Debo admitir que cuando, hace no mucho, mi jefe me nombró a Caillebotte, no sabía de quién me estaba hablando, mucho menos su nacionalidad o el movimiento estético al que pertenecía (y no digamos cómo escribirlo). Pero Google existe por una razón, así que hice una búsqueda y me quedé sorprendida al ver que, aunque no conocía el nombre del artista, las imágenes me eran muy familiares. Y es que con Caillebotte pasa como con las canciones clásicas, que todo el mundo las conoce pero poca gente es capaz de decir el intérprete/autor.
Este acaudalado impresionista tuvo parte de culpa del éxito de sus compañeros y luego cayó en el olvido (¿quizá por su toque naturalista?). Y digo que tuvo culpa porque se convirtió en su mecenas, además de amigo y colaborador, y no contento con eso, a su muerte donó su colección al Estado.
Es precisamente esta mezcla de impresionismo y naturalismo lo que, a mi parecer, lo hace interesante y le da ese aspecto de fotografía a sus obras. Eso, además de los temas elegidos, claro, ya que como buen impresionista se dedicó a retratar el París urbano, pero lo hizo con un aire más del siglo XX que del XIX (hay quien afirma que le recuerda a Hopper, y no me parece una comparación desacertada).
La exposición «Gustave Caillebotte. An Impressionist and Photography» del Schirn Kunsthalle de Fráncfort del Meno hace especial hincapié en este aspecto fotográfico; tanto que expone, junto a las obras de Caillebotte, fotografías de finales del siglo XIX y principios del XX. Si tienes un rato, puedes acercarte y maravillarte con la obra de este no tan conocido pintor. O si lo prefieres, puedes hacerte con este libro de Nathalia Brodskaya.
Aquí y ahora, me propongo romper una lanza a favor de la belleza alterada, esa que busca la perfección que resulta agradable a la vista. ¿Y a qué se debe mi repentino interés por esta falsedad y por qué la reivindico? En primer lugar, se me ha dado la oportunidad de hablar de Pedro Pablo Rubens, archiconocido por sus representaciones de mujeres rotundas y lozanas. En segundo lugar, porque a diario la prensa internacional recoge notas polémicas relacionadas con el Photoshop, esa herramienta que convierte a los diseñadores gráficos en dioses modeladores de la imagen.
Veamos algunas de las más recientes. En respuesta a la petición impulsada por una joven de Maine que obtuvo más de 84.000 firmas, la editora de la revista para adolescentes estadounidenses Seventeen se comprometió a no retocar las fotografías que publique, así como a mostrar a modelos reales y saludables. Por lo general, estos programas de edición de imágenes se utilizan profusamente para alterar el color y el tono de piel, borrar arrugas y adelgazar las formas. No obstante, esta semana la aplicación también ha salido a la palestra por «engordar» a la que muchos consideran la heredera de Elle McPherson, la modelo Karlie Kloss. Tras la controversia que se generó en torno a esta joven y delgadísima modelo en diciembre del año pasado, cuando Vogue Italia se vio obligada a retirar una de sus fotografías que estaba siendo utilizada por numerosos sitios pro anorexia, la edición japonesa de la revista Numéro optó por disimular las marcadas costillas de la supermodelo. Pues bien, aunque pueda parecer contradictorio, este nuevo uso del software tampoco se ha librado de las críticas (y no sólo por parte del indignado fotógrafo responsable, Greg Kadel).
Y es que estamos ya tan acostumbrados a los retoques en la industria de la moda y las revistas (también en otros medios con objetivos distintos, pero eso es harina de otro costal), que hemos dejado de esperar que las fotos sean un fiel reflejo de la realidad. Muchos lectores asumimos que la mayoría de las imágenes se manipula de alguna forma, y no sólo en lo que respecta a las imperfecciones humanas, sino que los cielos se hacen más brillantes, se eliminan los objetos que resultan inadecuados para la composición y se realzan los colores para que parezcan más «auténticos». En el fondo, lo que se intenta es adaptar el mundo a esos ideales que no existen sino en nuestros pensamientos y que dependen de épocas y subjetividades.

