temas preferidos una y otra vez no era otra que su viabilidad comercial. Si es así, el tipo ese sabía jugar sus cartas… Tal vez, la Tate debería tomar ejemplo y ofrecernos a ti y a mí lo que queremos, es decir, al Munch abatido y desesperado que creemos conocer. Según tengo entendido, El grito no se vendió nada mal…
Tienes la oportunidad de visitar la exposición Edvard Munch: The Modern Eye en la Tate Modern hasta el 14 de octubre de 2012 y ver cómo se te cae un mito o llevarte a casa este eBook y disfrutar de la aflicción de Munch en su apogeo.
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