Pedro Pablo Rubens, Júpiter y Calisto, 1613. Óleo sobre tabla, 126,5 x 187 cm. Gemäldegalerie Alte Meister, Kassel.
No voy a decir que estoy de acuerdo con la exaltación de las costillas salientes, los vientres y las mejillas hundidos y los glúteos inexistentes, porque evidentemente no es así. Sin embargo, quien afirme que la belleza se debe representar exacta y crudamente como es en realidad y tome a grandes maestros como Rubens como ejemplo, evidentemente no se ha detenido a mirar lo artificialmente perlada que es la piel de sus figuras ni cómo estas se recortan sobre fondos oscuros y reciben calculados haces de luz que las hacen resplandecer.
Si he conseguido sacudir tu interés por las graciosas mujeres de Rubens, tienes aún unos días para planear tu visita a la exposición que acogerá el Von Der Heydt-Museum de Wuppertal desde el 16 de octubre hasta el 28 de febrero del próximo año. Y si no puedes esperar tanto y quieres empezar a debatir sobre si el flamenco pintaba a las mujeres de su entorno tal como eran o según le resultaban más complacientes, llévate a casa este ebook de Victoria Charles.
De todos es sabido que la ciencia tiene un poco de arte y el arte un poco de ciencia; la música y la física, por ejemplo, son compañeras bien avenidas, pero ¿puede un matemático (un ser absorto en sí mismo, un poco friki y excéntrico) ser además un artista (creativo, abierto al mundo)? Casos como el de Durero parecen demostrar que es así.
Este artista renacentista alemán dejó varios escritos sobre los principios matemáticos, la perspectiva y las proporciones ideales, uniéndose a Leonardo da Vinci o Piero della Francesca en su mezcla de arte y ciencia como manera de expresar la «verdad absoluta». Esto se puede observar en Melancolía I (1514), un famoso grabado del autor que provocó quebraderos de cabeza a los matemáticos en su día y que aún sigue siendo objeto de interés para ellos debido, sobre todo, a la roca poliédrica que encontramos en él.
Fuera lo que fuera lo que inspiró a este artista científico (¿o científico artista?), parece que la combinación de las artes y las ciencias da resultados maravillosos y se ha puesto en práctica desde la construcción de las pirámides de Egipto. Está demostrado que resulta de utilidad tanto en Arquitectura como en Escultura pero, ¿lo es también en la pintura?
Puedes conocer la obra de Durero y otros artistas europeos en Dürer and Beyond: Central European Drawings 1400-1700 alojada en The Metropolitan Museum of Art en Nueva York hasta el 3 de septiembre de 2012. También puedes dejarte arrastrar por sus obras más importantes con este libro de arte profusamente ilustrado.
Aunque a veces nos encontremos con alguna que otra lechuga vestida de frac, los seres humanos somos seres vivos, es decir, nacemos, crecemos, nos reproducimos y morimos, según nos enseñan entre suma y suma. Así, el ciclo vital de una persona, de cada uno de nosotros, se cumple desde el nacimiento hasta la muerte; no obstante, si algo nos caracteriza con respecto a otros seres vivientes es que, además de la memoria genética (y quizá la transferencia de información cultural de la memética), compartimos una memoria histórica colectiva que nos permite recordar a otros humanos que nacieron, crecieron, tal vez se reprodujeron y murieron antes que nosotros. Sobre todo aquellos que fueron simplemente excepcionales. Gracias a este registro de excepcionalidades y para evitar que caigan en la vulgaridad del olvido, tenemos esa maravillosa invención llamada «centenario».
Los centenarios siempre me producen escalofríos, porque cien años está justamente en el límite de lo que puede llegar a medir la vida de un ser humano y, precisamente por eso, resultan más estremecedores que ninguna otra conmemoración. Pensar que hace tan sólo un siglo artistas como Picasso, Schiele, Munch, Kirchner o los «jinetes azules» se paseaban por los nuevos bulevares europeos y hacían su revolución me estremece desde el meñique hasta la raíz del pelo. Sus retratos, sus fotografías, sus escritos, su legado artístico… todo ello nos habla de una época en la que los esfuerzos se concentraban en buscar otras formas de ver y representar la realidad; formas independientes e innovadoras que a su vez han conformado el mundo en el que, un centenar de años más tarde, vivimos.

Ernst Ludwig Kirchner, Una artista (Marcella), 1910. Óleo sobre lienzo, 101 x 76 cm. Brücke-Museum, Berlín.

Pablo Picasso, Le Gourmet, 1901. Óleo sobre lienzo, 92,8 x 68,3 cm. National Gallery of Art, Washington D.C.
En 1912, Colonia acogió la que con toda probabilidad fue la muestra de arte moderno más importante hasta la fecha: la exposición Sonderbund. Los privilegiados asistentes pudieron contemplar la friolera de 577 lienzos y 57 esculturas de los representantes de las vanguardias artísticas europeas, desde el posimpresionismo al expresionismo alemán, el cubismo o los orígenes del arte abstracto. Las imágenes de las salas repletas de obras que ahora se encuentran desperdigadas por el mundo son realmente abrumadoras. Con el mismo espíritu, el Wallraf-Richartz Museum lleva años trabajando en la retrospectiva «1912 – Mission Moderne» que reconstruye los objetivos y las prioridades de la exposición original con ocasión de su centenario. Hasta el 30 de diciembre de este año, tienes la oportunidad de disfrutar de más de cien de las obras que se expusieron en 1912: apenas una degustación, pero suficientes para saborear la perturbación que aquellos artistas ocasionaron sobre las sensibilidades estéticas del siglo XIX.
Si no puedes aceptar esta invitación al trastorno y a la reflexión por cualquier motivo, lo mínimo que deberías hacer, como ser que nace y crece y que, en tanto se plantea si debería reproducirse o no, puede sacar provecho del patrimonio cultural, es dejarte conmover por las obras de Cézanne, Gauguin, Kirchner, Munch, Picasso, Schiele y van Gogh, aunque sea en formato digital.
Con el afán de presentar sus colecciones al público de una forma diferente, el Nationalmuseum ha organizado una exposición sobre la Francia del siglo XIX y la vida moderna que surgió en ese convulso siglo, concretamente en el período comprendido entre la Revolución Francesa y el estallido de la primera guerra mundial.
Por algún motivo, lo primero que se me viene a la mente a la hora de hablar sobre este tema es la conocidísima fábula del ratón de campo y el ratón de ciudad. De forma resumida, con plena consciencia de que existen infinitas y sutiles variaciones, cuenta la historia de un ratón de ciudad que invita a un ratón de campo a participar de las exquisitas golosinas de su despensa urbanita, pero su festín es trágicamente interrumpido y el ratón de campo pone pies en polvorosa hacia su adorada campiña convencido de que ningún manjar es lo suficientemente delicado como para exponerse a los peligros de la ciudad.
¿Y qué relación puede guardar una fábula de la Antigüedad clásica con Francia y con la época de las guerras napoleónicas, la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, los viajeros del grand tour, la industrialización, la primera proyección de los hermanos Lumière, la expansión del ferrocarril, los Salones, las Exposiciones Universales, las renovaciones artísticas y las revueltas de la recién constituida clase obrera? Pues bien, en primer lugar, en mi cabeza esos dos ratones son evidentemente franceses. No sé si será por el queso, pero Francia tiene algo (o mucho) de ratona; además, no puedo sino imaginarme al pobre ratón rural extasiado ante un despliegue de Comté, de compota de higos, de marrons glacés, de macarons, de milhojas, de magdalenas o de petisús salidos del horno del mismísimo Carême, cocinero de los reyes. En segundo lugar, el siglo XIX se caracterizó por las grandes migraciones del campo a la ciudad. Es el siglo en el que París se convierte en la ciudad por excelencia, donde la burguesía es la clase dominante, que pasea por las grandes avenidas y los bulevares, se entretiene en los grandes almacenes, va a la Ópera de Garnier o a los espectáculos de cancán, toma el metro o se reúne en los café-concerts más populares. (También fue una época marcada por epidemias devastadoras, como la del cólera, y los roedores se cuentan entre los transmisores de esta enfermedad, aunque esto le da un tinte algo macabro a la narración).
Los burgueses decimonónicos y las escenas cotidianas de su vida moderna nos resultan extremadamente familiares gracias al legado de los innovadores artistas que ejercieron de observadores e intérpretes de una era: los románticos, los realistas, los pintores paisajistas y los impresionistas. Gracias a ellos, la vida cotidiana se convirtió en el tema pictórico por excelencia y se desecharon los ideales academicistas por motivos más dramáticos que, en ocasiones, fueron objeto de burlas y suscitaron una verdadera conmoción. Un ejemplo es este Almuerzo sobre la hierba de Manet, que se exhibió por primera vez en el «Salon des Refusés» (Salón de los rechazados) autorizado por el emperador Napoleón III en 1863.

Edouard Manet, Almuerzo sobre la hierba, 1863. Óleo sobre lienzo, 208 x 264,5 cm. Musée d’Orsay, París.
Aunque Manet se inspiró en obras clásicas, los personajes son indudablemente modernos y los bruscos contrastes entre las luces y las sombras, así como la falta de perspectiva y de profundidad, suponen una ruptura con los convencionalismos técnicos. El artista trata simplemente de reflejar lo que su ojo ve, con sus limitaciones, y nos presenta una escena bucólica de belleza, tranquilidad y recreo. La bulliciosa modernidad del siglo XIX también supuso un resurgimiento del tema horaciano del Beatus Ille, la descansada vida alejada del mundanal ruido que alabó fray Luis de León. En definitiva, la misma cuestión vital que expone el ratón de campo, que estimó su grama y su abrojo «mucho más de allí adelante».
Hasta el 1 de enero del próximo año podrás explorar el siglo XIX tal como lo reflejaron los pintores, fotógrafos y escultores de la vida moderna. Y para abrir boca, deléitate con las «escandalosas» visiones de los artistas impresionistas que se recogen en esta obra de Nathalia Brodskaya.
Cuando pensamos en la Edad Media nos viene a la mente oscuridad, suciedad, guerras, atraso cultural… Es un poco como la versión menos romántica de Juego de Tronos (esa que harían si retrataran la vida del pueblo en vez de la de los nobles). Pero hay más, mucho más.
Una de las principales ocupaciones, al parecer, era rezar. Y debido a esto tenemos cantidad de obras de temática piadosa, manuscritos iluminados, obras teatrales,.. ¿atraso cultural? me parece que no. Tan sólo es que la cultura se concentraba en manos de unos pocos (principalmente la Iglesia), pero gracias a la devoción de la época ahora conservamos auténticas maravillas en forma de libros de horas, devocionarios, biblias y literatura devota en general, cuyas iluminaciones y miniaturas nos cortan el aliento por el detalle al que son capaces de llegar (en realidad los monjes tampoco tenían mucho más que hacer).

Misal de Reims (Missale Remenense), La Creación del mundo, 1285-1297. Pergamino, latín, 23,3 x 16,2 cm. París.

Bestiario, Adán dando nombre a los animales, finales del siglo XII. Pergamino, latín, 20 x 14,5 cm. Inglaterra.
Y son precisamente estos libros lo que nos ofrece el Getty Museum en su exposición The Art of Devotion in the Middle Ages que se podrá visitar hasta el 3 de febrero de 2013 (atención, cambiarán de página el 11 de noviembre, igual queréis pasaros dos veces). O si prefieres disfrutarlos con más calma, llévate a casa este libro con una selección de manuscritos iluminados.
Solo puedo decir que estoy francamente impresionada por la campaña publicitaria que ha lanzado el Getty para promocionar la muestra dedicada al recién restaurado retablo del maestro renacentista holandés Maerten van Heemskerck (1498-1574), «Drama and Devotion: Heemskerck’s “Ecce Homo” Altarpiece from Warsaw»… Contratar a una devota y bienintencionada octogenaria para «retocar» un eccehomo menor en una pequeña iglesia española con un resultado tan ridículamente jocoso que se convierta en el tema del momento y que ponga los Cristos y las restauraciones de arte de primerísima actualidad… No puedo más que rendirme a los pies de ese genial e increíblemente retorcido publicista en cuyas manos Internet es poco más que una redecilla de pelo. Supongo que no se podían permitir que tantos meses de trabajo quedaran en la sombra.
Bromas, memes y contenido viral aparte, los estudios realizados han sacado a la luz importantes datos sobre la técnica y el estilo del virtuoso Heemskerck. Entre otros descubrimientos, el equipo de restauradores ha podido comprobar que se habían producido notables variaciones en el color, que es uno de los elementos que dotaba de dramatismo a esta gran pieza. No obstante, pese a que los trabajos parecen haber sido impecables, el tema de la restauración de obras maestras del arte levanta polémica allá donde se deja oír. La intervención de los frescos de la bóveda de la Capilla Sixtina es, discutiblemente, el proyecto que más conflicto ha generado hasta el momento, ya que muchos expertos aseguran que las sombras y el trabajo de carbón de Miguel Ángel se perdieron con la restauración. Afortunadamente, la reparación del Ecce Homo de Heemskerck es un ejemplo destacado de las virtudes de la restauración de arte, como también lo es la obra más afamada y singular de otro de sus contemporáneos, El jardín de las delicias de El Bosco.

Hieronymus Bosch, El Bosco, El jardín de las delicias (detalle), c. 1500-1501 Óleo sobre tabla, 220 x 389 cm. Museo Nacional del Prado, Madrid.
Las obras de Heemskerck, de El Bosco y de otros artistas inmortales de su generación, como Hans Memling, lograron sobrevivir a una época tumultuosa en la que la furia iconoclasta destruyó una gran cantidad de imágenes y objetos sagrados asociados a la fe católica. ¿Hasta qué punto es asumible el riesgo de que sufran riesgos irreparables durante un traslado de Polonia a Los Ángeles o en el transcurso de los trabajos de restauración? Y si la obra resultante deja de ser la obra maestra que un día fue, ¿qué interés podría tener para las futuras generaciones? ¿Quién pone el límite entre la conservación de los valores estéticos e históricos y la reconstitución basada en conjeturas?
Sea cual sea tu postura, tienes opciones: si eres un contumaz defensor de la buena y justificada restauración, no te pierdas la exposición en The J. Paul Getty Museum, que permanecerá abierta al público hasta el 13 de enero del próximo año; si, en cambio, prefieres seguir las tendencias globales, no dejes de pasarte por Borja, Zaragoza, antes de que intervengan los verdaderos profesionales. Y si no quieres moverte de casa, deléitate con las sublimes obras maestras de Memling y de El Bosco en ebook o versión impresa.
En un mundo dominado por la delgadez extrema parece que no hay sitio para las mujeres del Barroco, las que tienen curvas, las de toda la vida. Por suerte, hemos superado el aspecto enfermizo de Kate Moss en los 90, pero sólo hay que ver la transformación de Maribel Verdú (como diría un amigo «a mí me gustaba antes de que se arguellara») para darse cuenta de que nos queda mucho camino. Sobre todo cuando alguien te dice que le gusta Giselle Bündchen «porque es una modelo con curvas». Seamos serios, alguien que mide 1’80 y pesa menos de 60 kilos puede ser guapa, atractiva, sexy si quieres, pero no puedes decir de ella que tenga curvas y hacer eso es engañar a las adolescentes que bastante tienen ya con los cambios que se operan en su cuerpo como para encima tener que aguantar la presión social.
Por suerte, campañas como la de «Belleza real» de una conocida marca de cosméticos nos devuelven a la realidad (ya sé que la corporación posee otras marcas que lanzan el mensaje contrario, pero no por eso el primero deja de ser bueno), que se asemeja más a los cuadros de Rubens que a las fotos arregladas que publican las revistas (artistas actuales se hacen eco de esto). Y es que estas mujeres, las de Rubens, no estaban gordas, eran simplemente reales. Seguramente ya habrían tenido algún que otro hijo, su piel estaba fláccida en algunos puntos e incluso podemos apreciar la celulitis. Ahora que levante la mano aquella que no tenga piel de naranja.
Sé que las modas cambian, que la belleza es subjetiva y depende de la época. Obviamente el siglo XVII tenía un canon diferente (como dice Wislawa Szymborska «no tiene qué darle a las planas») y no estoy defendiendo la obesidad en absoluto; hacer algo de deporte (lo que te guste) y llevar una dieta sana es importante y si tus genes acompañan no necesitarás más. Si no tienes esa «suerte», matarte de hambre y dejarte la piel en el gimnasio por entrar en una 40 no debería ser tu objetivo en la vida. Y eso de que «nada sabe mejor que estar delgada», en fin Kate, yo personalmente prefiero el chocolate.
Si quieres apreciar las curvas de mujeres reales del siglo XVII, puedes acercarte a la exposición de Rubens en el Von Der Heydt-Museum, Wuppertal desde el 16 de octubre hasta final de febrero del próximo año. Si te apetece disfrutarlas con más tranquilidad o no quieres esperar un mes a verlas, hazte con un ejemplar de Rubens o arte barroco de Victoria Charles.
Gustave Caillebotte falleció demasiado joven. Su vida transcurrió entre 1848 y 1894, en esa convulsa época de transformaciones, conflictos y replanteamientos que fue el siglo XIX. Estudió derecho, pero rechazó su formación como jurista para dedicarse a retratar la vida moderna francesa y a pintar sensaciones junto a los pioneros del arte impresionista. La herencia que recibió tras el fallecimiento de su padre le permitió convertirse en el gran mecenas de Degas, Manet, Renoir, Monet, Pissarro, Cézanne y Sisley, entre otros, cuyas obras legó al Estado francés. Como muchos de sus amigos impresionistas, abandonó la despiadada ciudad para retirarse al barrio de Petit Gennevilliers, a orillas del Sena, donde cultivó un bello jardín, se refugió en la naturaleza y practicó el remo con pasión.
De algún modo, su labor de mecenazgo ensombreció su propia carrera artística. Tal como afirma el personaje más pedante y estirado de la película Midnight in Paris, la declaración de amor de Woody Allen a la ciudad de la luz, es posible que Caillebotte sea el impresionista más subestimado de todos. Quizá la más conocida de sus obras sea Los acuchilladores de parqué, que formaba parte de la colección que el gobierno de Francia rehusó aceptar durante los tres largos años que duró la «affaire Caillebotte». Este cuadro también había sido rechazado por el jurado del Salón de 1875, ya que fue una de las primeras representaciones artísticas del proletariado, un tema a todas luces «vulgar».
La alineación de las tablas del parqué y el torso desnudo de los trabajadores son reveladores de su formación académica junto a Léon Bonnat, pero la elección del tema es radical y sigue la línea de los maestros realistas Millet y Courbet. No obstante, las pinturas de Caillebotte no articulan un discurso social, moralizador ni político como los obreros del campo y los campesinos de los anteriores; más bien al contrario, recrean una atmósfera de serenidad, una especie de descanso vital en medio de la agitación. Por otro lado, Caillebotte seleccionaba perspectivas arriesgadas y extrañas y sus encuadres no delimitaban escenas completas. Para la Schirn de Fráncfort del Meno este uso audaz de las técnicas de representación de la profundidad convierte a Caillebotte en un pionero del uso de los medios fotográficos que se pusieron en práctica en los años veinte y así nos lo presenta en la exposición «Gustave Caillebotte. Ein Impressionist und die Fotografie» (Gustave Caillebotte. Un impresionista y la fotografía) que se inaugurará el próximo 18 de octubre y estará abierta hasta el 20 de enero del próximo año.
La muestra incluye cincuenta cuadros y dibujos de Caillebotte y los compara con las instantáneas de fotógrafos contemporáneos y de los genios que revolucionaron el mundo de la fotografía y desecharon los convencionalismos, como André Kertész, László Moholy-Nagy, Alexander Rodchenko y Wols. Esta es precisamente la faceta más rompedora de Caillebotte: su significativa relación con la formación de nuevas visiones. Sus obras no sólo son un registro de lo que vieron sus ojos, sino que enseñan al espectador a mirar con ellos.
Henri Cartier-Bresson, el padre del periodismo fotográfico moderno, afirmó que «sacamos fotos de cosas en constante proceso de desaparición, y una vez que han desaparecido, no hay forma humana de hacerlas volver». Y así es, las fotografías, como los cuadros, nos permiten acceder a realidades que ya no existen, a fragmentos de la realidad que nunca volverán, a las vidas de quienes veían y quienes fueron vistos. Quien tenga alma de burgués parisino decimonónico y espere que tres hombres descamisados vengan a acuchillarle el parqué, puede esperar sentado… o puede hacerse con un ejemplar de este librode Nathalia Brodskaya para regodearse en la vida moderna del siglo XIX a través de los ojos de los grandes impresionistas.
Hablemos del siglo XIX. Hablemos de Rusia. Hablemos de desigualdades sociales y de bolcheviques. Hablemos de Repin. Ahora que nuestros gobernantes se empeñan en devolvernos a condiciones laborales preindustriales, ahora que hay gente a la que se desaloja por impago y mientras tanto tenemos que pagar la deuda que los bancos dejan tras de sí (somos los basureros del mundo, señores), ahora que quienes se supone que tienen que servir al pueblo ni se molestan en ponerse la careta porque, total, los vamos a votar igual. Ahora Repin está más vigente que nunca.
Este autor ruso perteneciente a Los Itinerantes (Peredvízhniki) dedicó su vida y obra a retratar las desigualdades de la Rusia de los zares (qué lejano suena y qué cerca estamos de volver, llamadme tremendista) representando por un lado las duras condiciones de vida de los campesinos y por el otro el lujo de los poderosos así como la represión contra los principios de revolución (nadie dijo que cambiar el régimen fuera fácil). Me resulta especialmente sobrecogedora la violencia que se respira en Arresto de un propagandista.
La relevancia de este autor es tal, que Stalin (de quien podríamos hablar largo y tendido, pero no es el sitio ni en momento) lo adoptó como favorito y fue ejemplo para el realismo socialista (seguro que de vivir en esa época hubiera acabado en un gulag en Siberia por disidente, pero tuvo la suerte de morir en 1930). Irónicamente, el territorio en el que estaba su casa fue anexionado a Finlandia después de la Revolución del 17, por lo que nunca llegó a vivir en la URSS.
Actualmente, es uno de los máximos representantes de la pintura rusa del XIX (seamos francos, aparte de los iconos religiosos, ¿alguien conoce algo anterior?) y el museo Bunkamura, en Tokio, ha decidido dedicarle una exposición que se podrá visitar hasta el 8 de octubre. Si estás por allí cerca puedes aprovechar para visitarla y, si no, puedes disfrutar en tu casa de este libro magníficamente ilustrado de Grigori Sternin y Jelena Kirillina.
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